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Evolución contra creación
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Bush pide que la escuela de EEUU contraponga el diseño divino del hombre a la teoría de Darwin
Evolución contra creación


José Manuel Sánchez Ron
El Períodico


Charles Darwin dio a conocer su teoría de la evolución en 1859, en un libro que desde entonces forma parte de lo mejor de la cultura universal: On the Origin of Species. Menos de un año después, un obispo de triste recuerdo intentó menospreciar la nueva teoría con unas vergonzosas palabras: "Querría preguntar al profesor Huxley... acerca de su creencia de que desciende de un mono. ¿Procede estas ascendencia del lado de su abuelo o del de su abuela?" Palabras a las que el propio Thomas Huxley, distinguido biólogo, contestó con la dignidad que él mismo, Darwin y la ciencia merecían: "No sentiría ninguna vergüenza de haber surgido de semejante origen; pero sí que me avergonzaría proceder de alguien que prostituye los dones de la cultura y la elocuencia al servicio de los prejuicios y la falsedad".

Hace, pues, casi 150 años que disponemos de uno de los instrumentos científicos que mejor, y con mayor éxito, nos han ayudado en la tarea de conocer cuáles fueron nuestros orígenes. El mismo tiempo ha pasado desde que la idea de la evolución de las especies que pueblan la Tierra (entre las que, guste o no guste, figura la especie humana) ha sido atacada por motivos en los que las creencias religiosas ocupan un lugar preferente.

Estados Unidos, la nación más poderosa del planeta, líder en el avance de la ciencia, se ha distinguido en luchar contra de la teoría de la evolución. A comienzos de la década de 1920 varios estados prohibieron la enseñanza de la evolución, decisión que fue anulada, por anticonstitucional, en 1968 por el Tribunal Supremo. Poco después, sin embargo, en la década de 1970, Arkansas y Luisiana introdujeron una norma que exigía que se debía dedicar el mismo tiempo en los colegios a enseñar una interpretación literal del Génesis, esto es, al creacionismo, que a la evolución (de nuevo, esta norma fue revocada por el Tribunal Supremo, en 1987). Pero la historia no se detuvo ahí: en 1999, el Consejo Escolar de Kansas aprobó eliminar la evolución, así como la teoría del Big Bang, de los programas científicos del Estado. No se prohibía su enseñanza, pero sí que el tema se incluyese en los exámenes que se realizaran en todo el Estado.

HACE UNOS DÍAS, a primeros de agosto, el presidente estadounidense, George Bush, ha vuelto a la carga, esta vez utilizando una vieja táctica, la de utilizar otras palabras: en lugar de creacionismo, ahora se habla de "diseño inteligente" (alguien --un Dios-- debió de diseñar la vida, y en particular la humana). Concretamente, lo que ha hecho es manifestar que se debería tratar del "diseño inteligente" al mismo tiempo que de la evolución cuando se enseña a los estudiantes acerca de la creación de la vida. "Creo --dijo-- que parte de la educación es exponer a la gente a diferentes escuelas de pensamiento".

"Exponer a la gente a diferentes escuelas de pensamiento". Puede sonar bonito, incluso democrático, pero oculta falacias evidentes: en aras a semejante principio pluralista, ¿debemos enseñar los principios de la democracia junto a los de la tiranía?, ¿dedicar el mismo tiempo a la alquimia que a la química, a la física de Aristóteles que a la de Einstein?, ¿introducir a los jóvenes en los principios de la magia al mismo tiempo que nos esforzamos en enseñarles los fundamentos de la ciencia? Se olvidan, por otra parte, los que argumentan como el señor Bush, de un detalle importante: hasta la fecha la enseñanza de la religión --esto es, del creacionismo o del diseño inteligente-- ha ocupado mucho más espacio y tiempo en los programas de estudio que la idea o teoría de la evolución. Quien necesita más ayuda no es la enseñanza de las religiones, que cuentan con todo tipo de instrumentos de promoción, dentro y fuera de la escuela, sino el evolucionismo.

Hay otro argumento, que casi es vergonzoso recordar: el creacionismo, el diseño inteligente, puede consolar nuestras existencias (lo que es perfectamente comprensible), pero jamás ha explicado nada. Nos protege ante el desamparo de una existencia cuyo origen y sentido desconocemos, aunque en modo alguno ilumina nuestro entendimiento, esa facultad que tanto valora nuestra especie. Por el contrario, la idea de la evolución, ya sea a la manera de Darwin o en otras versiones, no explica todo, por supuesto, pero sí muchas cosas, y cada vez más.

EN REALIDAD, el señor Bush no es sino la punta más notoria de un enorme iceberg que integran instituciones como The Discovery Institute, fundado en 1991 por un alto funcionario de la Administración de Reagan. El diseño inteligente se ha convertido en una parte tan importante de las actividades de este instituto que ha creado una división, el Centro para la Renovación de la Ciencia y la Cultura, que dedica todo su tiempo a esa causa. Su táctica ha sido resumida con estas palabras: "Utilizar el diseño inteligente como un instrumento para combatir la evolución y así promover una agenda político-religiosa conservadora".

Con ocasión del fallecimiento de Kirthely Mather, que había testificado a favor de la evolución en un juicio que se celebró en 1925 en Tennessee contra un profesor de instituto, John Scopes, que fue condenado por enseñar la teoría de la evolución, el gran naturalista y divulgador científico Stephen Jay Gould escribió en 1983: "Cuando pienso que estamos de nuevo enzarzados en la misma lucha por uno de los conceptos mejor documentados, más convincentes y excitantes de toda la historia, no sé si reír o llorar". Pues eso, pero otros 20 años después.

J. M. SÁNCHEZ Ron es miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid


http://www.rebelion.org/noticia.php?id=20310
  




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Fernando de Orbaneja
Creacionismo frente a Evolucionismo



Recientemente se ha desatado una campaña contra el evolucionismo, iniciada por el presidente George Bush y aplaudida por las tres religiones monoteístas, sobre la que creo importante aclarar ciertos aspectos.

Pretender a estas alturas que en la escuela se enseñe el creacionismo con la misma credibilidad que el evolucionismo sólo puede producir carcajada, si no diera pena; es como querer enseñar hoy que la tierra es plana y el centro del universo. No sé que es peor si un teólogo dándose aires de científico o un político opinando sobre conocimientos científicos.
Cuando Copérnico descubrió que la Tierra no era el centro del Universo y que giraba en torno al sol, las creencias religiosas sufrieron un duro revés. Más tarde se descubre que el Orbe es millones de veces mayor que nuestro sistema solar y que la Vía Láctea es una de tantas galaxias y no precisamente la mayor. Es decir, que vivimos en una pequeña y marginal aldea del Universo.

Hoy sabemos que las constantes fundamentales del Cosmos están ajustadas con gran precisión, al extremo de que si variamos un 1% la masa del protón no es posible conseguir un átomo, y sin átomos no hay galaxias, ni estrellas, ni seres vivos. Esto ha hecho pensar a algunos que el Orbe ha sido perfectamente diseñado por un ser superior, por Dios. Y dentro del Cosmos, el diseño más perfecto es un ser vivo y entre éstos el hombre. Parecía todo esto una prueba irrefutable de la existencia de Dios.

Pero aparecen en escena Darwin y sus seguidores, quienes demuestran que todos los seres vivos proceden de una bacteria y en cada generación las condiciones del entorno seleccionan las variantes que mejor se adaptan al mismo. La evolución de las especies y la selección natural generan diseños, cada vez más perfectos, sin necesidad de más Diseñador que el tiempo.

Hoy sabemos que la similitud de los genes humanos con los de otros seres, incluso bacterias, son tan sensacionales que ni Darwin hubiera podido soñar en una demostración tan clara de su teoría. El estudio del genoma del chimpancé concluye que los humanos y los chimpancés, de los que nos separamos hace seis millones de años, tenemos en común casi el 99% de la secuencia básica del ADN, y que tenemos prácticamente el mismo número de genes, unos 25.000.

Se han encontrado regiones en nuestro genoma que encierran la esencia de lo humano y que muestran huellas clarísimas del proceso de selección natural. Las diferencias anatómicas pueden deberse a cambios en el control de los genes. Las diferencias cognitivas se encuentran básicamente en el cómo (la funcionalidad y regulación de la actividad), puesto que el qué es el mismo. Está claro que lo que nos hace humanos no es la aparición de nuevos genes; al separarnos de los chimpancés sólo hemos duplicado, cambiado y perdido algunos genes. La comparación con los genomas de otros seres vivos, en especial los mamíferos, señalan que tanto los humanos como los chimpancés han acumulado más mutaciones a lo largo de la evolución que los primeros.

Según la Biblia, Dios creó al hombre “a su imagen y semejanza y conforme a nuestra (la de Dios) naturaleza”. Para los que creen en Dios debe ser decepcionante creer que es de nuestra naturaleza y semejante a nosotros, después de ver la nefasta historia de la humaniad. Sigue diciendo la Biblia que creó al hombre de barro, no se sabe si cocido o no, pero sin duda frágil, y a la mujer de hueso, más fuerte desde luego. Éste mito de la primera pareja de la que supuestamente descendemos, ha sido totalmente rechazado científicamente y considerado como lo que es: un mito.

Tanto el espermatozoide como el óvulo aportan los genes que hay en los cromosomas del núcleo, pero hasta hace poco se creía que sólo el óvulo era el que aportaba a la descendencia las mitocondrias de los genes (las mitocondrias son como unas minifábricas energéticas). Por eso se creía en la posibilidad de reconstruir el árbol genealógico humano a través del ADN mitocondrial, lo que suponía la confirmación de lo que sostenía la Biblia, que todos descendemos de una primitiva mujer. Pero John Maynard les ha chafado el argumento, ha demostrado que los genes mitocondriales del óvulo se mezclan con los del espermatozoide y por tanto es imposible establecer el árbol genealógico de la humanidad.

Por otro lado el físico Lee Smolin ha lanzado el principio antrópico, por el cual, cuando una estrella se colapsa formando un agujero negro, de cada uno de éstos puede nacer un nuevo universo con leyes similares al conocido, pero no idénticas. Si esas leyes no permiten la formación de estrellas, no existirán galaxias, ni seres vivos. (Curiosamente en estos universos paralelos se daría la circunstancia de que un alma podría ser santa o pecadora según en qué universo se encontrara). Es decir, que los universos que mejor se reproducen son los que tienen las leyes físicas más apropiadas para la formación de átomos, estrellas y seres vivos. Una vez más vemos que el único Diseñador es el tiempo.

El Vaticano sigue empeñado en refutar las teorías de Darwin, no acepta una evolución basada en el azar de la selección natural. Conviene recordar que fue un cura el que propuso la teoría del inicio del Universo por el Big Bang y que Pío XII sostuvo que ésta idea suponía la confirmación científica de la Creación. Además Juan Pablo II definió la teoría darviniana como “algo más que una hipótesis”. Lo que indica que la Iglesia acepta las teorías científicas cuando le vienen bien y rechaza las contrarias.

Ahora la Iglesia ataca de nuevo (¿en consonancia o por imposición de EE.UU.?). Bajo Benedicto XVI pretenden combatir el evolucionismo y, como siempre, a sus defensores, como al jesuita Coiné al que han destituido de la dirección de la “Specola Vaticana” (el observatorio astronómico). Dicen, no sin razón, que el darwinismo es incompatible con el credo católico; y tan incompatible como que echa por tierra todo ese cuento infantil de un dios alfarero entreteniéndose en crear el mundo. Cabría preguntarles ¿qué hacía Dios antes de crear el universo?.

No se comprende esa actitud del Vaticano y de otras creencias, cuando la misma teoría del Big Bang contradice la idea de la Creación, cuando la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, el origen de la vida o el principio de incertidumbre de Heisenberg, (que niega a Dios la posibilidad de saber dónde están las partículas, que supuestamente acaba de crear), son descubrimientos científicos tanto o más contrarios a sus doctrinas que el propio darwinismo. No deben estar muy seguros de sus leyendas cuando muchos de sus teólogos admiten la evolución, pero controlada por Dios. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa.

Dentro de no muchos años, la Iglesia católica, si aún existe, de lo que tengo dudas razonables, tendrá que reconocer su error. Claro que se limitará a pedir perdón a los científicos de turno; aunque seguirán sosteniendo su infalibilidad. Hay dos formas de llegar al desastre: sostener lo imposible y retrasar lo inevitable; porque como decía Cicerón: “Humano es errar; pero sólo los estúpidos perseveran en el error”.
 
http://www.larepublica.es/article.php3?id_article=1659
  



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