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obra "El Ciberactivismo en 10 preguntas"
(no sus imágenes) está bajo una licencia
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para ver las condiciones legales.
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Escrito
por
Pablo Genovés Azpeitia, Inmaculada Domingo
Hernando y Jesús Villagra Simón
(del Equipo de Paz y Justicia) |
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¿Qué
es el Comercio Justo? |
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Con
el término “Comercio
Justo” se designa
una realidad que describen
las dos palabras de ese
nombre: comerciar y justicia.
Se
trata de “comerciar”,
de obtener de alguien
un producto por el
que yo pago determinada
cantidad. No es, pues,
una forma de subvencionar,
o de aportar un donativo.
Es comercio en el sentido
más estricto
del término.
Pero comercio que se
hace de una forma “justa”
(lo que, implícitamente,
denuncia que en nuestra
sociedad hay mucho comercio
injusto; lo comentaremos
más abajo). Que
sea justa la forma en
la que el productor elabora
y comercializa lo que
vende,. Y que también
sea justo lo que yo pago,
esto es, que se pague
dignamente el trabajo
que se ha invertido en
el producto, que se pague
a la persona que –con
su habilidad y capacidades-
lo ha producido de forma
que esa persona pueda
hacer algo tan elemental
como vivir de su trabajo.
Por
todo ello, en la mayoría
de los casos de Comercio
Justo se trata de una
relación entre
el empobrecido Sur (productor)
y nuestros desarrollados
países del Norte
(comprador). Como comentaremos,
los actuales mecanismos
comerciales están
utilizando al Sur como
mano de obra barata o,
para ser más exactos,
esclava. El Comercio
Justo rompe ese sistema
y devuelve a los productores
del Sur la capacidad
de que su trabajo les
sea fuente de vida. Se
trata, así, de
una alternativa comercial
para miles de agricultores
y artesanos, que encuentran
una vía de escape
al sistema económico
capitalista que les impide
vivir dignamente de su
trabajo, a la vez que
un campo de apoyo mutuo
en sus reivindicaciones.
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Por
lo que veo, esto debe ser algo
bastante reciente, ¿no? |
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En
sentido estricto, y
entendido tal y como
lo hemos explicado,
el Comercio Justo sí
que es reciente. La idea
(y la práctica)
nace en 1969, en Holanda.
Desde ahí, y al
verse que el Comercio
Justo era verdaderamente
una respuesta al sistema
económico que
empobrecía al
Sur, el fenómeno
se extiende con rapidez
por el resto de los Países
Bajos, Alemania, Suiza,
Francia, Austria, Suecia,
Gran Bretaña,
Bélgica, España
(en 1986)... Hoy está en
los cinco continentes.
Y, a la vez, nacen diversas
redes que agrupan a los
distintos grupos que
practican el Comercio
Justo, y se convierten
en garantes de que cada
uno de sus componentes
cumplen las reglas del
mismo (hablamos de esto
en la pregunta 6). Tal
es la pujanza del movimiento,
que ha sido reconocido
por altas instancias
políticas: así,
en la “Resolución
sobre la promoción
de la justicia y la solidaridad
en el comercio Norte-Sur”,
aprobada por el Parlamento
europeo en 1994, o también
en un “Dictamen”
emitido por el Comité
Económico y Social
de la UE.
Pero
lo reciente de estas
fechas no debe hacer
olvidar que la pugna
porque un producto le
sea pagado de forma justa
a quien lo ha producido,
y no sea pagado a un
precio más bajo
del justo aprovechando
la posición de
poder del comprador,
es antiquísima.
Hay testimonios de lo
que hoy llamaríamos “protestas
laborales” en prácticamente
todas las civilizaciones
de la Antigüedad.
Y desde muy antiguo también,
aparece el esfuerzo de
los productores por coaligarse
para ser más fuertes
y poder tanto negociar
los precios como socorrerse
mutuamente cuando no
se consigue una venta
justa y hay que “apretarse
el cinturón”.
Esas hermandades, cofradías,
gremios, etc., son el
origen remoto de los
actuales sindicatos.
Pero también de
todo el mundo de las
cooperativas laborales,
tan frecuentes en los
procesos de Comercio
Justo.
De
hecho, hay que entender
que el Comercio Justo
nace, precisamente, ante
el fracaso de las últimas
soluciones que la historia
ha dado al comercio:
la intentada por los
países de inspiración
comunista, y la que intentaron
-e intentan, con gran éxito
para unos pocos- los
países de ideología
liberal. Al ver que ninguna
de ellas fue capaz de
dar una vida digna a
los mal llamados
“países en
vías de desarrollo”,
la posibilidad de una tercera
vía a través
del Comercio Justo empezó
a tomar fuerza, en un proceso
ascendente que se mantiene
y crece en el momento presente1.
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1.
No es éste el lugar para
desarrollar el funcionamiento de
los sistemas económicos
que aquí
hemos llamado, sin mayores matices,
comunista y liberal. Pero podemos
dar unas pinceladas rápidas
y, por tanto, forzosamente incompletas,
pero quizá suficientes
para hacerse una idea.
El
sistema económico
de inspiración
marxista, defiende como valor
máximo
a la justicia: a ella debe
someterse todo, incluso, si
es preciso, la libertad individual
Los países
que lo aplicaron (bastante
mal, dicho sea de paso) consideraron
que la única
forma de que esa justicia se
mantuviera era haciendo que
toda la economía
estuviera controlada por el
Estado, de modo que fuera éste
quien decidiera la producción,
los mecanismos de empleo, la
distribución
de riqueza, etc.
Las ideologías
liberales se plantean casi
lo contrario. Para ellas,
es la libertad del individuo
el valor máximo
a defender. Y, desde ese
principio, se crea un sistema
económico basado
en la iniciativa individual:
es el sujeto el que es
libre para plantear un
negocio, para ponerse a
trabajar a las órdenes
de otro, para dictaminar
el precio de una cosa,
para ahorrar o para invertir
(o, incluso, para malgastar)
su dinero. El que todo
eso se convierta en un
caos, se va a conseguir
sin mayores problemas.
Las leyes de la libre competencia
van a hacer que el mercado
se regule a sí mismo:
nadie va a vender una cosa
a 100 para enriquecerse
en un mes, si el vecino
lo vende a 50 (porque nadie
va a comprar lo de 100);
nadie va a elaborar chapuceramente
un producto cuando ve que
su vecino elabora el mismo
producto pero con mucha
más calidad. Es
el mercado, pues, quien
se organiza a sí mismo:
la ley de la oferta y la
demanda, la libre competencia,
la libertad individual,
etc., se convierten en
los garantes del sistema,
no el Estado. El Estado
se va a limitar a poner
unos “organismos
reguladores del mercado”.
Esos organismos van a permitir,
por ejemplo, que el Estado
asuma aquellos procesos
que nadie va a querer coger
porque no ofrecen ganancias
(sanidad, educación...),
que el Estado garantice
que haya medios para que
obreros y patronos lleguen
a acuerdos al defender
cada uno sus intereses
(sindicatos y patronales,
convenios, salario mínimo...),
que el Estado pueda impedir
que productos de primera
necesidad eleven su precio
hasta convertirse en artículos
de lujo, etc. (un etcétera
bastante corto: en la economía
liberal es un principio
básico
–al menos teóricamente-
que el Estado intervenga
lo menos posible en el mercado,
que, como decimos, es capaz
de autorregularse por su
cuenta y riesgo).
Aunque, quizá,
ninguna de las dos ideas
estén mal sobre
el papel, la práctica
de ambos sistemas fue,
y es, un desastre.
En los países
que decían aplicar
el comunismo, lo que ocurrió en
la práctica es que
el aparato del Estado aprovechó
su poder no para una justa
distribución de la
riqueza, sino para enriquecerse
a sí mismo. Y, por
otro lado, al hacer desaparecer
por completo la iniciativa
individual, provocó
que las clases trabajadoras
terminaran desentendiéndose
de aquello en lo que trabajaban: ¿para
qué preocuparse en
hacer las cosas bien si,
pasase lo que pasase, “papá Estado”
iba a solucionarles la vida?
Por esta, y por otras razones –la
principal, el que pretendiendo
imponer la justicia se anuló hasta
límites increíbles
la libertad-, hoy en día
ha desaparecido este sistema
de la mayoría de los
países que lo practicaban.
El liberalismo
(o neoliberalismo, o capitalismo,
o como se quiera llamarlo)
parece gozar de buena salud
en el presente, ya que
es casi el único
sistema económico
que rige el planeta. Y
claro que tiene buena salud...
para unos pocos. El problema
del liberalismo es que
es cierto que genera riqueza,
pero sólo puede
generarla si, a la vez,
genera pobreza. Y cuanto
más riqueza haya,
más pobres se necesitan.
Es fácil de entender
el por qué: si yo
vendo a 10 y mi vecino
también vende a
10, ganamos los dos; pero
si yo consigo obligar a
mi vecino a que me venda
a mí, yo se lo compraré
a 10, pero luego yo venderé
a lo que me dé la
gana. Y, más tarde,
me encargaré
de que mi vecino sólo
me pueda vender a mí,
y aprovecharé
para comprarle a 4 (aunque,
con eso mi vecino se muera
de hambre). Que la libre
competencia genere riqueza
para todos es la gran falacia
del sistema liberal. Y es
que lo que no había
previsto el sistema liberal
es que aparezcan
“grandes capitales”
(en forma de multinacionales
que internacionalizan los
mercados) que lo que hacen
es, precisamente, romper
la libre competencia: ellos
imponen las reglas (no el
mercado, como se defendía).
Y las imponen incluso al
Estado que se suponía
que era el encargado de evitar
abusos, porque es que resulta
que el Estado también
depende de los grandes capitales
para poder existir y mantener
el ritmo de vida y consumo
de sus ciudadanos. Y, así,
se produce la paradoja de
que la vida queda dominado
por lo que mande “Don
Dinero”
y no por lo que decida el
pensamiento y las distintas
opciones políticas.
Dicho de otro modo: quizá
la libre competencia que
defiende el liberalismo funcione
bien en un mercado pequeño
(una ciudad, por ejemplo);
pero no funciona para nada
si hay quienes consiguen
(las multinacionales, los
capitales internacionales...)
que el mercado sea todo el
planeta. Si el mercado es
todo el planeta, hay una
forma de funcionar mucho
más sencilla que la
libre competencia: a una
minoría (nosotros,
el Norte) se nos convierte
en súper consumidores,
y a una inmensa mayoría
-el Sur- se le convierte
en productor baratísimo
(y, si no está
dispuesto, se le cierra el
grifo de lo que tenemos nosotros
en exclusiva: energía,
dinero, inversiones de futuro,
medicinas...).
El Comercio
Justo se plantea como una
tercera vía, que,
por lo pronto, renuncia
a implantarse como “gran
sistema”, y apela
a ser practicado “desde
abajo”, entre personas
concretas, de tú a
tú. Su base está,
frente a la Justicia por
encima de la Libertad,
o la Libertad ante todo,
en el triunfo de algo que
quiere Justicia y quiere
Libertad, pero poniendo
a cada una en su lugar:
la Solidaridad.
Repetimos
que todo esto habría
que matizarlo bastante, pero
como explicación
rápida
esperemos que valga.
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Entonces,
¿el Comercio Justo es otra forma
de dar una ayuda a los pobres? |
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Hay
que tener cuidado con el
lenguaje. Si por “dar
ayuda” se entiende
lo que hacemos cuando damos
una cantidad puntual en
una colecta, un telemaratón,
o donde sea, no, ni mucho
menos. De hecho, las primeras
tiendas de Comercio Justo
nacieron con el lema “Comercio,
no ayuda”. El Comercio
Justo no quiere ser una
limosna que damos “los
que tenemos”
a “los que no tienen”.
La limosna puede ser un mecanismo
necesario en situaciones
muy concretas y de forma
puntual (aunque es verdad
que es mejor enseñar
a pescar que dar un pez,
hay veces que hay que dar
ya el pez, incluso antes
de enseñar a pescar,
no vaya a ser que el “alumno”
se nos muera de hambre antes
de acabar las clases de pesca).
Pero el Comercio Justo no
va por ahí.
El
Comercio Justo consiste
en entablar una relación
equitativa –justa-
entre vendedor y comprador:
Pone a ambos en pie
de igualdad: los dos
tienen algo que el
otro precisa, los dos
pueden intercambiarlo
(eso es el comercio)
sin que ninguno sufra
merma de sus derechos
y su dignidad. Los
dos pueden comerciar
de forma justa porque
los dos tienen derechos
y obligaciones que
pueden, y deben, cumplir:
- Al
vendedor (o vendedores;
para simplificar,
estamos hablando
todo el rato de sujetos
individuales, pero,
en la práctica,
la mayoría
de los productos
de Comercio justo
vienen de iniciativas
cooperativas) se
le exige que haya
invertido en el producto
su fuerza de trabajo:
sus saberes, su tiempo,
sus destrezas...
Y, por tanto, que
no sea un mero intermediario
que encarece el producto
pero no ha aportado
su trabajo a la elaboración
de lo que se vende,
que no sea un mero “socio
capitalista” que
se limita a poner
dinero (poco) para
comprar y recoger
dinero (mucho) al
vender. Y, además,
se le exige que ese
producto haya sido
elaborado en condiciones
justas: sin explotación
infantil, con respeto
al medio ambiente,
con igualdad de salario
y de derechos entre
varón y mujer,
con compromiso de
desarrollo de la
propia comunidad,
con garantía
de calidad en el
producto... etc.
- Y
al comprador, a mí,
se me exige que el
pago sea adecuado no
tanto al producto como
al esfuerzo, al trabajo,
que se ha invertido
en él (una fresa
es, aparentemente,
muy barata... si no
se tiene en cuenta
al recolector que ha
estado trabajando a
más de 40 grados
dentro de un invernadero
para producirla)2.
Se me exige, también
que esté atento
a que el vendedor cumpla
las condiciones dichas
arriba, y que yo adquiera
un cierto compromiso
comercial a largo plazo
(y, por tanto, independiente
de modas, fluctuaciones
de precios, etc.),
y que, en suma, yo
opte por un Consumo
Responsable.
Todo
podría resumirse
en defender, en las relaciones
comerciales, aquello
que dignifica al ser
humano. Y, según
se va extendiendo esta
red de relaciones justas,
se busca el cambiar las
reglas que rigen los
intercambios comerciales
para crear otro modelo
de mercado.
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2. Si a alguien esto de la “fuerza
del trabajo” le suena a marxismo,
hay que decirle que... tiene razón.
Fue Marx el primero que sistematizó
un concepto básico a la
hora de plantear un sistema de
mercado: no es lo mismo el “valor
de lo producido” que el “valor
de la fuerza de producción”. Como
nos ocurrió antes, desarrollar
esto sería aquí muy
largo. Pero, si se sigue con el
ejemplo de la fresa, es fácil
entender que el sistema capitalista
sólo mira el valor de lo
producido, y le importa bastante
poco que para producir eso haya
tenido que haber detrás
UN SER HUMANO que no es dueño
del invernadero ni del campo de
fresas, y que lo único que
tiene para vivir es su “fuerza
de trabajo”: su tiempo, su
cuerpo, los conocimientos que ha
ido adquiriendo sobre el cuidado
de las fresas, etc. Y si aplicamos
esto a nuestra vida cotidiana,
es evidente que lo que más
interesa a mi bolsillo es que me
vendan la fresa atendiendo a su
valor, al valor de lo producido.
Que haya que atender al valor de
la fuerza de trabajo, esto es,
que haya que atender a la persona
que ha cultivado esa fresa, ya
no me interesa económicamente:
el interés por el hombre
viene de la solidaridad, no de
los euros.
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Acabáis
de hablar del "Consumo responsable".
¿Qué es eso? |
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El
por qué hay que
hablar de Consumo responsable
cuando se trata de Comercio
Justo radica en una obviedad:
si hay comercio, hay
consumo. Se comercia
porque las dos partes
quieren consumir: la
parte que compra quiere
consumir lo que adquiere,
y la parte que vende
quiere consumir otros
bienes que necesita.
Pero se puede consumir
de muchas maneras, o,
si se prefiere, de dos:
bien y mal. Por eso,
si se pretende que el
comercio esté regido
por la justicia, es ineludible
que el consumo esté caracterizado
por la responsabilidad,
so pena de hacer algo
tan incongruente como
comerciar con justicia
para, luego, consumir
por el mero placer de
consumir sin ton ni son.
El
“Consumo Responsable”
quiere descubrir otra
forma de consumir distinta
a la que es más
habitual . Generalmente,
en la forma de consumir
que se nos ha enseñado
en el primer Mundo jugamos
con uno o varios factores
que, de suyo, tienden
a ser ambivalentes:
- Me
fijo en el precio
más barato...
sin preguntarme cómo
puede ser tan barato.
- Me
fijo en lo que está
de moda... pero de una
moda que no he decidido
yo, sino que se me ha
dictado a través
de los medios de comunicación
de masas.
- Me
fijo en algo que necesito...
aunque a veces son
otros los que se han
preocupado de crearme
esa necesidad.
- Me
fijo en algo que me
va a hacer la vida
más cómoda...
pero sin pensar si “mi”
comodidad va a hacer
la vida más incómoda
a otros, o a la naturaleza...
- Me
fijo en que me aporta
cultura, o sana diversión,
o enriquecimiento personal...
aunque sin plantearme
si no habría
otras formas menos
consumistas de conseguir
esa misma cultura,
enriquecimiento...
- Etc.,
etc., etc.
El
Consumo Responsable exige,
primero, que seas lo
más consciente
posible de cómo
consumes, por qué,
y que alternativas hay.
Y, no menos importante,
te lleva a que, al hacerte
consciente de los mecanismos
del consumo, descubras
algo que se le suele
olvidar al consumidor:
con sólo pensar
en consumir algo, incluso
antes de comprarlo, adquieres
un poder. ¿Cuál?
El de no comprarlo. El
de decirle a quien fabrica
ese producto que, como
no estás de acuerdo
con la forma en que lo
fabrica (aunque probablemente
el producto final sea
de una excelente calidad)
no se lo vas a comprar.
Adquieres el poder, volviendo
a lo que comentábamos
arriba, de fijarte no
en el valor de lo producido,
sino en si se han respetado
los derechos de aquel
que lo ha producido,
en el valor de la fuerza
de producción.
Y
no pienses que esto son
sólo teorías.
Hay ya muchos casos de
grandes (grandísimas)
empresas que se han visto
obligadas a cambiar sus
formas de producción
ante la negativa de los
consumidores a comprar
sus productos3. La todopoderosa
Nestlé
dejó de regalar
leche en polvo a madres
del Tercer Mundo (a las
que luego, cuando ya habían
abandonado la lactancia
materna, les empezaban
a vender la misma leche
en polvo que antes les
regalaban) ante una fortísima
campaña de boicot
y denuncia internacional.
Ikea ha tenido que dar
varias explicaciones de
cómo funcionaban
sus fábricas en
el Sur ante las amenazas
de boicot que ha sufrido
en varios países
europeos4. O, por poner
un ejemplo de boicot sin
resultados, anotemos las
varias veces que se ha
intentado boicotear productos
israelíes para obligar
a un acuerdo de paz con
los palestinos.
Pero
quizá el caso
más evidente de
la fuerza que tiene el
consumidor sea la campaña
internacional
“Ropa Limpia”.
Si visitas su web (http://www.ropalimpia.org/)
verás hasta qué
punto el no consumo de
determinados productos
está obteniendo
resultados tangibles en
empresas fabricantes de
zapatillas, prendas de
vestir, ropa interior,
ajuar para la casa... Por
cierto, ¿te animas
a unirte a la campaña?
El
Consumo Responsable,
en resumen, recuerda
al consumidor su derecho
a conocer cómo
se produce todo aquello
que consumimos y qué empresas
respetan los derechos
de los trabajadores,
y, a la vez, le recuerda
también su deber
de consumir de una forma
responsable con la dignidad
de los otros, de la naturaleza...
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3.
El boicot es, con determinadas
características, una clásica
acción no violenta del
pacifismo. Gandhi lo utiliza,
por ejemplo, cuando propugna
que cada cual se teja su propia
ropa con el algodón indio,
boicoteando a las textiles británicas.
Es la famosa imagen de Gandhi
hilando en la rueca.
4. Ponemos estos dos casos como
ejemplo, pero no queremos decir
que Nestlé o Ikea sean empresas
de Comercio Justo (mucho menos
la primera que la segunda).
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Si
hay un comercio "justo", ¿se
supone que hay otro injusto? |
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Claro
que hay un comercio injusto.
Lo triste no es sólo
que lo hay, sino que
hemos montado el sistema
económico de nuestras
sociedades capitalistas
de un modo en el que
esa injusticia del comercio
está en la base
del sistema mismo. En
el fondo, las grandes
leyes del mercado mundial
lo que pretenden es tener
siempre una fuente barata
de materias primas. Y,
a través de acuerdos
internacionales
–muchas veces
aparentemente correctos-
lo que se hace es dar
ese papel a los países
del Sur. Ellos producen
barato lo que, luego,
el Norte usa para producir
lo mucho que consumimos.
Y si esto es grave
en cualquier lugar,
piénsese hasta
qué punto es
grave en países
que en su pasado colonial
se les impuso un monocultivo.
Una
vez más nos llevaría
muy lejos explicar esto.
Y, además, nos
metería en el
abstruso mundo de los
conceptos económicos.
Es probable que tengas
esto suficientemente
claro, y no te haga falta
leer más. Pero
si tienes dudas sobre
por qué es injusto
el sistema económico
y comercial en que nos
movemos cada día,
quizá
podamos simplificarte la
explicación (que
no acortarla) con “el
ejemplo de la patata”,
que, para hacerlo más
visual, se suele dividir
en
“actos”, como
una obra de teatro.
Acto
1º. EL HOMBRE QUE
VENDÍA PATATAS.
Imagina
que tú eres un agricultor
palentino. Desde siempre,
tu tierra ha sido productora
de patatas, y de patatas
de muy buena calidad. Como
cada año, también
éste sembraste patatas,
las cultivaste y las cosechaste.
Y ahora tienes ahí,
en la misma tierra, 10 sacos
de 40 kilos de patatas cada
uno. Te toca, pues, echar
cuentas de a cuánto
vas a vender el kilo de patatas.
Para
hallar el precio que sea
justo, debes calcular tres
cosas:
- Por
un lado, debes calcular
cuánto te
costo la semilla,
el abono, los sacos,
el gasóleo
del tractor, el pago
del seguro... Todo
lo que, propiamente,
pertenece al cultivo
y recolección
de la patata de este
año. Es el
capital que has invertido.
- Por
otra parte, tienes
que echar cálculos
sobre cuántas
herramientas has
gastado para tener
esos 400 kilos de
patatas. Es evidente
que no has gastado
toda la azada en
este año.
pero puedes calcular
que la azada te va
a durar unos 3 años,
y que, por tanto,
en esos 3 años
debes amortizarla.
Por tanto, añades
al precio de las
patatas de este año
una tercera parte
del valor de tu azada.
El mismo cálculo
lo tienes que hacer
con el tractor, con
la sembradora, con
tu casa, con el almacén
que construirte hace
4 años...
Con todo aquello,
en suma, cuyo valor
tengas que ir amortizando
con las sucesivas
cosechas de patatas.
Se trata del capital
a amortizar.
- Con
los dos capítulos
anteriores, cubres
gastos. Ahora tienes
que pensar en cuánto
va a ser tu beneficio.
Evidentemente, no
puedes pretender
hacerte millonario
con esta sola cosecha.
Pero sí
que tienes qué
calcular cuánto
debes ganar con ella
para permitirte tener
una vida digna: para
alimentarte, para vestirte,
para poderte ir unos
días de vacaciones,
para pagar las entradas
a un cine o comprarte
unos libros. Todo eso
es lo que debes sacar
de beneficio para poder
vivir y no meramente
sobrevivir.
Supongamos
que, hechos todos los cálculos,
descubres que es justo
que vendas tus patatas
-sin querer hacerte millonario,
pero sin hundirte en la
miseria- a 1 euro.
Acto
2º. EL HOMBRE QUE
COMPRABA PATATAS.
El
frutero del barrio vende,
entre otras muchas cosas,
patatas. Para intentar
ganar un poco más
y, a la vez, que las patatas
les salgan más baratas
a sus clientes, no las
compra en el mercado mayorista,
sino que se coge su furgoneta
y se va a Palencia, a comprárselas
directamente al agricultor,
a ti.
El
frutero echa cuentas de
cuántas patatas
puede vender, porque lo
que tiene claro es que,
aun sintiéndolo
mucho, no puede comprarte
tus 400 kilos de patatas:
son demasiados kilos para
su pequeño negocio.
Al fin, decide comprarte
dos sacos, 80 kilos. Y
te paga religiosamente
el precio que tú habías
visto como justo: 1 euro
por kilo.
Cuando
el frutero vuelve a su
tienda, hace unos cálculos
parecidos a los que hiciste
tú. Piensa cuánto
capital ha invertido en
la compra de esas patatas
(por ejemplo, lo que ha
gastado en gasolina), qué capital
debe amortizar (podría
ser la parte correspondiente
a esas patatas del alquiler
del local), y qué beneficio
quiere sacar. Como tú,
el frutero lo único
que pretende es vivir dignamente
tanto él como su
familia. Y decide que,
sumando todo, tiene que
vender el kilo de patatas
a 2 euros.
Entreacto
– REFLEXIÓN
CON FORMA DE PATATA
Hasta
ahora todo va bien. El
campesino vive dignamente,
el frutero también,
y habrá gente que
podrá
comer patatas fritas. En
principio, no hay ningún
fallo en el sistema. Es verdad
que lo hemos simplificado,
y que no hemos metido el
importante dato de la “competencia”:
tanto el campesino como el
frutero deben mirar a cuánto
venden otros las patatas,
no vaya a ser que otros logren
vender a un precio algo menor
y se pierda el negocio. Pero,
en todo caso, si todo el
mundo actúa justamente,
la competencia no puede tener
un gran desequilibrio de
precios. Las cosas cuestan
lo que cuestan, y el precio
de un kilo de patatas puede
variar en algunos céntimos
arriba o abajo, pero no mucho
más. Como mucho, la
competencia puede obligar
a ser más espabilado.
Tú, campesino, puedes
hacer una oferta si alguien
te compra los 80 kilos de
golpe: ganarás algo
menos, pero te evitarás
horas de atender a varios
compradores. O el frutero
puede pensar en regalar una
manzana por cada kilo de
patatas que le compren. Eso
es competencia lícita
con otros campesinos y otros
fruteros. Pero nunca será posible
que, pensando en la competencia,
tú
vendas tus patatas a 0,10
euros el kilo: venderías
más que todos los
demás campesinos,
pero te arruinarías.
Lo mismo el frutero.
Acto
3º. EL HOMBRE AL QUE
NO LE IMPORTABAN LAS PATATAS.
Un
día, apareció
en tu tierra de patatas un
señor del que se veía
de lejos que tenía
mucho dinero, pero que mucho,
mucho, mucho. Llevaba una
camisa con dos iniciales
bordadas: G.C. Tú pensaste
que serían las iniciales
de su nombre: Gaspar Caparrós,
o algo así. Pero,
a fin de cuentas, eso te
importaba poco. Porque lo
que desde el principio te
dejó
claro G.C. fue que a él
le importaban un pepino las
patatas, y que le daba lo
mismo comerciar con patatas
que con caramelos de menta.
A él lo que le importaba
era ganar dinero con lo que
fuera.
En
principio, eso a ti no
te molestó. “Cada
cuál puede vivir
como quiera”, pensaste.
Pero lo que te llamó la
atención fue la
propuesta que te hizo G.C.:
quería comprarte
todas las patatas, pero
no al euro que tú
habías calculado para
vivir dignamente, sino a
50 céntimos. Es más,
te las compraba a ti, y a
tu vecino, y a los del pueblo
de al lado, y a los productores
de patatas de la provincia
limítrofe. Prácticamente,
este señor estaba
dispuesto a comprar las patatas
de toda España. Pero,
ojo, a 50 céntimos.
Tú
pensaste que no debías
vender. A 50 céntimos,
no sacarías ni para
cubrir gastos ni para, menos
aún, poder vivir dignamente
de tu trabajo. Así
que le dijiste a G.C. que
muchas gracias pero que no
vendías, que a ese
precio era imposible, y que
preferías esperar
a que vinieran varios fruteros
y, aun a costa de emplear
más tiempo con ellos,
conseguir un precio justo
por tus patatas.
El
hombre aquél al
que no le importaban las
patatas sonrió misteriosamente
y dijo algo que te dejó
helado: “Los fruteros
no vendrán; el único
que está dispuesto
este año a comprar
patatas este año soy
yo”. Tú te asustaste,
claro. Pero enseguida pensaste
que eso debía ser
una chulería de aquel
señor con tanto dinero. ¿Cómo
no iban a venir los fruteros?
Tenían que vender
patatas para poder vivir,
y si querían tener
patatas tenían que
acudir a ti y a tus vecinos.
Nada, no vendías.
Entreacto
– EL MISTERIO DE G.C.
G.C.
no era, como pensaste tú,
Gaspar Caparrós
no nada por el estilo.
Era Gran Capital. Y, por
serlo, tenía un
estilo de vida muy curioso.
Efectivamente, le daban
lo mismo las patatas que
cualquier otra cosa. A él
lo que le importaba era
aquello con que se pudiera
hacer dinero. Y como eso
no estaba prohibido en
ningún sitio, a
eso se dedicaba. Y, además,
sin saltarse ninguna ley
ni hacer trampas. Él
lo que hacía era,
por ejemplo, tener en posesión
grandes hipermercados.
También tenía
varias fábricas
de los asuntos más
diversos. Y, de paso, jugaba
bastante en Bolsa (pero
estoe s otro cuento y no
lo vamos a contar ahora).
Y con todo eso, había
descubierto la forma de
ganar dinero sin pasar
ni los apuros que pasabas
tú para producir
las patatas ni los que
pasaba el frutero para
venderlas. El sistema era
muy sencillo: se trataba
de eliminar el riesgo. Él
no corría el riesgo
de que una helada le arruinara
la cosecha de patatas,
porque como compraba en
tantos sitios lo que pudiera
perder por un lado lo conseguía
por otro. Y él tampoco
corría el riesgo
de que, como le podía
pasar al frutero, se le
pudrieran parte de las
patatas sin conseguir venderlas.
Porque él sabía
de sobra que una parte
de las patatas que compraba
no las iba a poder vender.
Pero como compraba tantas
y a tan bajo precio, siempre
terminaba ganando. Y conviene
subrayar que G.C. no hacía
nada fuera de la ley. Él
tenía la ventaja
de tener mucho dinero,
pero eso no era delito.
Es más: era frecuente
que consiguiera ayudas
del Estado (él creaba
muchos puestos de trabajo),
se le vendieran terrenos
a bajo precio para que
un barrio recién
creado tuviera hipermercado,
se le hicieran descuentos
especiales cuando compraba,
así, de golpe, 20
camiones... Una vida curiosa,
la de G.C.
Acto
4º. EL FRUTERO QUE
YA NO VENDIÓ PATATAS
Como
ya habrás imaginado,
G.C. tenía razón,
y ningún frutero
vino a comprarte la cosecha.
Llamaste a todos los que
conocías, y resultó que
todos se habían
jubilado e iban a intentar
vivir los años que
les quedaban con lo que
habían ahorrado
(probablemente no vivirían
mal, incluso quizá
el Estado les diera una ayuda
por haberse jubilado anticipadamente;
pero, ¿qué iban
a hacer esos trabajadores
de toda la vida ahora que
no tenían absolutamente
nada que hacer de la mañana
a la noche?).
Un
frutero te dijo que había
cerrado porque la gente
ya no iba a su frutería:
preferían ir a una
gran superficie cercana
donde no tenían
que llevar el carrito de
tienda en tienda por las
calles, y, además,
podían merendar
en varias cafeterías
después de hacer
la compra. Otro frutero
te dijo que había
cerrado porque ya no podía
pagar más los impuestos
que le imponían.
Pero lo que más
te chocó
es que varios fruteros te
dijeron que habían
cerrado porque ellos, que
vendían el kilo de
patatas a 2 euros para vivir
dignamente, no podían
competir con el hipermercado
de G.C., que vendía
el kilo de patatas... ¡a
60 céntimos!
En
un principio te pareció
imposible. Si G.C. compraba
las patatas a 50 céntimos,
¿cómo iba a
venderlas a 60? Con sólo
10 céntimos de beneficio
era imposible que llevara
ese tren de vida, que poseyera
todo lo que poseía,
que mantuviera todas las
empresas que mantenía
y que, además, seguía
creando. Por más vueltas
que le diste a la cabeza,
no le encontrabas solución.
En algún sitio tenía
que haber un truco. Pero
no terminabas de ver dónde.
Acto
5º y último.
EL HOMBRE QUE DEJÓ DE
SEMBRAR PATATAS.
Hay
que reconocer que aguantaste
todo lo que pudiste sin
vender tus patatas a 50
céntimos. Pero,
al final, viste que la
lucha ya no tenía
futuro. G.C. era el único
comprador de patatas en
todo el país. Es
cierto que, en teoría,
cualquiera podía
comprar patatas. Pero,
en la práctica,
era imposible competir
contra G.C.
Al
final, te rendiste. Y no
sólo vendiste tus
patatas a G.C. a 50 céntimos,
sino que hiciste algo que
el Estado llevaba tiempo
aconsejándote que
hicieras: convertiste tu
casa de agricultor de patatas
en una casa de Turismo
Rural. Es cierto que, después
de toda una vida sembrando
y cosechando patatas, lo
de hacer camas y servir
desayunos se te hacía
muy raro. Pero de algo
tenías que vivir.
Y el turismo era cada vez
más abundante, ahora
que el campo ya no olía
a abono (porque no había
nada que abonar). Y, encima,
desde los fondos de la
Unión Europea te
vinieron un montón
de ayudas económicas
para los gastos que tuviste
que afrontar.
En
el fondo, tenías
que reconocer que ganabas
ahora más dinero
que cuando vendías
patatas. Es cierto que
la vida en el pueblo ya
no era la que era antes,
que las cosas iban cambiando,
que los jóvenes
preferían irse a
la ciudad a buscar trabajo...
Pero bueno, se ve que así
tenían que ser las
cosas.
Pero
lo que no lograbas quitarte
de la cabeza era el cómo
podía ser tan rico
G.C. si sólo ganaba
10 céntimos por
kilo de patatas. Y tanto
te reconcomía la
duda, que un buen día
te armaste de valor y te
decidiste a escribir a
G.C. preguntándole
cómo era posible
su riqueza. Y, aunque parezca
mentira, G.C. te escribió
y te contestó. Hace
ya años de esto. Pero
recuerdas aquella carta de
G.C. y sus cinco puntos como
si la estuvieras leyendo
ahora mismo:
“Mi
riqueza proviene
de ser exactamente
lo contrario que
tú:
- Yo
no soy una persona,
como eres tú.
Soy muchas personas,
cientos de personas
que unen sus
pequeños
capitales para
formar un capital
inmenso, para
formar a Gran
Capital. Como
no soy una persona,
no necesito dormir,
ni descansar,
ni tengo cargas
familiares. Tampoco
tengo conciencia.
Soy dinero puro
y duro.
- Yo
no tengo un estilo
de vida que quiera
mantener porque
sea mío
y lo ame, como
tienes tú.
Me da lo mismo
que haya agricultores
o no los haya,
me es indiferente
que un barrio
tenga pequeños
comercios donde
charlar, no me
importa si un
hombre se acuesta
contento de lo
que ha conseguido
con sus manos
o no. Yo soy
sólo dinero,
y sólo
me interesa que
haya más
dinero.
- Yo
no tengo un interés
concreto, como
tenías
tú con
las patatas o
el frutero con
su tienda. A
mí
me interesa todo,
absolutamente todo,
y tengo poder para
comerciar con todo,
y elijo una cosa
u otra según
me dé
más dinero.
Si pierdo con las
patatas me es igual,
ya ganaré
con otra cosa. Si
se me hunde la frutería
pondré una
mercería,
y si se hunde la
mercería,
pondré una
fábrica de
barcos, y si se hunde
eso pondré otra
cosa. No me interesa
nada en especial,
si algo no marcha
habrá
otra cosa que sí
funcione.
- Yo
no tengo conciencia,
como tienes tú.
Yo no pienso
si lo que hago
perjudica a alguien,
yo no sufro si
por ganar dinero
yo lo pierden
otros. Para mí
no existe “bueno
y malo” sino “gano
o pierdo”.
- Por último,
y muy importante:
yo no estoy ceñido
a un sitio concreto,
como estás
tú. Mi
negocio es el
mundo entero.
Y me aprovecho
de que el mundo
esté
dividido en ricos
y pobres. ¿Te
crees que las patatas
que yo vendía
a 60 céntimos
eran sólo
las de tu cosecha?
Eran también,
y sobre todo, patatas
que se habían
cultivado en los
rincones más
perdidos del planeta,
y que yo compraba
a 1 céntimo,
¡a sólo
1 céntimo
el kilo!, porque
para esas gentes
1 céntimo
era suficiente para
un poco de pan y
un poco de agua con
los que subsistir
hoy. Cuando el mercado
es el mundo entero,
puedes decidir, de
entrada, quién
va a perder para
que tú ganes
siempre.
De
todo eso proviene mi
riqueza. De eso y de
que, aunque no te hayas
dado cuenta, resulta
que, ahora, cuando
tú quieres comer
patatas... me las compras
a mí”.
Y
el hombre que había
sembrado patatas, se secó
una lágrima y se dijo
que, desgraciadamente, G.C.
era muy listo, pero que mucho
más listo de lo que
él había sido
nunca. Pero también
un canalla5.
|
5.
El “ejemplo de la patata”,
todo un clásico a la
hora de entender el sistema
capitalista, deja de lado varios
aspectos del sistema, porque
no se puede meter todo en un
cuento. Pero eso no obsta para
que lo que cuente sea lo esencial
y sea, sobre todo, absoluta
y terriblemente real.
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¿Y
cómo sé yo qué empresas
son justas en sus acuerdos comerciales? |
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La
verdad es que es saber qué
empresas actuan con justicia
en su comercio es casi
imposible para un particular.
En primer lugar porque
a ver quién es
el guapo que, con una
vida normal, tiene los
medios de investigación
suficiente como para
saber cómo actúa
o deja de actuar una
empresa.
Y en segundo lugar porque
habría que matizar
,mucho eso de investigar
a
“una” empresa.
Y es que bajo del nombre
de
“una” empresa,
lo que hay en realidad
son muchas empresas,
que trabajan como empresas
subcontratadas, subsidiarias,
filiales, etc.
Y por si esto fuera
poco, resulta que todo
eso no se localiza en
un solo país.
Hoy en día, buena
parte del negocio de
las grandes empresas
consiste en “deslocalizar”
su producción6.
Así, puede que
la empresa “Tal
S.A.” tenga su
sede en España
y su producto se considere
100% español.
Pero, en la realidad,
es casi seguro que en
la producción
intervengan varias empresas
y varias subcontratas
cuya sede no estará en
España, sino en
aquellos lugares donde
se pueden abaratar los
costes porque se puede
ahorrar en salarios,
en medidas de seguridad,
en exigencias de respeto
a la naturaleza, etc.
Por eso es dificilísimo
para un particular si
el objeto que tiene en
la mano la mano se ha
producido con justicia,
porque la mayoría
de las veces en su manufactura
ha intervenido mucha
gente, tanto del Norte
como del Tercer Mundo.
Y aunque a lo mejor la
empresa que lo comercializa
es una empresa que yo
conozco y que me parece
seria, no tengo forma
de saber si el envase,
por ejemplo, ha sido
producido en condiciones
de explotación
humana en cualquier país
subdesarrollado.
Afortunadamente, una
vez más vienen
en nuestra ayuda esos
colectivos que se dedican
no a enriquecerse, sino
a cuidar y a hacer crecer
todo lo referente a los
derechos humanos, y que
llamamos ONGs para resumir
(aunque no sólo
hay ONGs). Ellas son
las que tienen los medios
suficientes para estudiar
cómo funciona
una empresa, y cómo
funcionan sus empresas
filiales en el Sur, donde
las ONGs trabajan directamente.
El Comercio Justo sería,
pues, imposible sin el
trabajo de las ONG. Y
es de cada una de ellas
en concreto de quien
debe uno fiarse (o no)
a la hora de entrar en
la mecánica del
Comercio Justo.
Y las mismas ONG nos
facilitan el trabajo,
al unirse en redes, en
colectivos de ONG que
garantizan que los grupos
que pertenecen a esa
red son dignos de confianza.
De estos colectivos
de grupos que trabajan
con el Comercio Justo,
podemos destacar a varias.
El pertenecer a ellas
será señal,
para nosotros, de que
estamos ante una ONG
que practica correctamente
el Comercio Justo:
|
6.
Lo de “deslocalización”
es una de esas palabrejas que
está
teniendo éxito y ya dice
todo el mundo. En realidad, y
como pasa siempre con el lenguaje,
la cosa no es una mera discusión
lingüística. El lenguaje
no es inocente, y menos si viene
de los poderosos. Cuando tú
y yo oímos lo de “deslocalización
de empresas”, inmediatamente,
incluso a nivel inconsciente,
sentimos que eso es una cuestión
muy técnica, que pertenece
al mundo de “los que entienden”
de esas cosas, y de la que, por
tanto, la gente de a pie tenemos
poco que decir. Pero no es así,
claro. Interesa que sea así,
interesa que no pensemos mucho
en qué se quiere decir
con lo de “deslocalización”.
Y, para comprobarlo, basta evitar
la palabra rara y acudir al castellano
de toda la vida. La “deslocalización”
de empresas es, ni más
ni menos, el “desarraigo”
de empresas. Pero lo de “desarraigo”
lo entendemos todos... y, encima,
suena mucho peor porque describe
mejor lo brutal de la realidad.
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¿Puedo
encontrar cualquier producto
en el Comercio Justo? |
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No,
no todo se puede conseguir
por Comercio Justo. Primero
porque hay que limitarse
a productos que el Tercer
Mundo pueda producir sin
tener que recurrir a comprar
elementos que sólo
produce el Primer Mundo
-lo que rompería
las reglas del Comercio
Justo. Piensa, por ejemplo,
en que un coreano puede
ensamblar los componentes
del ordenador que estás
usando (y, dicho sea de
paso, con unas condiciones
laborales que tú jamás
admitirías para
ti o los tuyos), pero es
imposible que elabore esos
componentes.
Y
en segundo lugar porque
si de verdad queremos
evitar la peligrosa
figura –personal
o empresarial- del
intermediario, tenemos
que ceñirnos
a productos no perecederos.
Hay campesinos centroamericanos
que producen papayas.
Pero si esa papaya
tiene que llegar a
España, no hay
forma de encontrar
una empresa transportista
que tenga los medios
frigoríficos
necesarios... ¡y
que cumpla las reglas
dichas arriba para
los productores del
Comercio Justo! (aunque,
evidentemente, otra
cosa es si hablamos
de mermelada de papaya).
Todo
eso lleva a que lo más
normal en el Comercio
Justo sea encontrar productos
no perecederos de alta
calidad, como café,
té, chocolate,
azúcar, mermelada… Junto
a ellos, todo lo relacionado
con la artesanía
y lo textil
–y su derivación
en el mundo del regalo-
ofrece un amplio mercado.
Y abundan también
objetos de uso cotidiano
para la mesa, la casa,
el trabajo, etc.
Este
último apartado
llevaría a algo
relacionado con el Comercio
Justo, pero que no es idéntico:
el Consumo Ecológico.
Y es que poco a poco va
creciendo una oferta de
productos -de limpieza,
de escritorio, elaborados
con ciertas maderas...-
que, aun producidos en
el Primer Mundo (y que,
por tanto, se escapan del
Comercio Justo en sentido
estricto), garantizan que
han sido elaborados sin
atentar contra la salud
del planeta.
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¿Y
como llegan hasta nosotros, hasta
el Primer Mundo, esos productos
de Comercio Justo? |
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La
pregunta toca
un tema clave.
Y es que, por
más
que uno entre
en la dinámica
del Comercio
Justo, parece
que hay un
paso imposible
de salvar:
el intermediario
que hace de
transportista
entre lo elaborado
en el Sur y
nosotros. Intermediario
que, claro,
supondría
ya una ruptura
en las reglas
del Comercio
Justo, pues
habría
que pagar a
alguien que
no ha participado
para nada en
la elaboración
y que, así,
es un mero “encarecedor”
del producto.
Pero,
en realidad,
sí
se puede
salvar ese
escollo.
Y la forma
es tan sencilla
que, en la
medida en
que se desarrolle,
supone un
fortísimo
golpe al
capitalismo
puro y duro:
los productos
llegan hasta
nosotros
a través
de manos
voluntarias
que no buscan
lucrarse. ¿Las
de quienes?
Las de ONGs,
congregaciones
religiosas,
colectivos
de apoyo
al Tercer
Mundo, entidades
con voluntariado
propio en
los países
del Sur...
Todos aquellos
grupos que,
por su trabajo,
tienen cooperantes
que viajan
entre el
Sur y el
Norte, y
que, por
lo mismo,
pueden dar
a conocer
la problemática
comercial
de los países
del Sur.
Incluso cuando
en el producto
que se venda
se cargue
una pequeña
cantidad
para esos
gastos de
transporte,
lo que siempre
estaremos
seguros es
de que esa
cantidad
no es para
que se lucre
nadie, sino
para eso,
para cubrir
gastos.
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Con
sinceridad: ¿Realmente este
tipo de comercio sirve para algo? |
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Lo
primero que habría
que decir es que lo que es
seguro que no vale absolutamente
para nada es el quedarse
tan pancho con cómo
están las cosas.
Dicho
lo cual, hay que
añadir claro
que este tipo de
comercio es efectivo.
Con el Comercio Justo
se entablan relaciones
comerciales más
justas y humanas,
favoreciendo desde
el de todo el proceso
del mercado que se
cumpla lo que es
justo (si lo prefieres,
que se haga Justicia,
con mayúscula)
y que se rompa el
sistema que condena
a los países
del Sur a, por decirlo
lisa y claramente,
la esclavitud que
sufren los países
del Sur.
Pero
es que hay más,
porque hay que recordar
lo ya dicho antes
sobre que el Comercio
Justo incluye la
presión contra
las empresas que
tratan injustamente
a sus productores
u obreros del Tercer
Mundo. Esa lucha
no es nueva. Y ha
conseguido, a lo
largo de los siglos,
que se consigan una
serie de derechos
para los trabajadores
que nos pueden parecer
elementales, pero
que son, como quien
dice, de anteayer
(y, desde luego,
no conseguidos universalmente
hoy en día):
el derecho a sindicarse,
el derecho a una
baja retribuida por
enfermedad a maternidad,
el derecho a participar
en la decisión
del propio salario,
el derecho a una
instancia objetiva
e imparcial que decida
en los conflictos
entre obrero y empresario,
(lo que, con un nombre
u otro en los distintos
países, es
la Magistratura de
Trabajo), el derecho
a una jornada máxima
de trabajo y a una
edad mínima
para acceder al mismo...
Y etcétera,
etcétera,
etcétera.
Todo
eso se ve hoy en
día
apoyado por las
prácticas
de Comercio Justo,
que, así,
se convierte en
una poderosa arma
de futuro, que
está
obteniendo
para cientos de trabajadores
de los países
empobrecidos lo que
en el desarrollado
norte se ha obtenido
a través
de la lucha obrera.
De este modo, lo
que en el Sur no
se puede conseguir
a través
de la negociación
entre obreros (y
sus sindicatos) y
patronal, se obtiene
por la reivindicación
del Comercio Justo
hacia las empresas
que consiguen (y,
en muchos casos,
explotan) mano de
obra en esos países.
Como se ha escrito
alguna vez, el Comercio
Justo obtiene los
frutos del sindicalismo
y la lucha por los
derechos sociales
allí donde
ni el sindicalismo
ni esa lucha es posible.
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|
Pues
no me parece nada mal. Pero, ¿qué
puedo hacer yo? |
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Lo
que puedes hacer
se podía
resumir en tres
palabras: conocer,
actuar y denunciar
- Se
trata de
conocer
lo que
es el Comercio
Justo,
la forma
de vida
y cultura
de sus
productores,
las organizaciones
por las
que te
puedes
guiar...
- Desde
ahí,
el paso
siguiente
es evidente:
actuar,
comprar
productos
de Comercio
Justo y
consumir
en tu día
a día
de manera
austera
y responsable,
sin olvidar
el difundir
entre tus
conocidos
todo este
asunto,
consiguiendo
que se
sume gente.
- Y
recordando
que no
se trata
sólo
de comprar,
sino también
de denunciar
a los que
lo hacen
mal, apoyando
las varias
campañas
que defienden
los derechos
de los
productores
y obreros
del Tercer
Mundo y
ponen en
la picota
a las empresas
que no
viven la
justicia
en sus
condiciones
de producción.
Y
aún
habría
que añadir
una cosa que
implica a todas
las anteriores:
recordando
que el Comercio
Justo no es
una forma de
comprar más
barato. Al
contrario.
Es seguro que
encontrarás
azúcar
muchísimo
más
barata que
la que compres
en el Comercio
Justo. Y quien
dice azúcar
dice cualquier
otra cosa.
Pero
en ti estará
el optar por
comprar algo
más barato
PORQUE LE ESTÁ COSTANDO
A OTROS, o si
asumes tu parte
en la compraventa,
y pagas lo que
se debe, pagas
lo justo para
que otro hombre
pueda vivir con
dignidad.
En
ti estará,
en fin, si
en tu vida
cotidiana sigues
haciendo comercio
sin más,
o eliges –porque
así lo
requiere la
justicia- hacer
Comercio Justo.
Y
como todo esto
es una realidad
en la que nadie
tiene la última
palabra, te
interesará
leer en el foro
de PAZ Y JUSTICIA
el tema que hemos
abierto sobre
este asunto (),
y en el que damos
ideas prácticas,
se suman otros
internautas a
dar las suyas,
y... esperamos
las tuyas. Pincha
aquí para
ir a él.
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