Nota del Equipo de PAZ Y JUSTICIA: Este tema pertenece al foro del portal Sínodo-e (antecesor lejano de esta web), y que actualmente está temporalmente clausurado. Por respeto a aquellos usuarios, reproducimos aquí sus intervenciones anotando la fecha original y, si hace falta, el usuario. Evidentemente, cualquiera puede seguir el diálogo de estos temas.
La igualdad de género, en todos los ámbitos, es uno de los retos pendientes en nuestra sociedad y requiere nuestra atención, dedicación y apoyo a nivel individual y colectivo.
Conocer la posición de partida y el punto al que queremos llegar son aspectos esenciales porque permiten establecer el rumbo, la dirección que debemos llevar para alcanzar el objetivo. Este es un primer paso importante y necesario, pero no suficiente. De poco sirve tomar conciencia de que debemos ir a un sitio si no cogemos el tren adecuado y, aun así, si el tren no dispone del motor necesario para avanzar con la velocidad y la dirección deseada, venciendo otras fuerzas e inercias que actúan como freno.
No cabe ninguna duda de que la Iglesia, en fidelidad a la parte de su doctrina más enraizada en lo esencial del Evangelio, debería actuar como un potente motor, sin marcha atrás, en este largo viaje de la humanidad hacia la igualdad de género... pero ¿cómo actúa la institución de la Iglesia en la conquista de esta igualdad de género?... ¿actúa como motor o como freno?...
La Iglesia afirma que todos los cristianos tenemos la misma dignidad, la misma gracia de hijos y la misma vocación a la perfección sin distinción de raza, sexo y condición; la Iglesia se pronuncia con claridad a favor de los derechos humanos y de la igualdad de la mujer en la sociedad; la Iglesia nos ha ayudando a sensibilizarnos y a tomar conciencia sobre el necesario cambio de rumbo que debemos adoptar en esta cuestión ...
Sin embargo, la institución de la Iglesia parece actuar en sentido contrario en su propia organización, manifestando, con un dictamen ‘definitivo’, que la mujer está excluida del Sacramento del Orden, sin que transcienda ningún razonamiento enraizado en la esencia del Evangelio que nos ayude a comprender esta incoherencia, silenciando y descalificando las voces, contrarias a esta norma de la Iglesia, que surgen desde algunos cristianos (en, al menos, algún Sínodo, Corriente, Congregación religiosa, Grupos de Sacerdotes, Grupos de Cristianos de Base, etc...) que - a pesar de que solamente se quiera contar con ellos en el mes de mayo, para poner una cruz en determinada casilla de la declaración de la renta -, afortunadamente, asumen su responsabilidad, no callan y dicen lo que piensan.
La pregunta que hacía unas líneas más arriba parece oportuna porque, más allá de la necesaria defensa de la dignidad de la mujer en todos los ámbitos, subyace una cuestión de credibilidad que podría estar afectando negativamente a la misión de la Iglesia... En este sentido, una vez más, me parecen acertadísimas las palabras del Evangelio de este domingo (Mt 23,1-12) ‘... haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen... el que se humilla será enaltecido.’
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Un aprendiz de cristiano (03/11/2002)












