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Para hablar de la Iglesia de Jesús: Comunidad Servidora
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Mensaje Para hablar de la Iglesia de Jesús: Comunidad Servidora 
 
Cabemos todos      
EUSEBIO LOSADA 'UXE'
SACERDOTE, MIEMBRO DEL FORO KRISTAU SAREA
Publicado en El Correo Digital. Domingo 9 de Julio de 2006

Muchos que la ven desde fuera la perciben como una fortaleza; férrea e inamovible, lejana a sus vidas pero presente e inquietante; mirada indiferente la de bastantes; dejada por imposible por otros; objeto de ataques y monumento pétreo del pasado para no pocos. Desde dentro y desde fuera se dice de ella que está fragmentada, que no hay manera de superar la discordia, el desencuentro.

Y, sin embargo, si la Iglesia es Comunidad de Jesús lo es en virtud de ser hogar, no como el viejo caserón de una desconfiada madrastra, sino como la casa de una hermana y compañera. Su mensaje tiene tanta fuerza que no necesita muros de recia piedra, que son trincheras frente al temor y al miedo. En la trinchera se vive agarrotado y a la defensiva o pensando estrategias de ataque ante enemigos reales o fantasmas hijos de ese miedo insano. El Espíritu de su Señor precisa de aire libre, de mesa abierta, de acogida en igualdad y fraternidad, de conversación de sobremesa, de rostros con nombre y color diverso y plural. Es el calor del hogar, la casa de todos los que le buscan y de los que tienen sed de conversar a solas y en grupo con el papá de Jesús, el Padre que es también Madre, el que no pone condiciones al amor porque se da todo por entero.

Su Señor no se sentía cómodo con el Templo; sus relaciones con él fueron progresivamente más conflictivas; la 'casa de su Padre' se había convertido en otra cosa, representaba una caricatura donde se deformaba su rostro, cada peldaño era una frontera amasada de rituales formales y vacíos, cada rincón una instancia de poder, cada losa un fardo insoportable de normas y doctrinas. Ya no podía ver la mejilla de su Padre en ese 'santa santorum'. Sentía sus caricias en el desierto, en las plazas, entre las gentes, en el corazón de los últimos, de los desterrados y excluidos por aquel sistema político-religioso, compartiendo mesa y viandas en la casa de un amigo, pobre o rico, en la cima de un monte y al lado del arrullo de la corriente de un río, a la sombra de un frondoso olivo y bajo la escuálida higuera seca. La casa de Dios es la casa de los amigos, donde el amor es gratuito, donde huele al sudor del trabajo y al perfume que extienden manos comprensivas, donde no hace falta el ayuno de alimentos y sí el del egoísmo y la hipocresía.

"¿Qué habéis hecho de la casa de mi Padre?" ¿No lo diría también hoy Jesús al vernos, al darse cuenta de nuestras divisiones, de nuestra falta de escucha sin prejuicios, de una comunicación tan deficiente que parece un diálogo de sordos? ¿Cómo es posible que hayamos llegado a una situación en la que unos católicos veamos a otros como peligro, como amenaza? ¿Cómo puede ser que estemos sufriendo desde los diversos lados, unos a causa de los otros? "Vosotros tenéis que ser uno, como mi Padre y yo somos uno". ¿Es que es posible la unidad a base de apretar tuercas para ser y pensar de la misma y única forma?

Cuanta más uniformidad hay, menos unidad se respira, porque se ahoga la pluralidad, el respeto y la tolerancia; se ahoga la libertad. La pluralidad reconocida y respetada es signo de unidad. Cuando en una casa se excluye no es un hogar para todos; Dios no se encuentra a gusto ahí, se siente apresado. Yendo al fondo, para nosotros, los creyentes, la exclusión del otro representa un fracaso de la fe, porque creer es cuestión de confianza, que es lo contrario de estar dominados por el miedo (el gran pecado, según el Evangelio). Cuando excluimos lo hacemos por temor a la diferencia y a los diferentes, que hacen tambalear nuestras falsas seguridades. ¿Dónde el amor? ¿Dónde las entrañas de misericordia? ¿Dónde el reconocimiento de la íntegra dignidad de todos? ¿Dónde eucaristía, acción de gracias en unión de fe y de corazones en una comunidad de iguales, hermanos y hermanas?

Dentro de nuestra casa palabras tan hermosas como 'comunión' se lanzan como puntas de dardos contra los considerados enemigos ("el enemigo principal está dentro, en casa", se dice). Llega a tal punto el desencuentro que utilizamos las mismas palabras queriendo decir cosas distintas, muchas veces contrarias. Pero aun así, las palabras dichas con autenticidad no rompen la unidad. Lo que rompe la comunión es la negativa a conversar-dialogar, la descalificación de las personas, la prohibición de la libertad de expresión. Las acciones que provocan ruptura son las de advertir para controlar y silenciar al otro, amenazar, humillar, discriminar, condenar. Ninguna de ellas casa bien con las actitudes del Señor; otros eran sus verbos: acercarse, escuchar, tocar, bendecir, compadecerse, invitar, proponer, perdonar, querer, amigar, curar, enviar.

Hoy sigue siendo necesario disentir de la lógica del poder, de quien a través de argumentos alambicados discrimina, ofende y humilla al hermano o a la hermana, de quien se cree poseedor de una única y dogmatizada verdad, sea considerado conservador o progresista, de los de la ortodoxia o de los del Reino, también de quien piensa que todo da lo mismo y cae en la dogmatización del relativismo. Disentir no es malo; es un ejercicio de responsabilidad. El Señor de nuestro hogar disentía constantemente porque era una persona libre y alcanzó enormes cimas de fidelidad a sí mismo y al Padre, de amor a todos los seres, pero con sanante debilidad por quienes más sufrían. Es que el conocimiento y el reconocimiento del sufrimiento del otro es la puerta de la verdad humana más profunda, base de la humanización, de una auténtica paz, acceso al misterio que somos cada persona, rostro viviente de Dios. Es por ahí por donde hemos de empezar o continuar; esos son los cimientos de una buena construcción. El tejado es liviano y a dos aguas: 'gaudium et spes', alegría y esperanza.

En la Iglesia-hogar cabemos todos porque el límite lo marca el amor y éste no tiene fronteras. No lo marca ninguna formulación de dogmas, ninguna forma concreta de organización, ninguna doctrina. En el hogar no hay sumisión ni ruptura, sino profundo respeto al otro en su libertad, porque hay afecto basado en la libre amistad a la que somos invitados por Jesús de Nazaret. En el hogar hay policromía, como diversas son las personas y las familias, diversas las formas de amar, diversos los modos de acceso a Dios. En la Iglesia siempre ha habido tensiones y conflictos, pero esto forma parte del camino; no podemos negarlas, sino asumirlas y colaborar para buscar luz. Entre compañeros y compañeras de búsqueda. Esa sinfonía es la que deleita al Padre, que así ha querido que seamos sus hijos e hijas. Ese es uno de sus dones, regalo gratuito para nuestro disfrute.

Y si es que no cabemos todos, es que no es hogar, no es fraternidad, no es asamblea de iguales, no es Iglesia. Urgen los encuentros, urge la conversación, urge el diálogo en libertad.
  




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Hay un cuaderno de "Cristianismo y Justicia" que me parece una auténtica joka sobre este asunto.
Es de Víctor Codina.
Se llama "Sentirse Iglesia en el invierno eclesial".
Es de este año.
Y puede  verse (en pdf) aquí: http://www.fespinal.com/espinal/llib/eies46.pdf
  




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Al menos, no dejó de intentarlo.
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Gracias Pablo G. Conocía a Víctor Codina pero no ese texto. Sólo he podido mirarlo por encima, pero no defrauda, como nunca lo hace Codina.
  




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Cada vez me gusta más el título de este tema Wink
  




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Si eres capaz de imaginarlo, eres capaz de hacerlo (Richard Bach).
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Lo acabo de leer en Religión Digital, aquí.
No viene el autor.

Encontré a Jesús de Nazaret entre los pinos.

-¿Qué tal?, me preguntó.
-Pensando, le dije.
-¿Y tú?
-Creando futuro, me respondió. Al fin y al cabo, eso es la resurrección. Pero es difícil, muy difícil. Algunos prefieren que siempre esté muerto.

Compartimos un trozo de pan, un poco de vino y el olor de unas rosas blancas. Cuando nos despedimos, me regaló la pegatina que llevaba en la solapa: "Por una Iglesia pobre y libre". Y siguió roturando caminos con una tristeza azul entre las manos.

  




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En un texto que Luis Arturo García Dávalos aporta a la V Asmbalea general del CELAM, hay una parte que creo que pega de maravilla en este tema.
Dice así:

En nuestro continente, ante la misión ya sea continental o la cotidiana, lo que los cristianos ofrecemos no debe ser conocimiento sino sabiduría, la sabiduría del destino último de la humanidad, el Reino de Dios. Podemos no tener idea de cómo el Reino vendrá, pero nosotros creemos en su triunfo. El mundo globalizado es rico en conocimiento. Uno de los retos de vivir en este mundo cibernético es que estamos inundados con información, pero hay poca sabiduría. Hay poco sentido de un destino último de la humanidad. El discípulo debe ser portador de esta sabiduría en tres formas -como Jesús con los discípulos de Emaús-, a través de la presencia, epifanía y a través de la proclamación. En algunos lugares todo lo que podemos hacer es estar presentes, pero hay una confianza natural en hacer visible nuestra espera y explícita nuestra sabiduría. La palabra se hizo carne y ahora, en nuestra misión, la carne se hace palabra.

Presencia- En el camino de Emaús, la primera actitud de Jesús es asumir las alegrías y esperanzas, las dificultades y tristezas: “por medio de un dialogo sencillo y directo conoce sus preocupaciones inmediatas”, las de sus amigos caminantes. Es necesario, primeramente, “conocer las preocupaciones”, “las heridas, los gemidos, los sufrimientos que sufre nuestro pueblo”. Pero debemos dar un paso más. Ser misionero no es lo que yo hago, es lo que yo soy. Estar presente ante el otro implica una transformación de quien soy. Estando con y para otra persona, descubro una nueva identidad.

Epifanía- Jesús nos abre la inteligencia para que comprendamos, dando sentido, iluminando la situación, abriendo horizontes de esperanza. La revelación de la gloria de Dios es la cruz, un hombre moribundo y abandonado. Es una idea tan escandalosa que parece haber tomado cuatro siglos antes de ser representada. La belleza irresistible de Dios brilla a través de la más absoluta pobreza. Éste es nuestro reto en la aldea global, mostrar la belleza del pobre y desvalido Dios, al cual hemos alcanzado y caminado con él.

Un segundo camino por el que podemos manifestar la belleza de Dios es a través de actos de transformación. La epifanía de Dios es transfigurar esta misma realidad uniéndonos a los dinamismos de transformación y de liberación. Necesitamos pequeñas irrupciones de la libertad incontenible de Dios y de su victoria sobre la muerte.

Proclamación- Al partir el pan, proclama la resurrección y todo el proceso se aclara. Cuando Jesús desaparece físicamente, los discípulos de Emaús, deciden, convencidos y entusiasmados, regresar a Jerusalén y reintegrarse a la comunidad apostólica. Así, el Evangelio cobra una proyección social, pues lleva a “realizar signos de compartir y de darse a los demás”, cuyo punto culminante es la Eucaristía. Y este encuentro con la Palabra viva lleva a “pregonar una realidad nueva”[9]. Nuestro evangelio debe convertirse en palabra.

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El texto completo de García Dávalos puede verse en ProConcil pinchando aquí.

  




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Al menos, no dejó de intentarlo.
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