Portal    Foro    Buscar    FAQ    Registrarse    Conectarse


Publicar nuevo tema  Responder al tema 
Página 1 de 1
 
 
Hubo una vez un Concilio Vaticano II...
Autor Mensaje
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje Hubo una vez un Concilio Vaticano II... 
 
[i:3e0611764c]El texto que va abajo es de González Faus (jesuita español, teólogo, y teólogo no visto con buenos ojos por el magisterio), y fue publicado en el extra que sacó El País el 3 de abril del 2005 con motivo de la muerte de Juan Pablo II.

Pero si lo traigo aquí es porque, más allá de lo que diga sobre el papado de Juan pablo II (y con lo que unos estarán de acuerdo y otros no), me parece que CUENTA BASTANTE SOBRE EL ESPÍRITU (iba a poner "talante", pero dejemos eso para otras cosas jejeje) DEL CONCILIO VATICANO II. Y creo que eso puede ayudar a bastante gente de este foro que, por su edad, ni vivió el Concilio (yo de muy crío) ni los primeros tiempos del post conclilio. Y creo que esa gente, que sólo sabe del Vaticano II "de oídas", debe saber a qué nos referimos tantas gente cuando nos quejamos (con dolor) de qué no sabemos dónde ha quedado para buena parte de la Iglesia ese concilio.[/i:3e0611764c]

++++++++++++++++++++++++++++++++++++

[b:3e0611764c][size=24:3e0611764c]La obligación de recuperar el Vaticano II[/size:3e0611764c][/b:3e0611764c]

[b:3e0611764c]José Ignacio González Faus [/b:3e0611764c]– EL PAÍS 3 de abril de 2005

Cristianamente hablando, el juicio decisivo sobre cualquier persona sólo le toca a Dios. Pero cuando alguien ha marcado la historia, su obra queda sujeta al juicio de los hombres que han de seguir construyendo esa historia. Las líneas que siguen se refieren, pues, mucho más al pontificado que al Pontífice.

Sobre el difunto Karol Wojtyla cabe decir, de manera provisional, que tuvo una serie de rasgos positivos, otros claramente negativos, y varios puntos difíciles de comprender para una mentalidad occidental, los cuales provienen de su historia y su tradición oriental. Polonia ha sido un país políticamente maltratado y repartido, tanto por Rusia como por Europa, y el cristianismo fue en aquella situación una fuerza llamativa de resistencia y esperanza. Es preciso conocer las obras de Adam Mickiewicz (quizá el mayor poeta polaco) y el poema profético de Juliusz Slowacki, dedicado “[i:3e0611764c]al papa eslavo que vendrá algún día[/i:3e0611764c]”, para comprender cómo puede brotar de ahí una conciencia mesiánica, segura de su misión para con todo el mundo.

En cuanto al pontificado de Juan Pablo II, es sabido que, en muchos círculos eclesiales, ha sido calificado como involución, “[i:3e0611764c]invierno eclesial[/i:3e0611764c]” (K. Rahner) o “[i:3e0611764c]tiempos recios[/i:3e0611764c]” con la famosa expresión de Teresa de Ávila. En mi opinión personal, ello se debe a que este pontificado se caracterizó por una clara infidelidad al espíritu del Vaticano II, amparándose a veces en su letra y en la ambivalencia de algunos de sus textos que, buscando noblemente la mayor unanimidad, recurrieron a formulaciones a veces casi contradictorias.

Pero, a pesar de esa ambigüedad, tenemos una nítida descripción del espíritu del Vaticano II en las palabras de Pablo VI al clausurarlo: “[i:3e0611764c]La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio: una simpatía inmensa lo ha penetrado todo[/i:3e0611764c]”. Pues bien, a pesar del innegable don de gentes de K. Wojtyla, la llamada reconciliación entre la Iglesia y el mundo que, para muchos, caracterizó al Concilio, ha ido desapareciendo durante este pontificado. Una notable antipatía parece haberlo penetrado todo. Los historiadores precisarán si ello es debido al Papa o, como yo más bien creo, a su entorno: a esa Curia romana que ya durante el Vaticano II había dicho con sorna que “[i:3e0611764c]los obispos se van, pero la Curia se queda[/i:3e0611764c]”. Pero el dato de un recelo hosco resulta innegable.

Para ser honestos, hay que reconocer que ese enfrentamiento puede tener sus razones serias, no sólo por la sensación de descontrol que siguió inmediatamente al Concilio como el desbordarse de unas aguas reprimidas al romperse la presa, sino sobre todo porque el Vaticano II pecó de ingenuidad en su mirada al mundo. Su visión del mundo parece reducida al mundo rico, y olvidó que esta Tierra es la patria de los
mil holocaustos sobre la infancia, de barbaries como Irak o el terrorismo del hambre y la miseria; es la patria de la tortura más cruel y refinada, enseñada educadamente en la Escuela de las Américas; o el planeta del África saqueada y olvidada, o de la destrucción del ecosistema y mil formas ulteriores de barbarie...

Pero simpatía no significa aprobación, sino amor. Este mundo cruel es objeto del amor loco de Dios y ahí se resume la fe cristiana. Y el amor deseará mejorar al mundo (a eso aludía Pablo VI al hablar de la espiritualidad del samaritano), pero se niega a “bajarse de él” (aludiendo ahora a la amenaza del maestro Delibes cuando su entrada en la Real Academia: “Que paren la Tierra, quiero apearme”).

La misión de la Iglesia, tras el último pontificado, habrá de consistir, pues, en recuperar aquella “[i:3e0611764c]inmensa simpatía[/i:3e0611764c]”. Podemos afirmar que la eclesiología ofrecida por el Vaticano II marca pistas suficientes para ello. Tanto cuando habla de la Iglesia “hacia dentro” como de la Iglesia “hacia fuera”. Veámoslo en el poco espacio
que nos queda.

[b:3e0611764c]1. [/b:3e0611764c]Por lo que hace a su vida interna, el Vaticano II quiso pasar de la definición de la Iglesia como “sociedad perfecta” (al lado de la otra sociedad perfecta que era el Estado y, por tanto, haciendo casi inevitables las alianzas o los enfrentamientos), a la primitiva visión de la Iglesia como comunión. Ese carácter comunitario se debía reflejar sobre todo en dos rasgos: primero, en la primacía de la categoría de pueblo a la hora de definir el misterio de la Iglesia (pueblo de Dios que es un Dios de todos, en contraposición a otros pueblos que son pueblos de una lengua, una etnia, una cultura, una historia o una tierra determinadas y limitadas). Y luego, en la definición de la “colegialidad” como forma de ejercer la autoridad en la Iglesia: colegialidad no sólo entre Papa y obispos, sino en todas las iglesias locales.

Pues bien: la colegialidad fue prácticamente enterrada en el siguiente Código de Derecho Canónico promulgado en el pontificado pasado (aunque, eso sí, se le dio sepultura eclesiástica...). Y la categoría de “pueblo de Dios” ha sido devaluada por altos dignatarios de la Curia como un “reduccionismo sociológico” del misterio de la Iglesia. Sin comentarios.

2. Por lo que hace a su vida exterior, el Vaticano II entendía que, de una “Iglesia estructurada como comunión”, brotaba hacia fuera esa relación de “inmensa simpatía”: “[i:3e0611764c]la relación... y el diálogo entre la Iglesia y el mundo... tienen su fundamento en la dignidad de la persona humana, de la comunidad humana y en el sentido profundo de la actividad del hombre[/i:3e0611764c]” (GS 40). Por eso, una iglesia que intenta seriamente estructurarse en torno a la categoría de comunión, podrá ser una pequeña luz y una ayuda para lo mejor de todos los hombres, o una “[i:3e0611764c]señal de salvación[/i:3e0611764c]” para un mundo tan necesitado de ella. De ese significado, y no de una supuesta posesión exclusiva de Dios y de Su autoridad, habría de brotar la audiencia de la Iglesia ante el mundo (LG 1).

[b:3e0611764c]3.[/b:3e0611764c] Concretando lo anterior, esa simpatía se refleja en el modo como los diversos documentos conciliares abordan los temas que tratan. La Iglesia se reconoce como una parte del mundo, embarcada en la misma aventura que éste: “[i:3e0611764c]íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia[/i:3e0611764c]”. Por eso no quiere más que “[i:3e0611764c]ofrecer al género humano su sincera colaboración para lograr la fraternidad universal[/i:3e0611764c]”. Ni reclama la libertad religiosa para ella sola, porque esa libertad se funda en la dignidad de la persona humana y no en unos presuntos derechos exclusivos de la verdad; y “[i:3e0611764c]el hombre que yerra sigue conservando la dignidad de la persona[/i:3e0611764c]”, mientras que la verdad “[i:3e0611764c]no se impone de otra manera, sino por la fuerza de ella misma, que penetra suave y fuertemente en los espíritus[/i:3e0611764c]” (DH 2 y 1).

Desde aquí, la Iglesia “[i:3e0611764c]reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano[/i:3e0611764c]” y (en vez de buscar atribuirse paternidades sobre ellos), alaba a Dios por ellos, sobre todo por “[i:3e0611764c]el dinamismo de la época actual en la promoción de los derechos humanos (que brotan del Evangelio)... y en el proceso de una sana socialización civil y económica[/i:3e0611764c]”. Y ello aun cuando reconozca (con otros muchos seres humanos) “[i:3e0611764c]que el progreso tanto puede servir a la felicidad del hombre como convertir la actividad humana en instrumento de mal[/i:3e0611764c]”. Cree que “[i:3e0611764c]puede ofrecer una gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre y a su historia[/i:3e0611764c]”; pero reconoce también su insuficiencia a la hora de abordar algunas cuestiones: pide incluso a los fieles que “[i:3e0611764c]no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta a todas las cuestiones, aun graves, que surjan[/i:3e0611764c]”. Por eso agradece “[i:3e0611764c]de modo muy peculiar la ayuda que hombres de toda clase o condición, sean o no creyentes[/i:3e0611764c]”, pueden prestarle en ellas. Incluso reconoce que “[i:3e0611764c]le ha sido de mucho provecho y puede serle útil todavía la oposición y aún la persecución de sus contrarios[/i:3e0611764c]”. Y está dispuesta a renunciar “[i:3e0611764c]al ejercicio de ciertos derechos  legítimamente adquiridos, tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio[/i:3e0611764c]”. Porque lo que más le preocupa sería “[i:3e0611764c]parecerse a aquel rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro[/i:3e0611764c]”...

Según el Vaticano II, todas esas actitudes derivan de que “[i:3e0611764c]los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de todos los hombres, sobre todo de los más pobres, son gozos y dolores de la Iglesia[/i:3e0611764c]” (GS 1). Esa identificación es la que se ha perdido en el presente pontificado y la que habrá que recuperar en el futuro, si la Iglesia quiere no sólo encontrar su sitio en la sociedad moderna, sino, lo que es más importante, ser fiel a sí misma y a su Señor.

[b:3e0611764c]4.[/b:3e0611764c] Las tareas anteriores están explicitadas en la Constitución conciliar sobre “la Iglesia en el mundo”. Pero aún es posible enumerar nuevas tareas espigándolas de otros documentos conciliares: la Iglesia reconoció su culpa en la descristianización del mundo, porque confiesa que no siempre ha sabido presentar el verdadero rostro de Dios. Declaró que su autoridad no está por encima de la palabra de Dios, sino sometida a ella. Proclamó que “[i:3e0611764c]ella misma está permanentemente necesitada de una reforma perenne[/i:3e0611764c]”. Y para concluir, una frase del mensaje final que dirigió el Concilio a todos los hombres puede clausurar lo dicho, en paralelo con la “inmensa simpatía” que lo encabezaba: “[i:3e0611764c]La Iglesia no fue instituida para dominar, sino para servir[/i:3e0611764c]”.

Todos sabemos que del dicho al hecho suele haber un buen trecho. Pero si se recuerdan estos textos conciliares y se mira la trayectoria del pontificado que ahora concluye, hay razones para sospechar que ese trecho ha sido excesivo y que puede y debe acortarse. Ésa deberá ser la tarea de la Iglesia en la sociedad del siglo XXI, frente a todo “eclesiocentrismo” o autismo eclesial, y para que no parezca que cuando, tras el Vaticano II, deberíamos habernos puesto a caminar hacia el Vaticano III, hemos retrocedido al Vaticano I.

5. Esta tarea puede reformularse otra vez, a nivel orante, con lo que piden algunas oraciones presentes en la reformada “liturgia de las horas”: “[i:3e0611764c]Tú que has querido que los hombres, trabajando unos con otros, alcancemos éxitos cada vez mejor logrados, ayúdanos a vivir, en medio de nuestros trabajos, sintiéndonos siempre hijos tuyos y hermanos de todos los hombres[/i:3e0611764c]”... “[i:3e0611764c]Ayúdanos a ser siempre, en medio de nuestros hermanos, fermento de unidad y de paz[/i:3e0611764c]”... “para que demos siempre fiel testimonio ante los hombres de aquel amor[i:3e0611764c] que es el distintivo de los discípulos de tu Hijo[/i:3e0611764c]”. O con lo que la misma Iglesia pide en una de sus plegarias eucarísticas: “[i:3e0611764c]Que tu Iglesia sea siempre un lugar de verdad y de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando[/i:3e0611764c]”.

También puede reformularse lo dicho, de manera más poética, con los versos del obispo Casaldáliga:

“[i:3e0611764c]Yo, pecador y obispo, me confieso / de soñar con la Iglesia / vestida solamente de Evangelio y sandalias[/i:3e0611764c]”.

Vestirse de Evangelio implica para el futuro dar más espacio y concreción en la vida eclesial a la intuición wojtyliana de la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia: que “[i:3e0611764c]la Iglesia debe estar presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre[/i:3e0611764c]”. Debe estar “[i:3e0611764c]comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio y la verificación de su fidelidad a Cristo[/i:3e0611764c]” (LE 8 ), aunque esto le supondrá conflictos con los grandes de la Tierra.

Las sandalias parecen evocar la necesidad de ejercer la autoridad de una manera menos idolátrica y más evangélica que, en este caso, será también más moderna.

[b:3e0611764c]NOTA.[/b:3e0611764c] Las siglas de las citas remiten a los siguientes documentos del Vaticano II y de Juan Pablo II:

[b:3e0611764c]LE[/b:3e0611764c]: Encíclica de Juan Pablo II sobre el trabajo humano y otros problemas sociales (Laborem Excercens, El Ejercicio del Trabajo).
[b:3e0611764c]LG[/b:3e0611764c]: Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia (Lumen Gentium, en sus primeras palabras latinas, Luz de las Gentes).
[b:3e0611764c]GS[/b:3e0611764c]: Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et Spes, Gozos y Esperanzas).
[b:3e0611764c]DH[/b:3e0611764c]: Decreto sobre la libertad religiosa (Dignitatis Humanae, Dignidad Humana)
 




____________
Al menos, no dejó de intentarlo.
 
Última edición por Pablo G. el Sábado, 16 Abril 2005, 16:20; editado 1 vez 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Oye, PabloG, que muchas gracias por el texto, porque em ha encantado leerlo. No sé cómoe xplicarlo, es que al leerlo como que me sonaba bien, que no me sonaba a una bronca ni a una regañiza. Si todo el Concilio vaticano II es así tiene que ser una gozada. Es eso de la "simpatía", de no ponerse a echarle broncas al mundo, sino de ponerse con los demás a intentar que esto vaya mejor. me ha encantado lo de que todos e basa en entender que Dios ama a este mundo con locura, a veces parece que eso se les olvida a muchos obispos cuando les oyes o les lees (en lo que se puede leer a los obispos jjjjjejeeee).

Eso, que no me sé explicar, pero que al ir leyendo todas esas frases del concilio como que me hacían respirar, como que me ensanchaban el pecho. Habría que oir más cosas de ese estilo hoy.
 




____________
[b:623d48ad8e]- Una trinchera, ¿frente a qué?
- Frente a tanto cuento. Y tanta mierda"[/b:623d48ad8e]
([i:623d48ad8e]La piel del tambor[/i:623d48ad8e] de A. Pérez-Reverte)
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Oye, PabloG, que muchas gracias por el texto, porque me ha encantado leerlo. No sé cómoe xplicarlo, es que al leerlo como que me sonaba bien, que no me sonaba a una bronca ni a una regañiza. Si todo el Concilio vaticano II es así tiene que ser una gozada. Es eso de la "simpatía", de no ponerse a echarle broncas al mundo, sino de ponerse con los demás a intentar que esto vaya mejor. me ha encantado lo de que todos e basa en entender que Dios ama a este mundo con locura, a veces parece que eso se les olvida a muchos obispos cuando les oyes o les lees (en lo que se puede leer a los obispos jjjjjejeeee).

Eso, que no me sé explicar, pero que al ir leyendo todas esas frases del concilio como que me hacían respirar, como que me ensanchaban el pecho. Habría que oir más cosas de ese estilo hoy.
 




____________
[b:623d48ad8e]- Una trinchera, ¿frente a qué?
- Frente a tanto cuento. Y tanta mierda"[/b:623d48ad8e]
([i:623d48ad8e]La piel del tambor[/i:623d48ad8e] de A. Pérez-Reverte)
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Lo que yo no acabo de entender es por qué echarse atras del Concilio. ¿Qué gana la iglesia volviendose atrás? ¿No se da cuenta de que va perdiendo gente y que con lo que se iba haciendo en el concilio podía haber jaleos pero se estaba más cerca de lo que quería Jesús?

Es que a veces parece que a algunos les importe un pito si se sigue el evangelio o no y que solo les interese tener mas poder o mas lo que sea. ¿Por qué no seguir con el Concilio? Me han contado (que yo de esto no se) que una idea clave en el Concilo fue el AGGIORNAMENTO (esta palabra me la han escrito jajajaja), o sea el rejuvenecerse, el poner al dia a la Iglesia. Y supongo que eso es lo que teniamos que intentar todos: ver comoe stan las cosas y ponernos a intentar vivir el evangelio en ellas.

Pues no, parece que a algunos solo les interesa seguir con su poder o con yo que se.

Y lo que digo, que no entiendo por que no seguir con el Concilio.
 




____________
Si eres capaz de imaginarlo, eres capaz de hacerlo (Richard Bach).
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Yo tampoco lo entiendo Ahimsa. Pero conozco gente del opus y no los entiendo tampoco. Y gente de kikos (o como se escriba jjjjejjeeeee) y tampoco les entiendo. Y gente de comunión y liberación y tampoco los entiendo (a estos menos que a ninguno).

Y a la gente que conozco y entiendo, resulta que estan mal vistos por el obsipo o no se les tiene en cuenta o yte dicen que son teologos que no debes leer.

Pos vale jjjjjejjeeeee
 




____________
[b:623d48ad8e]- Una trinchera, ¿frente a qué?
- Frente a tanto cuento. Y tanta mierda"[/b:623d48ad8e]
([i:623d48ad8e]La piel del tambor[/i:623d48ad8e] de A. Pérez-Reverte)
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
[b:2bec21b99b]El sacerdote Enrique de Castro asegura que "no hay nada escrito en el
Evangelio que prohíba el matrimonio homosexual" [/b:2bec21b99b]

[u:2bec21b99b]De Castro denuncia en su último libro "la manipulación que la Iglesia
ha ejercido sobre el Evangelio" [/u:2bec21b99b]

[size=10:2bec21b99b]SEVILLA, 12 (EUROPA PRESS)[/size:2bec21b99b]

El sacerdote Enrique de Castro (Madrid, 1943), licenciado en
Filosofía y Teología y que lleva 35 años ejerciendo su labor pastoral
en el madrileño barrio de Vallecas, aseguró que "no hay nada en el
Evangelio que prohíba el matrimonio entre homosexuales" y rechazó "la
idea de los sacerdotes que consideran contra natura las relaciones
mantenidas entre personas del mismo sexo".

En declaraciones a Europa Press, De Castro señaló que en 'La fe y
la estafa' (Ediciones Quilombo), último libro de la trilogía formada
por '¿Hay que colgarlos?' y 'Dios es ateo', denuncia "la manipulación
que la Iglesia ha ejercido sobre el mensaje evangélico". De este
modo, expuso que "el ser humano debe recuperar la fe que esa parte
del sacerdocio, institucionalizado y revestido de poder, le ha
quitado".

El autor, que actualmente trabaja con jóvenes y amplios grupos de
marginados en la parroquia del Pozo del Tío Raimundo, explicó que el
libro, que se presentará el próximo 17 de enero en la Fundación
Caballero Bonald, ofrece una "traducción política" del Evangelio, que
"desmitifica la lectura evangélica aportada por la Iglesia desde que,
a finales del siglo IV, se inmiscuyera en el poder".

A la Iglesia, según De Castro, "le ha ocurrido lo mismo que le
ocurrió al movimiento obrero al crearse los sindicatos". Así, explicó
que "las reivindicaciones obreras perdieron sus principios cuando los
sindicatos, ya consolidados, acudieron al poder" y aseguró que "esa
lección" la aprendió en los años 70, durante los cuales trabajó
conjuntamente con comunistas, con izquierda socialista y libertarios,
en Vallecas.

De este modo, el autor indicó que las tres publicaciones nacen de
las vivencias acaecidas desde que abrió la parroquia a chavales de la
calle. A este respecto, agregó que "en los años 80 llamaron a su
puerta, pidiendo ayuda, jóvenes que habían caído en la trampa de la
heroína, la cual, puesta en la calle por el poder, pretendía
desestructurar sus cabezas, para que remitieran las
reivindicaciones".

El libro, según De Castro, es "un grito desgarrado frente la
mentira" que nace desde su propia experiencia no sólo como sacerdote,
sino como "luchador contra la injusticia". En esta misma línea,
matizó que el lector está ante una obra que, aunque "nada literaria",
transmite un mensaje "muy importante".


"LA IGLESIA HA CAMBIADO EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA FE"

En cuanto a ese mensaje "importante", el autor destacó que "la
Iglesia no sólo ha manipulado la información, sino que la ha ocultado
y silenciado para cambiar el verdadero significado de la fe". En este
sentido, explicó que "Jesús no luchó contra el poder para adquirirlo
y ejercerlo, sino para ridiculizarlo".

Con respecto a las dos palabras "claves" del título del libro --Fe
y estafa-- De Castro explicó que "Fe, refleja la necesidad que el ser
humano tiene de recuperar las creencias que le han quitado los
sacerdotes". Por el contrario, "la estafa representa la ocultación de
todas aquellas contradicciones que hay en la Biblia y las cuales, el
sacerdocio revestido de poder, ha interpretado en su propio
beneficio".

Así, De Castro, que desde la coordinación de Barrios de madrid ha
llevado a cabo múltiples denuncias y acciones comunicativas acerca de
la realidad social de los niños y jóvenes con problemas, declaró a
Europa Press que "es entrañable cuando el Papa se asoma al balcón del
Vaticano y pide que se abran las puertas a los sintechos". Sin
embargo, De Castro denunció que "lo que tendría que hacer el Papa es
abrir él mismo las puertas del Vaticano, que es un palacio muy grande
con cabida para muchos desamparados".

Por otra parte, el autor, que promueve la mezcla de religiones en
su parroquia, señaló que "la tolerancia entre culturas se adquiere a
través de la convivencia" e indicó que "las religiones no son las que
separan a los hombres, sino que lo que realmente distancia a las
distintas culturas son los poderes".

Finalmente, De Castro, que se mostró "optimista" ante las
posibilidades existentes en España para encontrar alternativas
sociales de progreso, aseguró que la "primogénita alternativa para
conseguirlo es la solidaridad".

[size=11:2bec21b99b]12-Ene-2005 (EUROPA PRESS)[/size:2bec21b99b]



[size=11:2bec21b99b][u:2bec21b99b]Publicado en enero de 2005 (foro de losgenoveses.net)[/u:2bec21b99b]: los curas de mi barrio no son de esos...[/size:2bec21b99b]
 



 
 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
[b:71417e7448][size=18:71417e7448]Nuevo proceso conciliar[/size:71417e7448]          
Don Demètrio Valentini. Obispo de Jales, SP. Brasil[/b:71417e7448]

[i:71417e7448]El siguiente texto forma parte de la ponencia que el autor expuso en la Conferencia 2003 sobre el Cristianismo en América Latina y el Caribe, celebrada en Sâo Paulo (Brasil) del 28 de julio al 1 de agosto de 2003, en la que participaron más de 750 personas, entre católicos, baptistas, presbiterianos, luteranos, etc.[/i:71417e7448]

Hoy muchos se preguntan si no sería la ocasión de convocar un nuevo Concilio Ecuménico, dada la suma de problemas que pesan hoy sobre el avance de la Iglesia, en la compleja realidad que marca este inicio de nuevo milenio.

Razones para un nuevo concilio no faltarían. Comenzando por el hecho de que algunas cuestiones, ya pendientes 40 años atrás, fueron obstaculizadas para ser siquiera discutidas por el Concilio, como fue el caso del celibato presbiteral, cuya discusión conciliar el Papa Juan XXIII tomó la iniciativa de prohibir, ciertamente por estrategia que en la ocasión tenía su razón de ser.

Otras cuestiones son posteriores al Concilio y tienen hoy un peso mayor en la problemática eclesial, como es, por ejemplo el vasto campo de la inculturación de la fe, que en la época del Concilio no había emergido aún en la conciencia de la Iglesia.

Otra que apareció posteriormente y que hoy asume una dimensión eclesial mucho más significativa es la que concierne a la mujer en la Iglesia y en la sociedad.

Por tanto no faltarían asuntos para un nuevo Concilio Ecuménico.

Sucede que no basta con hacer un Concilio. La dimensión de “conciliariedad” necesita encontrar formas más permanentes de realizarse, no sólo como práctica excepcional y esporádica.

A medida que fortalecemos la participación y la circulación de reflexiones, de intercambio de experiencias y de conocimiento mutuo de los avances que se hacen en las diversas iglesias particulares, se va fortaleciendo la dimensión participativa, que encuentra, claro, en el “concilio” su expresión más solemne, más amplia y más decisiva.

Los primeros debates e iniciativas en torno a la propuesta de un nuevo Concilio Ecuménico, en principio muy válidos ya por la libertad que debe existir en la Iglesia y por la apertura de iniciativas que se revisten de pertinencia y seriedad, están demostrando que la cuestión es más amplia.

En primer lugar un nuevo “concilio” necesita ser también un “concilio nuevo” en la manera de realizarse, sobre todo por las nuevas posibilidades de participación que hoy nos posibilita la realidad de la comunicación electrónica. Basta pensar, por ejemplo, que en el tiempo del Vaticano II no existía el ordenador y todas las enmiendas y votaciones tenían que ser redactadas a mano y pasadas después a máquina para ser distribuidas a todos los obispos.

Es verdad que no es la técnica la que realiza un concilio; de hecho, ella puede hasta enturbiar la percepción de las auténticas demandas que los pobres podrían llevar a un Concilio.

Con todo, es evidente que hacer hoy un concilio ecuménico es una tarea desafiante, que coloca en primer lugar la urgencia de abrir camino para acoger la avalancha de participaciones auténticas que los nuevos sujetos eclesiales, con razón , tratarían de hacer llegar al concilio.

Tanto más válido es que, cuanto antes, se desencadene un proceso conciliar que abra perspectivas seguras; que, al mismo tiempo, estimule la participación de todos, e indique caminos adecuados para que esa participación pueda converger, con armonía y eficacia, hacia el amplio estuario de las cuestiones centrales que la Iglesia precisa  ponderar hoy con atención especial.

[i:71417e7448]Distribuido por ProConcil: http://www.proconcil.org/[/i:71417e7448]
 




____________
Al menos, no dejó de intentarlo.
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Como lo "conciliar" no empiece por abajo, por las parroquias y grupos, me parece a mí que por arriba cada vez va a ir a menos todo lo que signifique "entre todos", "todos iguales" y demás.
 




____________
Si eres capaz de imaginarlo, eres capaz de hacerlo (Richard Bach).
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
[b:7a078e012b]06.12.05  
[size=18:7a078e012b]A los 40 años de Vaticano II[/size:7a078e012b]
EVARISTO VILLAR, teólogo. Madrid.[/b:7a078e012b]

[i:7a078e012b]Desde los sectores más renovadores del catolicismo frecuentemente se siguen haciendo grandes elogios de un Concilio -el Vaticano II- que se clausuró hace ahora justamente 40 años (08/12/1965). Y no sin razón, porque, aunque estos eventos, organizados por las instituciones generalmente desde arriba, suelen ser antes un punto de llegada que de partida, el Concilio Vaticano II, como es sabido, rebasó en muchos aspectos esta norma. En este sentido, tanto como punto de llegada (final de la Contrarreforma), o como punto de partida ("aggiornamento" de la Iglesia y encuentro con la modernidad) el Vaticano II seguirá siendo para los cristianos (y no sólo para ellos) un referente de enorme interés. [/i:7a078e012b]

Para enfocar bien este asunto deberíamos recordar someramente la necesidad de reforma con que la Iglesia católica llega a la segunda mitad del siglo XX. Lastrada por el peso de una tradición secular que la asfixia y paraliza, pero removida interiormente, a su vez, por la presencia soterrada de un impulso renovador que pugnaba por salir a flote, la Iglesia está atravesando esa tensa calma que suele preceder a momentos de gran agitación. En esta situación se reproduce en ella el habitual conflicto que surge siempre entre el inmovilismo del poder que se asienta sobre posiciones doctrinales bien amarradas y los movimientos renovadores que, en contacto con otras realidades, pugnan por cambiar la situación. El conflicto aflora ahora en la Iglesia cuando el mejor conocimiento de sus fuentes (la Sagrada Escritura y la Patrística) y el mayor contacto con el mundo real hacen ya inviables la forma y estilo que se habían venido imponiendo durante siglos. La contrarreforma (o respuesta católica a la reforma luterana del siglo XVI), que se había mantenido sobre las investidas de la Ilustración (s. XVIII) y del modernismo (s. XIX), se desmorona ahora como un castillo de naipes ante los incontenibles avances socioculturales y científicos de la segunda mitad del siglo XX. Desde todos sus ángulos se está necesitando otra forma de Iglesia que acoja y ampare su dinamismo interno y proyecte otro modo de presencia cristiana en el mundo.

En este contexto, fue providencial la llegada del Papa Roncali, Juan XXIII, que, recogiendo fielmente las aspiraciones del momento, decidió "abrir las ventanas de la Iglesia para respirar aire fresco". Y, ante la sorpresa general, anunció la convocatoria de un Concilio (25-01.59) para responder a la pregunta "Iglesia de Dios, ¿qué dices de ti misma?", y, también, para redefinir su misión en el mundo. Una misión que luego, durante el desarrollo del Concilio, se fue perfilando como presencia cristiana entre los gozos y angustias de la humanidad, singularmente entre los más pobres y excluidos (Gaudium et Spes 1).

No es este el lugar para hacer un pormenorizado balance de los resultados de este empeño. Pero es justo reconocer que, si las tres grandes apuestas del Vaticano II (la reforma interna de la Iglesia, la unión de las Iglesias cristianas y la presencia "profética" en la mundo) no han llegado a producir el fruto que se esperaba, su mayor responsabilidad no habría que echarla sobre el aula conciliar donde se encubaron, sino sobre la aplicación que se ha hecho de las mismas en el posconcilio. Precisamente, del espíritu que reinó en el aula conciliar afirmó Pablo VI, al clausurar el concilio (el 8 de diciembre de 1965), que "aquella antigua historia del buen samaritano había sido el ejemplo y la norma, según la cual se ha regido la espiritualidad de nuestro concilio". Y, sobre la aplicación que de todo esto se ha hecho en el posconcilio, para nadie es hoy ninguna novedad afirmar que ha estado marcada por la involución y un restauracionismo, que se ha pretendido reimplantar nuevamente la contrarreforma y época de la cristiandad.

Pero no haríamos honor a la verdad si no dijéramos, después de todo esto, que esas mismas voces, que no han escatimado elogios al decisivo impulso que el Vaticano II dio a las grandes transformaciones sociopolíticas, culturales y religiosas del pasado siglo, reconocen ahora, ante los retos que el nuevo milenio nos está planteando (y no sólo a los cristianos, sino también al resto de las confesiones religiosas y a la misma conciencia humana), sus lagunas o insuficiencias. Pues, si es cierto que los cambios en nuestra época se suceden en forma vertiginosa, no parece menos cierto que hoy, más que a una época de muchos cambios, a lo que estamos asistiendo es a un "cambio de época". Y esto nos pilla, en cierto modo, desprevenidos. Porque éste "cambio epocal" no sólo nos enfrenta a problemas cuantitativamente numerosos, sino, a situaciones que, en gran medida, son cualitativamente diferentes, nuevas.

En este sentido, no le podemos exigir al vaticano II lo que él no puede dar. Surgido en una época aun no globalizada (por lo que a nosotros toca, en plena vigencia del "nacional-catolicismo"), ni las preocupaciones, ni los objetivos, ni los medios con que contaba podrían haber elaborado respuestas adecuadas a las nuevas situaciones. Su mejor aportación -amén de su proyección de una nueva imagen de Iglesia- es sin duda su decidida apuesta por la presencia pública de la Iglesia, y de forma "samaritana", en el mundo y su voluntad de colaborar con todas las instancias, y con talante inclusivo y renovador, en la difícil solución de los grandes problemas que aquejan a la humanidad. En consecuencia, para los nuevos desafíos de hoy estamos necesitando nuevas respuestas que sólo como inspiración podemos recoger del Vaticano II. Me voy a referir sólo a los dos retos que considero de mayor calado. (Para muchos autores no se trata de dos problemas enteramente nuevos, sus raíces vienen de lejos y ya existían, en forma larbada, durante la época del Concilio. Pero éste no pudo abordarlos. Por esta razón se piensa que el Concilio llegó insuficientemente y tarde a la cita con la historia: llegó a la modernidad cuando ya el mundo (occidental) estaba transitando las vías de la postmodernidad.

En primer lugar, el reto que supone para la conciencia humana la existencia de inmensas masas de pobres que la globalización de la economía neoliberal ha dejado al descubierto. A esta nueva situación hemos llegado como final desafortunado de la "guerra fría" o guerra de confrontación geopolítica entre los dos grandes sistemas del momento, el capitalismo y el socialismo. Con el triunfo inapelable del primero, cuyo símbolo podemos advertir en "la caída del muro de Berlín" (1989), se impone un único sistema económico (¿y político?), no social, el "sistema mundo" que ha clausurado el "ciclo de emancipaciones nacionales" que venían defendiendo su supervivencia y libertad en décadas anteriores (singularmente en Centroamérica y el Caribe). Ahora todo ha quedado bajo la hegemonía inapelable de un mercado controlado por los grandes intereses del capital. Un mercado que excluye, por principio, a todos y a todas los que no tienen nada que mercar. Es decir, esa "inmensa masa de pobres" que malviven entre la resignación, la desesperación y la ilusión de alcanzar algún día ese mínimo de bienestar que hoy día el sistema -que protege nuestra comodidad- les está negando.

Pues bien, para abordar esta nueva situación, que afecta a las tres cuartas partes de la humanidad, no se pueden encontrar recetas en el Vaticano II. (Y esto a pesar de su gran Constitución Gaudium et Spes, uno de los documentos, de inspiración religiosa, más brillantes de pasado siglo). Tampoco la Teología de la Liberación, que se desarrolló a partir de la década de los 70 en América Latina, directamente inspirada en el mismo Vaticano II, puede, desde su ámbito eminentemente sectorial, ofrecer respuestas adecuadas a este magno problema de la entera humanidad.

El otro botón de muestra es la presencia en escena de las muchas religiones, o del pluralismo religioso. Aunque las religiones ya estaban ahí, algunas desde hace milenios, su epifanía en el horizonte actual es un fenómeno nuevo, no enteramente desvinculado de las masas de pobres que señalábamos en el punto anterior. Porque, si el sistema mundo nos ha puesto ante los ojos las masas de pobres que existen en el planeta, estos mismos pobres nos han descubierto las muchas religiones que existen en el mundo. Porque a nadie se le escapa que es entre los pobres donde las religiones tienen mayor audiencia. Y, a su vez, que son las religiones, todas las religiones, las instituciones que, por regla general, muestran mayor "preferencia" hacia los pobres y los que sufren. De este modo, los muchos pobres, dejados a la intemperie por la globalización neoliberal, han puesto de manifiesto, a su vez, las muchas religiones. (Y no entramos ahora a verificar si las religiones empujan a los pobres a liberarse de su situación, a la construcción de un mundo otro -como axioma cristiano desarrollado por la Teología de la Liberación-, o, más bien, los están llevando a la resignación y a la pasividad, lo que las convertiría en verdadero "opio del pueblo", como ya denunció Marx).

Pues bien, siendo honestos, tampoco este magno problema de relación de la Iglesia católica con el pluralismo religioso se puede resolver hoy desde las aportaciones del vaticano II. Sus máximas apuestas, en este terreno, fueron por el ecumenismo (constitución Unitatis redintegratio), que clama por la unidad de las iglesias cristianas, pero manteniendo la primacía de la Iglesia católica sobre el resto de las "iglesias hermanas"; y por el inclusivismo que refleja el decreto Nostra aetate sobre la relación con las religiones no cristianas. En definitiva, este nuevo fenómeno "del pluralismo religioso", que pone en cuestión el monolitismo cristiano, exige un nuevo tratamiento que establezca unos mínimos éticos desde donde abordar entre todas las religiones el compromiso con la justicia en el mundo y la defensa de los derechos humanos y ecológicos.

Termino. ¿Un nuevo concilio ante los nuevos retos? Siempre será mejor abordar directamente los problemas que resbalar sobre los mismos o dejarlos pudrir indefinidamente. La historia no asumida vuelve siempre reivindicando sus derechos. Pero los problemas señalados anteriormente son de tal magnitud que parecen superar la misma capacidad de la Iglesia católica para abordarlos en solitario. Tanto más cuanto que la actual situación por la que está atravesando ella misma (con una práctica de la democracia interna y un respeto a los derechos humanos discutible y discutido) no parece ofrecer garantías suficientes para enfrentarlos con un mínimo de objetividad y realismo en un nuevo concilio. En este sentido, es loable el esfuerzo que están desplegando algunos colectivos católicos (entre ellos Proconcil) para reclamar "un proceso conciliar participativo y corresponsable" en la Iglesia católica. Pero los desafíos parecen tan urgentes y desmesurados que van a exigir la colaboración de todas las religiones y de toda conciencia humana para resolverlos.

No tenemos, es verdad, ninguna solución mágica para responder a sus demandas. Pero si -mientras vamos rastreando entre todos el camino más práctico y realista- se nos fuera permitido soñar, yo soñaría con un escueto parlamento de todas las religiones del mundo dirigiendo a la humanidad una breve carta como esta:

"Querida humanidad: Estamos teniendo noticia de que nuestros fieles se están implicando conjuntamente y con los pobres en la defensa de la justicia que maltrata el capitalismo neoliberal. Y esto nos agrada porque nos parece el mejor camino para establecer la paz. Por otra parte, sabemos también que estos mismos fieles se están imponiendo el máximo respeto a los derechos humanos en el interior de cada una de las instituciones a que pertenecen. Y esto nos vuelve a llenar de satisfacción porque entendemos que, por vía de ejemplaridad, puede ser otro camino que atraiga al resto de las instituciones humanas al reconocimiento de la dignidad e igualdad de los hombres y mujeres que poblamos actualmente el planeta. Nosotros, como portavoces oficiales de todas las religiones del mundo, te anunciamos estas buenas noticias que creemos inspiradas por el mismo Dios. Enhorabuena"… Pero, claro, esto es sólo un sueño. ¡Qué lástima!

[i:7a078e012b]( http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=20245 )[/i:7a078e012b]
 




____________
[b:623d48ad8e]- Una trinchera, ¿frente a qué?
- Frente a tanto cuento. Y tanta mierda"[/b:623d48ad8e]
([i:623d48ad8e]La piel del tambor[/i:623d48ad8e] de A. Pérez-Reverte)
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Me ha gustado esto de Evaristo Villar.

Poco a poco voy sabiendo y entendiendo mejor el Vaticano II.
 




____________
Si eres capaz de imaginarlo, eres capaz de hacerlo (Richard Bach).
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Quizá lo que está haciendo falta es un Vaticano III pero ya.
Eso sí montado tal y como hay que montarlo en una comunidad. Tal como está ahora el poder sería chungo.
 




____________
Somos como esos viejos árboles...
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
O a lo mejor no hace falta un Concilio universal. A lo mejor es "suficiente" con una iglesia más descentralizada, donde los sínodos regionales tengan verdadero peso
 




____________
Al menos, no dejó de intentarlo.
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Es la pescadilla que se muerde la cola: ¿un concilio para crear mayor colegialidad o crear más colegialidad para que sea posible un concilio?

Tienes toda la razón en lo que dices, Pablo G. La solución: desde abajo, como siempre
 




____________
Somos como esos viejos árboles...
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Responder citando Descargar mensaje 
Mensaje  
 
Lo de la pescadilla es muy cierto Roble, y muy triste. Ahí está una cosa que en teoría está bien y que a la hora de la verdad se la han cargado: el Sínodo de Madrid.
 




____________
Si eres capaz de imaginarlo, eres capaz de hacerlo (Richard Bach).
 
Ver perfil del usuarioEnviar mensaje privado 
Volver arribaPágina inferior
Mostrar mensajes anteriores:   
 

Publicar nuevo tema  Responder al tema  Página 1 de 1
 




 
Lista de permisos
No puede crear mensajes
No puede responder temas
No puede editar sus mensajes
No puede borrar sus mensajes
No puede votar en encuestas
No puede adjuntar archivos
No puede descargar archivos
Puede publicar eventos en el calendario