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¿Qué
es el Protocolo de Kioto? |
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El
Protocolo de Kioto es un
acuerdo internacional,
que promovió
la ONU, destinado a frenar
uno de los mayores problemas
ambientales -si no el mayor-
de nuestro planeta: el llamado “efecto
invernadero”.
El
“efecto invernadero”
nace de la actividad
industrial y humana de
los países desarrollados.
Tal actividad produce
una serie de gases contaminantes
que se van acumulando
en la atmósfera,
y crean en ella una capa
que concentra el calor
sobre la superficie terrestre,
del mismo modo que lo
hace el plástico
de un invernadero. Al
mismo tiempo, esos gases
van destruyendo lenta
pero inexorablemente
la capa de ozono que
protege nuestro planeta
de los rayos dañinos
que nos llegan del Sol.
El
protocolo de Kioto fue
firmado en esa ciudad
nipona el 11 de diciembre
de 1997, y se estipuló que
entraría en vigor
el 16 de febrero de 2005,
dando tiempo, así,
a que cada país
fuera tomando las medidas
oportunas. |
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¿Hasta
qué punto es grave el “efecto
invernadero”? |
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La
gravedad del “efecto
invernadero” es
enorme. Como decíamos
arriba, los gases contaminantes
que contempla el Protocolo
de Kioto forman como
un muro que rodea a
la Tierra:
-
Ese
muro impide que
el calor que emite
nuestro planeta
-tanto el proveniente
del lógico
calentamiento por
el sol, como el
que produce la
actividad humana-
se disperse, por
lo que la temperatura
de la atmósfera
va aumentando poco
a poco: se produce
el calentamiento
global.
-
Ese
muro impide que
la atmósfera
se renueve, por
lo que los gases
contaminantes no
se eliminan y se
suman a los ya
existentes en la
atmósfera.
-
Y,
por último,
esos gases van
destruyendo una
de las capas que
rodea al planeta
protegiéndole
de los rayos nocivos
del sol: la capa
de ozono.
Diciéndolo
crudamente:
el “efecto
invernadero”
impide que
salga de la
Tierra lo peor
que se produce,
y favorece
que llegue
de fuera lo
peor que envía
el Sol. Todo
ello tiene
consecuencias
gravísimas:
-
El
aumento
de la
temperatura
del planeta
supone
que el
hielo
de los
polos
y los
glaciares
se esté
licuando,
lo que
conlleva,
nada menos,
un aumento
del nivel
del mar.
Mares y
océanos
están
ganando
terreno
a las superficie
seca de
la Tierra,
cambiando –o
rompiendo-
los ecosistemas,
conduciendo
a la desaparición
a los deltas
y su benéfico
influjo,
impidiendo
los cultivos
de costa,
amenazando
a las poblaciones
ribereñas
y costeras,
etc.
-
Tampoco
hay que
pensar
mucho
para
comprender
que el
calentamiento
global
tiene
consecuencias
devastadoras
para
la agricultura
y la
ganadería,
aumenta
las zonas
desérticas,
favorece
la propagación
de enfermedades
tropicales,
cambia
los ciclos
vitales
de numerosa
flora
y fauna...
-
Y
esto
sin olvidar
que la
ruptura
de la
capa
de ozono
hace
que aumenten
en el
ser humanos
algunas
formas
de cáncer,
especialmente
el de
piel.
Téngase
en cuenta,
en fin,
que el
calentamiento
global
se hace
especialmente
peligroso
por dos
razones.
Por una
parte,
no es algo
que se
note de
un día
para otro,
sino que
sus efectos
van apareciendo
casi insensiblemente
de generación
en generación,
por lo
que corremos
el riesgo
de no hacer
caso a
este problema
(sabido
es que
el ser
humano
tiende
a no considerar
algo como
un problema
hasta que
no me toca
a mí
directa y
gravemente).
Y, por otro
lado, hay
que decir
que el calentamiento
puede llegar
a un punto
sin retorno,
a un punto
en el que
el problema
sea de tal
magnitud
que ya no
haya solución.
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¿Y
por qué no dejamos de usar
esos gases tan peligrosos? |
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Los
gases que provocan el efecto
invernadero son el dióxido
de carbono, el metano,
el óxido nitroso,
los carburos hidrofluorados
y perfluorados, y el hexafluoruro
de azufre.
El
problema es que suprimir
por completo esos gases
supondría, actualmente,
prescindir de muchos
aparatos de aire acondicionado,
de neveras, de aerosoles,
de plásticos,
de algunos sistemas
de calefacción,
de muchos procesos
industriales, y de
un largo etcétera
que incluye nada más
y nada menos que... ¡los
coches, los camiones,
los autobuses...!
Como
no podemos esperar a
que la ciencia encuentre
soluciones alternativas
a toda esa larga lista,
el Protocolo de Kioto
empuja a que se produzca
una reducción
drástica en todos
aquellos campos en los
que ya es posible emplear
formas de producción
menos contaminante. Pero
no sólo. De hecho,
aunque en los primeros
años de desarrollo
del Protocolo de Kioto
casi toda la investigación
se centraba en evitar
emisiones contaminantes,
actualmente la línea
de trabajo se inclina
más a lo referente
al sistema energético
mundial, del que se ve
que debe dar un giro
de 180 grados hacia la
búsqueda y utilización
de energías diversas,
limpias y renovables,
dejando de lado los combustibles
fósiles: carbón,
petróleo y gas
natural.
Esto
afecta, sobre todo, a
los países industrializados.
pero también las
naciones en vías
de desarrollo tienen
su parte. Ellas son
–piénsese,
por ejemplo, en los colosos
chino e indio- quienes
van a sufrir primero los
efectos más demoledores
del problema, y a ellos
es a quien primero hay
que ayudar para dotarles
de recursos que permitan,
a la vez, su industrialización
y su no emisión
de contaminantes. |
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¿Quién
y cuándo tiene que aplicar
el Protocolo de Kioto? |
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El
origen del Protocolo
de Kioto hay que buscarlo
en la Cumbre de la Tierra
que, convocada por la
ONU, de celebró
el año 1992 en Río
de Janeiro (Brasil). Allí
se creó la Convención
Marco de Naciones Unidas
sobre Cambio Climático
(UNFCCC, en sus siglas inglesas).
La Convención entró
en vigor en 1994, auspiciada
por 188 países. Tres
años más tarde,
en Kioto (Japón) se
aprueba el Protocolo de esa
Convención, que acuerdan
180 países, dándose
de plazo hasta 2005 para
que cada cual fuera preparándose.
Y, en ese 2005, empezar la
reducción de emisiones,
que debe estar cumplida en
2012. Lo malo es que ese
plazo de preparación
ha servido también,
desgraciadamente, para que
de los países que
firmaron el acuerdo en 1997,
se hayan descolgado 39, de
modo que, finalmente, el
Protocolo ha sido ratificado
por 141.
En
esos 141 países
los hay tanto industrializados
como subdesarrollados.
Los industrializados,
que son 30, adquieren
la obligación
legal de reducir sus
emisiones de los seis
gases dichos arriba
de “efecto invernadero”
en un 5,2% de media respecto
a lo que emitiera cada
uno en 1990, y que esto
deben hacerlo entre 2008
y 2012; pueden empezar
antes, claro, pero la
obligación legal
afecta a ese periodo).
Los países de
la Unión Europea
se comprometen a una
reducción media
del 8% (un reparto interno
de la propia Unión
ha ampliado o reducido
a los diversos países
europeos las metas fijadas
en Kioto); Japón
tiene que reducir un
7% y Estados Unidos -que,
como se dirá,
no ha ratificado el Protocolo-
un 6%.
Por
su parte, los países
subdesarrollados se comprometen
a no llegar a determinados
niveles contaminantes,
a la vez que pueden “comprar”
emisiones de gases a los
países desarrollados,
siempre dentro de los límites
prescritos. Esa “compra” les
beneficia, pues se trata
de que la industria concentrada
en el Primer Mundo vaya
en parte a esos países,
beneficiándoles
a ellos -si el provceso
se hace bien, claro, y
no fomentando la explotación
laboral- y permitiendo
a los países desarrollados
que se desprenden de esas
industrias reducir sus
cifras de contaminación. |
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Pero,
¿todo eso no hace que aplicar el
Protocolo sea un jaleo? |
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La
dificultad a la hora de
aplicar el Protocolo de
Kioto y vigilar su cumplimiento
no está
en las muchas cifras
que hay que manejar.
Por complejos que sean
los cálculos que
haya que hacer para comprobar
si cada páis cumple
o no, está claro
que tenemos medios sobrados
para hacer ese seguimiento.
El auténtico
problema es que a esas
cifras se le puede
buscar la trampa. Imaginemos
una fábrica
de aparatos de aire
acondicionado situada
en España. Ese
tipo de industria genera
varios de los gases
contaminantes que limita
ekl Protocolo de Kioto,
por lo que los dueños
de la fábrica
(sean personas o sea
una multinacional)
deben adaptar toda
la fábrica hasta
que reduzca en un 8%
sus emisiones.
Hasta
ahí
todo va bien... mientras
no hablemos de dinero.
Esa adaptación
cuesta dinero. Y a lo
mejor los dueños
de la fábrica
echan números
de cuánto les
cuesta reducir ese 8%
en España, y cuanto
les cuesta montar una
fábrica nueva
en, por ejemplo, India,
donde se ahorran salarios,
seguridad social, problemas
con los sindicatos, y
donde, en suma, la explotación
del ser humano les permite
un aumento de beneficios
económicos. Puede
resultar un tanto brutal
dicho así, pero
es la realidad de cómo
funciona nuestro industrializado
Primer Mundo y de dónde
provienen muchos de los
productos que comprados
en el mercado o usamos
en nuestra vida cotidiana
(incluyendo, probablemente,
el ordenador con que
se está
escribiendo esto).
Tal
es el auténtico
problema al que los garantes
del Protocolo de Kioto
tendrán que estar
muy atentos. El acuerdo
de Kioto no vale para
nada si sólo se
mira el dinero y el presente,
y no se tiene la ética
de pensar en el bien
de TODOS. Nosotros no
nos vamos a morir por
el cambio climático,
pero quién sabe
que Tierra tendrán
nuestros tataranietos.
Da lo mismo que la fábrica
esté
en España o en la
India: para el planeta
Tierra, lo importante es
que contamina. De hecho,
da mucho que pensar el
dato de que los países
industrializados, con el
20% de la población
mundial, somos responsables
de más del 60% de
las emisiones actuales.
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Y
si un país no cumple el
Protocolo,
¿qué pasa? |
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Es
cierto que el Protocolo
de Kioto contempla que
los países que no
hayan cumplido los objetivos
en 2012, tendrá
que reducir en el siguiente
periodo la cantidad incumplida
multiplicada por 1,3.
Además, en la
Unión Europea
también están
previstas multas económicas.
El problema es quien
impone esa sanción.
Y es que el qué hacer
si un país no
cumple aquello que se
comprometió
en el Protocolo de Kioto
escapa al protocolo.
En realidad, es un problema
de política internacional,
pues, en estos momentos
del desarrollo humano,
sólo existe un
organismo superior a
las naciones: el Tribunal
Penal Internacional (TPI).
Pero es claro que este
tribunal sólo
puede ocuparse de delitos,
y no es éste el
caso (dejando aparte
que no todos los países
reconocen la autoridad
del TPI).
Por tanto,
lo único que en
teoría podría
hacerse es acordar por
el resto de países
una serie de sanciones,
esencialmente económicas,
al país que rompiera
lo acordado. Y, como
decía la fábula,
a ver quién es
el que le pone el cascabel
al gato. Si el país
incumplidor pertenece
al Tercer Mundo lo único
que faltaba era que,
encima, tuviera sanciones.
Y si es un país
del Primer Mundo, ¿se
van a atrever el resto
a enfrentarse a él?
De hecho,
y sin tener que esperar
a ver quién
cumple o no en 2012,
ya ha habido casos
donde, en teoría,
se podía haber
hecho algo. Por ejemplo
con el país
más contaminante
del mundo: Estados
Unidos. Pero a ver
quién sanciona
al todopoderoso gigante
norteamericano (EE.UU.
ha preparado un plan
propio cuyo objetivo
es reducir la intensidad
de sus emisiones en
un 18% en 2012 respecto
a 2000; tal plan supone
que sus emisiones reales
habrán aumentado
entre un 16% y un 26%
respecto a 1990 según
cifras oficiales, y
más de un 30%,
según estudios
independientes). O
tres cuartos de lo
mismo con la poca conocida
pero muy fuerte económicamente
hablando Australia,
que también
se ha descolgado de
Kioto. O a ver quién
hace frente a Rusia
y a Japón, que,
si bien sí han
ratificado Kioto, han
logrado tras mucho
imponerse que la reducción
de emisiones que tienen
que conseguir sea bastante
menor que la que debían
conseguir a partir
de su mucha emisión
de contaminantes.
Hoy
por hoy, pues, lo único
que cabe es esperar
a ver qué
pasa en 2012 si es que,
ojalá
que no, algún
país no cumple
lo pactado.
Pero
para lo que no se está esperando
es para ver qué se
va a hacer después
de 2012. Y es que,
aun suponiendo que
todos los países
se ajusten al protocolo
de Kioto, eso no es
más que un primer
paso en la lucha contra
el calentamiento global.
Hay que ver cómo
mantener lo conseguido
y, sobre todo, como
mejorarlo y multiplicarlo.
Y hay
que verlo ya, porque
esa contención
de emisiones del 5,2%
de media que estipula
Kioto ya se sabe hoy
que apenas tiene influencia
en el calentamiento.
Varios institutos de
prospectiva en el mundo
estudian la cuestión.
Por su parte, la Comisión
Europea considera que
habrá
que reducir las emisiones
entre un 15% y un 20%
hacia 2050 respecto a
1990. Y numeroso colectivos
plantean para el Tercer
Mundo, aunque no sólo,
modelos de desarrollo
sostenible, que conjuguen
el crecimiento económico
con la preservación
del planeta.
Por eso
parece claro que el
futuro no irá
sólo, como ahora,
por reducir en los países
desarrollados los contaminantes,
sino que se contemplarán
varios enfoques, plazos
flexibles y nuevos incentivos,
incorporando además,
de alguna manera, a los
países en vías
de desarrollo.
Así,
tras mucho debate y
no pocos rifirrafes,
en la última
Cumbre del Clima, celebrada
en diciembre de 2004
en Buenos Aires (Argentina),
se acordó
celebrar en el 2005 una
reunión en la
que, aunque no se especifica,
tampoco se prohíbe
abordar la cuestión
del régimen futuro.
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¿España
está cumpliendo el Protocolo? |
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La
Península Ibérica
tiene el triste honor de
ocupar el primer puesto
en la lejanía europea
respecto a lo marcado en
Kioto. Portugal es el país
que más se aleja,
y España el segundo.
Para
hacer frente a
esto, el actual
gobierno del Partido
Socialista ha creado
un grupo interministerial
que afronte desde
muy diversas pero
complementarias
perspectivas el
desafío
de Kioto.
¿Se
logrará?
Los especialistas
dicen que el gobierno
puede hacerlo para
la fecha límite
de 2012 si fomenta
el no depender
tanto del petróleo
dando paso a las
energías
renovables (eólica,
solar...) y limpias
(biomasa, térmicas
con el calor terrestre,
etc.), y, a la
vez, hace planes
serios -y no meramente
testimoniales-
de cooperar con
países
en vías
de desarrollo para
que ellos puedan
tener parte de
nuestra industria
(sin esclavizarles
a ellos y sin aumentar
parados nosotros). |
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¿Y
a los españoles nos va a
salir caro ajustarnos a lo acordado
en Kioto? |
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Sindicatos,
economistas y
otros estudiosos
no ven especialmente
caro ajustarse
al protocolo
de Kioto si se
mira un poco
más allá del
puro y duro hoy.
Y es que, aunque
es evidente que
hacer menos contaminante
nuestra industria
adaptándola
al uso de energías
renovables y
no contaminantes
supone una fuerte
inversión,
tal chorro de
dinero se amortiza
a la larga, pues
esas energías
no contaminantes
son infinitamente
más baratas
que las actuales
que dependen
del carbón,
el petróleo
y el gas natural.
Es caro, por
ejemplo, poner
un molino de
viento, o hacer
edificios con
paneles solares.
Pero, una vez
hecho, ni el
viento cobra
por soplar ni
el sol pasa factura
por mandarnos
sus rayos.
De
todos
modos,
cuando
se
habla
de
dinero
es
raro
encontrar
un
acuerdo
total.
De
hecho,
es
curioso
que,
en
España,
las
dos
grandes
industrias
que
más
se
pelean
en
este
asunto
son
las
dos
grandes
eléctricas:
Iberdrola
cree
que
España
puede
cumplir
con
Kioto
y
Endesa
dice
que
va
a
salir
demasiado
caro.
En
fin.
Y
como
a río
revuelto
ya se
sabe
que ganancia
de pescadores,
suenan
voces
diciendo
que la única
forma
de no
perder
dinero
es aumentar
el uso
de lo
que ellas
consideran
una energía
limpia,
la nuclear.
Pero
hay que
evitar
esa tentación,
muy rentable
para
unos
pocos
y extremadamente
peligrosa
para
todos.
Está
más
que demostrado
que no
hace falta
echar mano
del riesgo
atómico,
pues hay
otras energías
más
limpias,
igual de
baratas,
que tampoco
se agotan...
y que no
son una
bomba en
potencia.
De
todos
modos,
nadie
niega
que España
va a
tener
que hacer
un fuerte
desembolso.
Casi
mil instalaciones
industriales
hacen
cuentas
para
ajustarse
lo más
posible
a las
cantidades
de derechos
de emisión
gratuitos
que se
les han
adjudicado.
Las cifras
que jalonan
el camino
de Kioto
para
la industria
española
(eléctricas,
refinerías,
cementeras,
siderúrgicas,
papeleras,
y de
cal,
vidrio
y cerámica)
son duras:
emisión
de un
máximo
de 160,28
millones
de toneladas
de CO2
(dióxido
de carbono)
al año
hasta
2007
(para
el conjunto
del país
la cifra
es de
401 millones
de toneladas);
957 instalaciones
afectadas;
y límite
de emisión
de 88
millones
de toneladas
anuales
para
el sector
clave:
el eléctrico.
El coste
de cumplir
con la
norma,
según
cifras
del Ministerio
de Medio
Ambiente,
es de
unos
85 millones
anuales.
Para
terminarlo
de empeorar,
cuando
aún
no se
ha estrenado
el plan
del Gobierno,
que trata únicamente
de que
no se
disparen
-no ya
que se
reduzcan-
las emisiones
en el
periodo
de prueba
2005-2007,
imponderables
climáticos
han complicado
el asunto.
Las olas
de frío
de enero
y febrero
han hecho
batir
todos
los récord
de consumo
energético
en hora
punta,
obligando
a trabajar
a pleno
rendimiento
a todas
las centrales
de generación,
nuevas
y viejas,
de carbón,
de fuel
y de
gas.
Sólo
en unos
días
de enero,
el sector
eléctrico
gastó casi
el 12%
de los
derechos
que tiene
para
todo
el año.
En las
empresas
temen
que,
si el
año
de sequía
se confirma
y el
verano
es caluroso,
tendrán
que acudir
al mercado
de derechos
de emisión
para
adquirir
sobrantes
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