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Campaña de apoyo a Jon Sobrino
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Campaña de apoyo a Jon Sobrino

Adital - El reciente posicionamiento del Vaticano de castigar al teólogo jesuita Jon Sobrino - considerado uno de los grandes nombres de la Teología de la Liberación - repercute en varios sectores ligados a la Iglesia. Esta semana, está haciéndose un llamado internacional para que se envíen cartas de apoyo al religioso, resaltando los valores contenidos en sus escritos, objetos de la investigación iniciada en 2001 por el Vaticano.
Para expresar el rechazo a la decisión, emitida por el papado de Benedicto XVI, está iniciándose la campaña "Querido Jon Sobrino, estamos juntos, juntas...". La campaña consiste en enviar cartas al religioso, donde las personas hablen sobre el provecho conseguido por la lectura de libros tales como "Jesús Cristo Libertador - Lectura Histórica/Teológica de Jesús de Nazaret" y "La Fe en Jesús Cristo - Ensayo a partir de las víctimas", los dos que fueron analizados por la comisión del Vaticano, que acusa al teólogo de "humanizar por demás" la figura de Jesús Cristo.

Muchos sectores de la Iglesia vienen manifestándose sobre el asunto. Una de ellas es la Congregación de Defensa de la Fe. En palabras del fraile João Xerri, la Congregación "no va a cambiar, ni ablandar su posición - están premeditando esto hace años - pero la tarea esencial ahora es hacer que Sobrino sepa que no esta solo, que existen muchas otras personas en la iglesia que fueron inspiradas por sus escritos"

Las cartas deben ser enviadas a la siguiente dirección:

 P. Jon Sobrino, S.J.
3a. Calle Poniente
Walter Soundy 1-1
04102 Santa Tecla (La Libertad)
El Salvador
Tel (503)-2228-3037
Fax (503)-2288-2245
E-mail:

O a:

P. José Alberto Idiáquez Guevara, S.J.
Ave. Río Lempa, 9N
Jardines de Guadalupe
Antiguo Cuscatlán (La Libertad)
El Salvador
Tel (503)-2257-8590
Fax (503)-2257-8589
E-mail:
 




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Solé
 
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Jur, no sé por qué no había visto esto hasta hoy. Muchas gracias por las direcciones, Solé.
 




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Al menos, no dejó de intentarlo.
 
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Jon Sobrino: compañero de tribulación


Leonardo Boff
Koinonia


Jon, amigo y hermano: La «notificación» de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Santo Oficio) condenando opiniones tuyas sobre Cristo porque no se ajustarían a la fe cristiana, me llenó de profunda tristeza. Vi funcionar contra ti el mismo método y la misma forma de argumentación usados contra mí con referencia a la doctrina sobre la Iglesia. El método es el del pastiche, que consiste en pinzar partes de frases y combinarlas con otras, creando así un sentido que ya no corresponde a lo que el autor ha escrito. O si no, distorsionan los textos de forma que el autor no se siente representado en ellos. Entiendo y apoyo tu decisión valiente: «no me siento en absoluto representado en el juicio global de la notificación; por eso no me parece honrado suscribirla. Además sería una falta de respeto a los teólogos que han leído mi obra y no han encontrado en ella errores doctrinales ni afirmaciones peligrosas».
De hecho, eminentes especialistas en el área analizaron, a petición tuya, tus obras: Sesboué de Francia, González Faus de España, Carlos Palacio de Brasil, entre otros. Todos fueron unánimes en reafirmar su ortodoxia. ¿Por qué no han contado esas opiniones? Esto nos hace sospechar que tu condenación ha sido solamente un pretexto para golpear una vez más a la teología de la liberación, comprometida con el pueblo crucificado, cosa que no agrada al Vaticano.

Pero lo que más me duele es que te escogieran precisamente a ti para este intento espureo. Tú eres un superviviente del martirio, cuando en noviembre de 1989 en El Salvador toda tu comunidad de seis jesuitas, junto con la empleada y su hija, fueron asesinados por elementos de las fuerzas armadas.

Habías ido a Tailandia a sustituirme en un curso que yo no podía atender, y así escapaste de ser también asesinado. Tu testimonio «Los seis jesuitas mártires de El Salvador» es una de las más bellas páginas de espiritualidad y de conmoción escritas en la Iglesia de América Latina. Te escogieron a ti, a quien considero el más profundo teólogo latinoamericano, el que mejor articula espiritualidad y teología, inserción en el pueblo crucificado y reflexión, el que (lo digo sinceramente) presenta en mayor grado las virtudes insignes que caracterizan la santidad. Separaron tu obra de tu vida doliente y amenazada, como si pudiesen separar el cuerpo del alma. Sólo autoridades «carnales» que perdieron todo sentido del Espíritu, como diría san Pablo, podrían perpetrar tamaña agresión.

Pero hay una razón más profunda. Tu teología incomoda a las autoridades religiosas que se asentaron sobre el poder sagrado y se han fosilizado en él. Tú siempre has insistido en que la Iglesia debe decir la verdad sobre la realidad, que en nuestro Continente es brutal para con los pobres porque los mata de hambre y de exclusión. Por eso la Iglesia aquí tiene que ser liberadora. Articular fe y justicia, teoría y praxis, y hacerse fundamentalmente Iglesia de los pobres y de los pueblos crucificados.

Bien dijo Don Oscar Romero, también asesinado en El Salvador, a quien tú tanto asesoraste: «Se mata a quien estorba». Tú participas en cierta forma de este destino. Sé que seguirás trabajando y escribiendo para que los crucificados puedan resucitar. En el fondo sé que te alegras en el Espíritu de poder participar un poco de la pasión del pueblo sufriente.

Compañeros de tribulación, entendemos que el servicio último no es a la Iglesia, sino en la Iglesia a Dios, a las personas, especialmente a los pobres, que un día juzgarán si nuestra teología fue únicamente ortodoxa y no ortopráctica, que es la que realmente sirve a la liberación.


http://servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=213
 




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Solé
 
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El silencio de los testigos
Juan José Tamayo · · · · ·
  
09/04/07
  
Jon Sobrino es hoy testigo de mártires en el más estricto sentido de la palabra. Él mantiene viva la memoria del horror pare evitar que vuelva a repetirse. Escribe el teólogo español Juan José Tamayo.




 

La noche del 16 de noviembre de 1989 eran asesinados salvajemente y de manera inmisericorde en la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA) seis jesuitas y dos mujeres, Elba y Celina -ésta de 15 años-, por militares del Ejército salvadoreño. El óctuplo asesinato conmocionó al mundo. Los ocho muertos se sumaban a los 80.000 más que había costado ya la guerra en El Salvador, país donde se había instalado la cultura de la muerte desde hacía una década.

El teólogo hispano-salvadoreño Jon Sobrino podía haber sido el séptimo jesuita asesinado, pero esa noche no estaba en casa. Se encontraba dando un curso de teología en Hua Hin (Tailandia), a 200 kilómetros de Bankok, respondiendo a una petición que le hizo Leonardo Boff. Un sacerdote irlandés le despertó para comunicarle la trágica noticia. "Toda la comunidad, toda mi comunidad ha sido asesinada", fue su comentario. Enseguida se preguntó por qué estaba él vivo, sin encontrar respuesta. En Tailandia, donde el número de cristianos es muy pequeño, alguien le interrogó entre sorprendido e incrédulo: "¿Y en El Salvador hay católicos que asesinan a sacerdotes?".

Pocos días después del trágico acontecimiento, Sobrino escribió Compañeros de Jesús. El asesinato-martirio de los jesuitas salvadoreños, donde a la pregunta por qué los mataron respondía: "Por ser conciencia crítica en una sociedad de pecado y por ser conciencia creativa de una futura sociedad distinta". Desde entonces la vida no sería igual para Jon Sobrino. "Experimenté -afirma- un corte real en mi vida y un vacío que no se llenaba con nada". El corte se produciría también en sus escritos posteriores, que llevarían la marca indeleble del martirio y el sello de los pueblos crucificados. Ion Sobrino se convertía en superviviente del martirio y testigo de mártires, y su teología tomaba el género literario del testimonio.

El 12 de marzo de 1977 las balas asesinas habían terminado con la vida de su compañero Rutilio Grande, comprometido en la lucha por la justicia en Aguilares, y de dos campesinos, un anciano y un niño. Jon Sobrino, que estaba acompañando a los muertos, abrió la puerta a monseñor Romero -recién nombrado arzobispo de San Salvador-, que llegaba para presidir el funeral por Rutilio. Sobrino le acompañó hasta la iglesia donde se encontraban reunidos cientos de campesinos acompañando a los tres cadáveres. Fue durante el funeral cuando Romero, hasta entonces un obispo conservador y crítico con la teología de la liberación, se convirtió al Dios de los oprimidos, a la Iglesia de los pobres y a la causa de la liberación. Tres años después, el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la misa en la capilla de un pequeño hospital de religiosas era asesinado monseñor Romero. Jon Sobrino fue el primer sacerdote que tuvo noticia del asesinato. Unos días antes Romero había dicho premonitoriamente: "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño". Así fue, realmente: su entierro, el 30 de marzo, se convirtió en una de las mayores manifestaciones populares -si no la mayor- en toda la historia de El Salvador. Su libro Monseñor Oscar A. Romero. Un obispo con su pueblo, escrito con motivo del décimo aniversario del asesinato del arzobispo terminaba con estas palabras de I. Ellacuría: "Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador".

Jon Sobrino es hoy testigo de mártires en el más estricto sentido de la palabra. Él mantiene viva la memoria del horror pare evitar que vuelva a repetirse, ejerce la razón anamnética en tiempo de razón amnésica y olvidadiza, conserva el recuerdo subversivo de los muertos por mor de la justicia, conforme a uno de los principios éticos más revolucionarios que Jesús de Nazaret proclamó en el Sermón de la Montaña y que Gandhi calificaba de verdadero programa social: "Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos". Con su testimonio, incómodo para los victimarios, muchos de ellos vivos, Sobrino está reclamando justicia y rehabilitación de las víctimas y cuestionando un orden jurídico que carece de humanidad.

Los testigos de eventos memorables, de masacres, de catástrofes, de desgracias colectivas, de momentos especiales en la historia de los pueblos suelen contar con una consideración especial. Ellos son protegidos porque representan la voz de las víctimas y su testimonio, protegido para que no se pierda. La institución eclesiástica, empero, tiene un comportamiento poco generoso con los mártires y con sus testigos. A los primeros no les reconoce como tales. Suele acusarlos de haberse desviado de su misión evangelizadora, de meterse en política cuando lo suyo es el culto, de luchar por la liberación de los pobres codo a codo con ellos, cuando lo suyo es la salvación del alma. Implícitamente les están responsabilizando de su propia muerte. Es el caso de monseñor Romero, reconocido como santo y mártir por el pueblo salvadoreño y por cristianos y cristianas de todo el mundo, y sin embargo, cuestionado en su coherencia evangélica por Roma. Romero cumple ejemplarmente la principal condición para ser declarado santo y mártir: haber sido asesinado por su testimonio de la justicia que brota de la fe. Y, sin embargo, el Vaticano no le concede ese reconocimiento, que le hubiera llevado a los altares sin las complicaciones de los procesos de los actuales procesos de beatificación y canonización. El Vaticano tampoco ha reconocido como mártires a los jesuitas y a las mujeres salvadoreñas vilmente asesinados por orden de dirigentes políticos y militares de El Salvador.

La misma falta de generosidad y de reconocimiento ha tenido con Jon Sobrino, a quien no se le ha permitido hacer el duelo por sus compañeros mártires. Desde 1975 viene siendo investigado detectivescamente y sin piedad. Las investigaciones han coincidido con los asesinatos antes referidos: primero fue tras el asesinato de Rutilio Grande; después, tras el de Romero; luego, tras el de los jesuitas; y ahora de nuevo. En vez de pedirle que haga memoria de tantos miles de salvadoreños como ha visto morir, le imponen silencio. Nunca ha sido citado para que diera su testimonio sobre los mártires. Nunca le han preguntado cómo se sentía tras cada asesinato de sus hermanos. Todo lo contrario, sus libros han sido leídos en busca de errores, de herejías. A los censores del Vaticano no les importa su ortopraxis, que realmente es evangélica, sino su ortodoxia. Y ésta ha sido juzgada no con los criterios de la misericordia y del diálogo, de la ecuanimidad y de la comprensión, sino con desmesura y descalificaciones. Y todavía los cancerberos de la ortodoxia se precian de no haberle sancionado. ¡Qué mayor sanción que la propia Notificación!

Mientras tanto Sobrino guarda silencio. Quizás sea la mejor respuesta, recordando la canción de Atahualpa Yupanqui: "La voz no la necesito. Sé cantar en el silencio".

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Nuevo Diccionario de Teología (Trotta, Madrid, 2005).


http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=1127
 




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Solé
 
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Es muy interesante leer la carta de Jon Sobrino a su Superior jesuita.
http://www.proconcil.org/document/2...obrinoaKolv.htm
 




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Somos como esos viejos árboles...
 
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Gracias. Si que lo es
 




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Solé
 
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