NOTA de Paz y Justicia. [i:7488460a0e]El siguiente texto -que se ofrece para la lectura y diálogo de todos- es la transcripción exacta (sólo se ha cambiado, por razones técnicas del foro, el tipo y estilo de letra en algunos casos) de la Ponencia I, que se entregó a los sinodales el pasado 5 de febrero. A quien le interese tenerla en [b:7488460a0e]formato word, pinche aquí[/b:7488460a0e].
Porque el programa que gestiona el foro no admite un texto tan largo, el capítulo III (las propuestas) se han puesto en un segundo mensaje, a continuación de este. Y después de ese capítulo III, se añade la reformulación de las propuestas que se entregó a los sinodales el sábado 12, tras las intervenciones que éstos hicieron el 5.[/i:7488460a0e]
[img:7488460a0e]http://www.pazyjusticia.org/img/sinollama.gif[/img:7488460a0e] [size=24:7488460a0e][b:7488460a0e][color=darkblue:7488460a0e]Ponencia I: ACOGER Y VIVIR EL DON DE LA FE CON UN IMPULSO NUEVO[/color:7488460a0e][/b:7488460a0e][/size:7488460a0e]
El Sínodo está siendo un don de Dios para la Iglesia de Cristo que peregrina en Madrid. La Iglesia diocesana, reunida en torno a nuestro Obispo Antonio Mª Rouco y en comunión con el Papa Juan Pablo II, signo sacramental de la unidad de la Iglesia universal, se ha puesto a la escucha de lo que el Espíritu de Jesucristo quiera recordarle en esta andadura del tercer milenio (Ap 2, 7.11.17). El tema de la primera ponencia es la acogida y vivencia del don de la fe hoy. Se trata de saber cómo estamos acogiendo y viviendo el don de la fe, cómo estamos llamados a acogerlo y vivirlo según el Evangelio, y qué propone el Sínodo para ayudar a los cristianos de nuestra Diócesis a acogerlo y vivirlo con un impulso espiritual renovado.
[b:7488460a0e][size=22:7488460a0e]l. ¿Cómo estamos acogiendo y viviendo el don de la fe?[/size:7488460a0e][/b:7488460a0e]
Esta ponencia parte de las respuestas de los diversos grupos sinodales a las preguntas sobre cómo estamos acogiendo y viviendo la fe tal como han sido sintetizadas y ordenadas por los equipos de la Secretaría del Sínodo y de la ponencia (el grupo de ponencia ha estado formado por los siguientes miembros: P. Santiago Arzubialde, sj; Samuel Urbina; Eduardo Toraño; Mª Pilar Andrés Vela; Mª Teresa Martín; Mª del Carmen Álvarez); e intenta situarlas en el horizonte del Espíritu que actúa en los corazones y en la Iglesia a través de nuestros Pastores.
Las respuestas dejan entrever un clima de oración, reflexión y escucha personal y comunitaria del Espíritu. Subrayan, por una parte, los frutos admirables de la acogida y vivencia de la fe por parte de tantos cristianos en Madrid, y, por otra, las dificultades externas e internas a las que hoy nos enfrentamos.
[b:7488460a0e]1. Punto de partida: la Iglesia de Cristo que camina en Madrid[/b:7488460a0e]
Algunos grupos sinodales llaman la atención sobre los inmensos frutos de santidad y vida cristiana que la acogida y vivencia de la fe ha producido a lo largo de los siglos en Madrid y está produciendo más recientemente en la Diócesis ya centenaria para el bien de los hombres, de la sociedad y del mundo. No podemos sino admirar el hecho de que, dos mil años después de los acontecimientos de su vida y su muerte, continúe existiendo la Iglesia de Jesucristo que peregrina también en Madrid, y se halla convocada y representada en esta Asamblea Sinodal: una comunidad de tantos hombres y mujeres que acogemos su mensaje, creemos en él y le confesamos como el Cristo, el Señor, el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación; que comprendemos y vivimos nuestras vidas como seguimiento a su llamada, como participación en su vida, misión y destino, para lo cual tantos entre nosotros lo han dejado todo. Y hacemos memoria con emoción y agradecimiento de todos los que han contribuido a lo largo de los siglos a trasmitirnos esta fe cristiana; recordamos de modo especial a los santos y testigos de esa fe en la reciente historia dramática del siglo pasado, que coincide con la historia de la Diócesis de Madrid, y a los Pastores que la han presidido. Es la vida nueva del Espíritu de Cristo acogida y apropiada personal y comunitariamente en la historia de Madrid y en la historia de España. Al comienzo de esta Asamblea, damos gracias por todo ello al Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre común de todos nosotros y de todos los hombres, Señor providente de la historia, fuente y dador de todo don.
Se trata de una realidad y vida nueva en la historia que no podemos considerar natural ni dar por supuesta, y que merece nuestra atención y reflexión. En efecto, si fuera fruto de la acción y proyectos sólo de los hombres, la Iglesia de Jesucristo no se habría mantenido en la historia. Pero es obra (y vida) divina y humana.
La Revelación divina y la fe apostólica testimoniadas en el Nuevo Testamento y trasmitidas de modo inalterado a lo largo de la historia enseñan que la Iglesia tiene su origen en un designio de Dios Padre, ha sido fundada en el tiempo por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y es el Espíritu enviado por él a partir de Pentecostés el que mantiene viva en ella la fe en Cristo (1Cor 12, 3), la unión vital de todos los creyentes en él (Jn 3, 5-8), hace a Cristo presente y contemporáneo en todo momento de la historia, recuerda y anuncia todo lo que él ha enseñado (Jn 14, 26), y da la gloria y vida divina (Jn 16, 13-14). El Espíritu suscita también en la vida de la Iglesia los carismas necesarios para que ésta pueda cumplir en cada tiempo la misión que el Señor le encomendó: anunciar a todos los hombres su Evangelio de salvación, injertarlos en él mediante el Bautismo, hacerlos así miembros de su Cuerpo, y enseñarles a vivir en relación con él y desde él todo lo que él enseñó y mandó. Ciertamente, nada se lleva a cabo sin el asentimiento y la colaboración de la libertad del hombre. Pero, en el orden de la gracia, el asentimiento y la colaboración humana son siempre correspondencia a una llamada y oferta previa de Dios, y tarea posterior a la recepción del don de Dios, que en Cristo y en el Espíritu se nos entrega a sí mismo, se hace presente en su Iglesia y en nuestros corazones, y nos llama a acoger, apropiarnos y corresponder personal y comunitariamente a su entrega.
Está, pues, lleno de sentido el que, ya desde esta primera ponencia, tomemos conciencia clara de que es el Espíritu, el don de Cristo glorificado, el que en última instancia nos convoca, nos une, nos recuerda y comunica la Verdad y la Vida que es Cristo, y nos hace partícipes de su revelación y salvación.
Pero nos es asimismo saludable tomar conciencia de que esta obra y este don de Dios en Cristo y en el Espíritu conllevan una llamada personal a nuestra libertad y no fructificarán en nosotros sin el asentimiento y correspondencia continua de la misma. Por eso, ya desde ahora pedimos que el Espíritu venga a nosotros, es decir, que nos ayude a ponernos a nosotros mismos y a los trabajos de esta Asamblea ante la presencia y mirada amorosa de Dios Padre, nos haga sentimos hijos suyos en el Hijo de su amor y experimentar la alegría de la salvación de Cristo; que ilumine nuestras mentes con su Verdad y encienda en nuestros corazones el fuego de su Amor.
[b:7488460a0e]2. El Espíritu que actúa en la Iglesia nos conduce a Cristo[/b:7488460a0e]
El Espíritu de Cristo no ha cesado de actuar en el corazón de los participantes en el Sínodo. En las respuestas y propuestas de los diversos grupos sinodales se percibe el aliento de su presencia y acción en el deseo de volver a la novedad originaria, indeducible e irreducible del acontecimiento cristiano, a la fuente inagotable y al centro de la vida cristiana, que es la persona misma de Cristo en la totalidad de su ser y obrar divino y humano, el encuentro personal y comunitario con él, y la ordenación de la vida a partir de él y en relación con él.
El deseo queda expresado en las numerosas propuestas de los grupos sinodales orientadas a fomentar la vida de oración personal y comunitaria, a cuidar la identidad cristiana de las diversas instituciones y actividades eclesiales, y a propiciar el conocimiento de los contenidos propios de nuestra fe cristiana y de las enseñanzas del magisterio de la Iglesia. Se expresa también en las propuestas orientadas a superar la separación entre la fe cristiana y la vida, o dicho de manera positiva, a que la fe en Cristo y la relación con él impregnen y alimenten la entera vida personal, familiar, laboral, cultural, social y política de los cristianos. La lectura en clave pastoral de las respuestas y propuestas deja entrever una percepción claroscura de la situación espiritual. Echan de menos el aliento espiritual y el compromiso personal en muchos bautizados y dejan restallando en el espíritu del lector la nostalgia de la belleza y atractivo de una vida cristiana auténtica y comprometida, y la necesidad de testigos convencidos y convincentes de vida cristiana en el ámbito personal, familiar y social. Es como si el Espíritu de Cristo nos hubiera llevado a los cristianos de Madrid a confesarnos unos a otros y a confesar a Dios Padre que necesitamos -y añoramos- el testimonio recíproco de una vida cristiana auténtica y entregada.
Algunos quizás no han llegado a tener una conciencia suficiente ni a impresionarse ante la novedad del acontecimiento de Cristo y de su llamada a seguirle; otros quizás ya no tengan conciencia de esa novedad ni de esa llamada, no se impresionen ni se sientan interpelados ante la contemplación inmediata del mismo, o ni siquiera le presten atención ya, porque lo consideran ya conocido y no esperan de él nada nuevo para sus vidas. Pero todos nos hemos encontrado con testigos de Cristo que nos han impresionado por su fe viva y su entrega de amor y nos han hecho pensar en la verdad, la bondad y la belleza de una vida de seguimiento, imitación y participación en la vida de Cristo dentro de la Iglesia, y todos hemos experimentado -como los discípulos de Emaús- que nuestros corazones ardían de gozo porque descubríamos de pronto que eso era lo que deseábamos desde lo más profundo de nuestro corazón. Es la acción del Espíritu que no cesa de orientarnos hacia Cristo para recorrer con nosotros el camino de nuestra vida, y en él y con él encontrarnos y reconciliarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos. El Espíritu no cesa de venir en ayuda de nuestra debilidad, de poner en el camino de nuestra vida testigos convincentes de Cristo, de suscitar en nuestro interior el deseo de una plenitud de vida y verdad, que sólo se encuentran en Cristo, y se hacen presentes y visibles en su Iglesia.
El impulso interior hacia Cristo coincide con lo que el mismo Espíritu nos enseña y propone en la Iglesia a través del Papa Juan Pablo II. En su primera encíclica anunciaba que un objetivo fundamental de su Pontificado era asumir plenamente "lo que el Espíritu dijo a la Iglesia mediante el Concilio de nuestro tiempo" (Redemptor hominis, 3). Pues bien, comentando la afirmación del Concilio de que "mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido a todo hombre" (GS 22), escribía ya entonces Juan Pablo II: "La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrarse a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo contenida en el misterio de la Encarnación y la Redención, y con el amor que irradia de ella" (Redemptor hominis, 13).
En consonancia con el programa de su Pontificado y a la luz de la experiencia espiritual del Jubileo del año 2000, Juan Pablo II nos invitaba en la carta apostólica Novo millennio ineunte a iniciar el camino del tercer milenio a partir de "la contemplación del rostro de Cristo: contemplado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino... Es necesario que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil de 'hacer por hacer'" (Novo millennio ineunte, 15).
El punto de apoyo, pues, de todas nuestras propuestas y programas para acoger más conscientemente y vivir con un nuevo impulso el don de la fe a nivel personal y eclesial y servir de este modo a la vida de los hombres, de la sociedad y del mundo, no puede ser otro que la contemplación del rostro de Cristo y la confianza plena en su promesa de que estará siempre presente con nosotros por medio de su Espíritu: "No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: Yo estoy con vosotros... El programa ya existe... Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste" (Novo millennio ineunte, n. 29). Abundando y explicitando estas ideas, escribe Juan Pablo II en su última encíclica sobre la Eucaristía: "Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar el 'asombro' eucarístico... Contemplar el rostro de Cristo, contemplado con María... Contemplar a Cristo implica saber reconocerlo dondequiera que Él se manifieste, en sus múltiples presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre, Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada" (Ecclesia de Eucharistia, 6).
Con la perspectiva que proporciona su ya largo y fecundo Pontificado, se puede afirmar que la misión histórica que Dios ha encomendado a Juan Pablo II -y que, con su gracia y asistencia, él ha cumplido con una fidelidad y entrega admirables- ha consistido en descubrir, mostrar y secundar el movimiento profundo del Espíritu que ha llevado a la Iglesia a través del Concilio a una mayor toma de conciencia y vivencia de la novedad del acontecimiento de Cristo, del encuentro personal y comunitario con él, y de la llamada a recorrer personal y comunitariamente el camino de la vida a partir de él y en relación permanente con él. Este movimiento estaba ya subyaciendo en los textos y, más aún, en el acontecimiento espiritual mismo del Concilio. Pero han sido la misión, el carisma y la voluntad decidida de Juan Pablo II de leer esos textos y ese acontecimiento escuchando al Espíritu mismo que habla a través de ellos lo que le ha permitido, por una parte, descubrir, mostrar y secundar ese movimiento interior hacia Cristo con una claridad e impulso extraordinario, y, por otra, estar presente y proyectar la luz y amor del misterio de Cristo sobre todas las cuestiones actuales personales y sociales que preocupan a los hombres y en las que está en juego el verdadero bien del hombre, de la sociedad o de la humanidad.
Este movimiento implica una mayor toma de conciencia y una mayor apertura personal y eclesial al don del Espíritu que se nos ha dado en el Bautismo y en la Confirmación. Como ha sucedido frecuentemente en la vida de la Iglesia y ha reconocido el mismo Juan Pablo II, el movimiento iniciado por el Espíritu en el Concilio ha suscitado carismas, personas y grupos carismáticos como mediadores de una experiencia espiritual renovada que se trasmite y que vivifica y suscita la vida en el Espíritu en las personas que entran en contacto con ella y se abren a ella. Una constante en los carismas, personas o grupos carismáticos inmediatamente anteriores o posteriores al Concilio es que todos subrayan la necesidad de tomar mayor conciencia y corresponder con un compromiso e impulso nuevo a la vocación y don bautismal que todos los fieles cristianos de la Diócesis de Madrid hemos recibido, y en lo que estamos radicalmente unidos todos, desde el Obispo que nos preside hasta el último que haya recibido ese sacramento. Todas las otras vocaciones, ministerios y carismas eclesiales se enraízan en ese don y esa vocación y existen al servicio de su acogida y desarrollo personal y comunitario.
Situándose bajo la estela de este movimiento profundo y amplio hacia el encuentro y relación con Cristo que el Espíritu suscitó en la Iglesia universal a través del Concilio, corresponde a este Sínodo la misión de ayudar mediante sus propuestas a la Iglesia que peregrina en Madrid a avivar la conciencia de dicho movimiento, a secundarIo con entusiasmo renovado y a colaborar a que Cristo se haga presente y proyecte su luz y su amor en la vida de las personas, de, la sociedad y del mundo entero.
[b:7488460a0e]3. Dificultades actuales para acoger y vivir el don de la fe[/b:7488460a0e]
En las respuestas y propuestas de los diversos grupos sinodales también vienen subrayadas las dificultades de diverso tipo a la hora de acoger y vivir el don de la fe cristiana hoy en Madrid. En principio, unas tienen procedencia externa, y otras, interna.
La procedencia externa es sobre todo de índole cultural y social. Nacen de la cultura dominante y se van asentando en la vida de la sociedad, en sus costumbres, sus estructuras y sus leyes. Nos ha tocado acoger y vivir el don de la fe en un tiempo y en una sociedad en la que ha crecido el número de los agnósticos prácticos y de los indiferentes en cuestiones religiosas. Pero es más grave el hecho de que estamos inmersos en un profundo cambio cultural: mientras, durante siglos, el cristianismo y la Iglesia católica han contribuido a configurar de modo decisivo el horizonte de comprensión y referencia moral de la vida personal, familiar y social de los españoles, hoy se intenta imponer una comprensión de lo que es hombre y de lo que constituye su bien personal, familiar y social, y hacer un proyecto social de vida en común, al margen de Dios y de Cristo. Más aún: se nos pide a los creyentes que, para contribuir a ese proyecto común, reduzcamos el influjo de nuestra fe y convicciones morales al ámbito de nuestra vida privada. Se olvida que los auténticos valores sociales y democráticos han surgido en el "humus" de la fe y tradición cristiana y a la larga sólo se mantendrán si no se apartan de él y son vivificados permanentemente en él y desde él. Finalmente, se intenta interpretar y reducir la fe cristiana y nuestra misma condición de bautizados y miembros de la Iglesia a los parámetros de esa comprensión y ese proyecto meramente humanos.
Se trata, en principio, de dificultades externas a la Iglesia, pero que en no pocos casos han tenido su origen en una especie de "apostasía silenciosa" por desidia o falta de fidelidad de tantos a la vocación bautismal y pueden crear entre los cristianos un clima de falta de confianza en la plausibilidad racional y viabilidad social de su fe y vida cristiana, e influir así negativamente en la acogida, confesión y vivencia del don de la fe. Muchos bautizados ya no logran integrar el mensaje evangélico en su experiencia cotidiana ni en su actividad pública, cultural, social y política (Ecclesia in Europa, 7).
En la raíz de este rechazo de la fe cristiana y de su proyección pública está el intento del hombre de convertirse en el centro autosuficiente y medida última de la realidad, y de construir un humanismo sin Dios y sin Cristo. Pero el intento ha desembocado ya en un nihilismo en filosofía, un relativismo en moral y un pragmatismo hedonista y cínico en la conducción de la vida de cada día (Ecclesia in Europa, 9). La experiencia de los totalitarismos del siglo XX -con sus consecuencias sangrientas y destructoras de la vida personal, familiar y social- ha puesto de manifiesto que, cuando la sociedad intenta organizarse contra Dios o sin Dios, acaba organizándose contra el hombre. Pero tampoco la democracia actual escapa al peligro de totalitarismo cuando intenta fundamentarse en el agnosticismo y el relativismo. Como enseña Juan Pablo II, el fundamento cultural del totalitarismo estriba en la "negación de la verdad en sentido objetivo" (Veritatis splendor, 99). Ahora bien, una democracia basada en el fundamento cultural del agnosticismo y relativismo deja la dignidad y los derechos fundamentales de las personas concretas expuestos a los juegos y estrategias cambiantes del poder. Por otra parte, la experiencia muestra los males personales y sociales que se siguen de una exaltación de la libertad individual al margen de la verdad plena sobre Dios Creador y Redentor del hombre. Y es que, aun con la mejor voluntad, resulta difícil educar en el respeto a la dignidad y derechos fundamentales del hombre sin tener claro quién es el hombre y cuál la razón de su dignidad incomparable y de sus deberes y derechos fundamentales. Y resulta más difícil aún, por no decir imposible, fundamentar razonablemente el respeto de todos a esa dignidad, esos deberes y esos derechos, al margen de su relación con Dios (y con Cristo).
La cultura dominante no sólo defiende una antropología sin Dios y sin Cristo, sino que intenta explicar y reducir el cristianismo a una obra meramente humana, un mero producto cultural o religioso, ciertamente muy elevado y portador de algunos valores a tener en cuenta incluso en la actual situación, pero condicionado por la cultura del tiempo y, por tanto, susceptible de ser superado por el progreso de los hombres. Guiado por esa lógica, tiende a equiparar el cristianismo con las demás religiones, y a la Iglesia con una mera asociación de hombres que nos hemos agrupado porque compartimos las mismas ideas religiosas y morales, y para ayudamos a satisfacer nuestros intereses y necesidades religiosos y morales. La consecuencia final es el indiferentismo religioso, es decir, la convicción de que no existe la verdad religiosa y de que está totalmente en el arbitrio de cada hombre pertenecer a una u otra religión o a ninguna de ellas. Queda así el hombre solo, confiado a sí mismo y expuesto a toda clase de manipulaciones de los diversos poderes.
Pero no es sólo la cultura dominante la que reduce el cristianismo a una obra meramente humana. Influidos a veces por los tópicos de esa cultura, o más aún por la rutina, tampoco los cristianos escapamos al peligro de desnaturalizar y no hacer plena justicia a la novedad originaria del acontecimiento de Cristo y de nuestro propio ser y vocación bautismal. Los grupos sinodales han llamado la atención sobre la dificultad que el disenso doctrinal, disciplinar y litúrgico en relación a los Pastores de la Iglesia crea a la acogida y vivencia de la fe por parte de las comunidades eclesiales. En efecto, sin excluir la sinceridad y buena voluntad subjetiva, y sin negar la necesidad objetiva de conversión personal y de vuelta continua al Evangelio por parte de la Iglesia, los protagonistas del disenso olvidan muchas veces la novedad de la Iglesia como obra del Espíritu de Jesucristo y su asistencia a los Pastores, e infringen un mal gravísimo a la unidad y la vida de la comunidad eclesial, que vive de la fe en la obra y asistencia del Espíritu.
Pero todos los fieles cristianos estamos expuestos a no hacer justicia a la novedad del acontecimiento de Cristo y de nuestra vocación bautismal reduciendo la vida cristiana a la mera profesión y práctica de una doctrina religiosa y moral al margen de la relación personal con Dios en Cristo y en su Iglesia; o reduciendo nuestra incorporación y pertenencia a la Iglesia a la recepción del rito bautismal y otras prácticas rituales, a la aceptación racional de unas verdades o al cumplimiento de unos preceptos. Todo esto forma parte esencial e irrenunciable del desarrollo del cristianismo y de la vida cristiana, y aceptarlo y practicado es una garantía objetiva de nuestra pertenencia a Cristo y a su Iglesia. Pero no puede ser creído y vivido al margen del acontecimiento entero de Cristo y de nuestra respuesta, correspondencia y apropiación personal y eclesial del mismo. Al contrario, descubrimos la evidencia interior de la doctrina y los preceptos, y el significado profundo de los ritos sacramentales y la pertenencia eclesial cuando lo contemplamos y vivimos a partir de la llamada, el seguimiento y la imitación de Cristo por el Espíritu, presente en la Iglesia y en los corazones.
[b:7488460a0e]4. Las dificultades, vividas en el Espíritu de Cristo, se convierten en ocasiones de gracia[/b:7488460a0e]
La cultura actual propugna una antropología sin Dios y sin Cristo en parte porque presupone que Dios y Cristo son rivales del hombre y de su libertad, y que nuestra pertenencia eclesial conlleva la vinculación a una tradición humana ya superada y la dejación del ejercicio adulto de la razón y la libertad. Pues bien, las dificultades y desafíos de la cultura actual tienen que ser ocasión de gracia para purificar y vivificar nuestra fe siguiendo la estela de lo que el Espíritu hizo comprender a la Iglesia en el Vaticano II con conciencia y claridad nuevas.
La dificultades de la nueva situación están llamadas a ser una ocasión de gracia, en primer lugar, para purificar nuestras representaciones de Dios y de su relación con el hombre. Los cristianos estamos llamados a no pensar ni hablar ni comportarnos nunca como si Dios fuese rival del hombre, de su razón o de su verdadera libertad, y no más bien el origen, el fundamento y el principal valedor de la verdad universal y de la verdadera dignidad y libertad del hombre. Como afirma el Concilio, "la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento, pues no existe sino porque creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador" (GS 19 a). Por eso, sólo Dios, a quien la Iglesia y cada uno de nosotros estamos llamados a servir, puede responder a las aspiraciones más profundas del corazón humano, que no queda plenamente saciado con ningún alimento terreno. En consecuencia, tenemos que ser conscientes de que el rechazo de Dios, la increencia y la apostasía práctica de muchos contemporáneos nuestros constituyen la mayor tragedia de nuestro tiempo. Se trata de un reduccionismo que violenta la verdad más profunda sobre el hombre. Con todo, sabemos que el Espíritu de Dios y de Cristo no cesa de actuar en el corazón de cada hombre y que, por eso, "el hombre nunca será totalmente indiferente ante el problema de la religión..., siempre deseará, al menos confusamente, saber cuál es el significado de su vida, de su actividad y de su muerte" (GS 41). Pero también el relativismo, el agnosticismo y el indiferentismo religioso son males graves de nuestro tiempo porque el hombre es un ser que busca la verdad y busca a Dios, y llega un momento en que no se conforma con verdades parciales o provisionales, sino que busca una verdad total, última, definitiva, no hipotética, sino absoluta, y desea tener certeza plena sobre ella y sobre su valor absoluto. (Fides et ratio, 27). Es fundamental, en este sentido, la presencia social y pública de la Iglesia en España y en Madrid, porque "es al mismo tiempo signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana" (GS 76), y recuerda a todos los ciudadanos la necesidad de que se planteen estas cuestiones decisivas.
Esta verdad sobre el hombre (y sobre Dios) -y esta presencia pública de la Iglesia- no se opone sino que conlleva la afirmación de la libertad del hombre. "Dios quiso dejar al hombre en manos de su propia decisión, de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección" (GS 17). Por eso, aunque siempre había enseñado la libertad del acto de fe, sólo en la sesión última del Vaticano II llevó el Espíritu a la Iglesia a proclamar con gran solemnidad que "la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa" y que, por tanto, "todos los hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos" (Dignitatis humanae, 2).
La nueva situación está llamada a ser una ocasión de gracia, en segundo lugar, para que la Iglesia muestre a Cristo como respuesta y realización de la búsqueda de sentido, dignidad, verdad y libertad por parte del hombre. Aunque siempre había permanecido en ella esta fe, no cabe duda que en el Vaticano II el Espíritu llevó a la Iglesia a repristinar su presentación de Cristo y del servicio que ella está llamada a prestar a los hombres: "Sólo Dios, que creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, ofrece (al hombre) respuesta plena a sus preguntas (por el sentido), y esto por medio de la revelación en su Hijo que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo hombre... Ninguna ley humana puede garantizar la dignidad y libertad del hombre tan perfectamente como el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. Pues este Evangelio anuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza toda esclavitud que procede en última instancia del pecado, respeta irreprochablemente la dignidad de la conciencia y su libre decisión... encomendando finalmente a todos a la caridad de todos" (GS 41). Pero el Concilio presenta a Cristo no sólo como el único que responde plenamente a las preguntas del hombre por el sentido, sino también como el que da luz y fuerza necesaria para que el hombre responda a su vocación y haga realidad el sentido de su vida: "Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación (de comunión con Dios); y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y por los siglos" (GS 10).
La nueva situación está llamada a ser una ocasión de gracia, en tercer lugar, para acoger más consciente y personalmente el don, la vocación y el compromiso de la vida cristiana que se nos infundió germinalmente en el Bautismo. La conciencia, acogida y compromiso personal se hacen hoy especialmente necesarios, porque la vida social y la cultura dominante no sólo no favorecen la vida cristiana, sino que frecuentemente obstaculizan su desarrollo. El Bautismo tiene una dinámica de relación interpersonal y de alianza, y una naturaleza histórica, que reclaman la correspondencia y el compromiso continuo de nuestra libertad. Los padres y padrinos pidieron a la Iglesia el Bautismo para nosotros. Este acontecimiento expresa aspectos esenciales de la fe y de la vida cristiana: la iniciativa de Dios en Cristo y en el Espíritu, la prioridad y primacía de la llamada y don de la gracia, y el carácter comunitario y eclesial de la vida cristiana. Pero la fe, el bautismo y la vida cristiana tienen una dinámica de alianza entre personas y una naturaleza esencialmente histórica. Es como si Dios Padre nos hubiera dicho entonces: "Seré tu Dios y quiero que seas hijo mío, te incorporo a mi Unigénito y primogénito entre los muertos y no te faltará mi Espíritu y el de mi Hijo para que puedas mantenerte unido a él e imitarle dentro de la Iglesia. Pero está en ti el corresponder con tu palabra y, sobre todo, con toda tu vida a esta invitación y a este don". Es tarea de cada bautizado corresponder y asentir a esta propuesta y a este don. Nuestra entera vida de bautizados se sitúa así bajo el signo de la correspondencia o no correspondencia a esta invitación, y, por tanto, del desarrollo, estancamiento o pérdida de vitalidad del germen de vida divina y comunión eclesial que en el Bautismo se injertó en nosotros. Dios nos ofrece a través de los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía la posibilidad de recuperar y alimentar permanentemente la vida divina y la comunión eclesial.
[b:7488460a0e][size=22:7488460a0e]II. ¿ Cómo estamos llamados a acoger y vivir el don de la fe según el Evangelio?[/size:7488460a0e][/b:7488460a0e]
En el origen de la fe y vida cristiana y de la Iglesia no está un proyecto humano, sino la llamada de Dios en Cristo y en el Espíritu. Por tanto, no se trata de inventar un programa nuevo, sino de conocer y tomar conciencia renovada del contenido de esa llamada divina, tal como lo atestigua el Evangelio y la Tradición viva de la Iglesia, propuesta hoy de modo nuevo y vigoroso en el Vaticano 11 y en el magisterio de Juan Pablo II, y presentado teniendo en cuenta nuestro tiempo y situación cultural y social.
[b:7488460a0e]1. Como respuesta personal a la llamada personal de Dios en Cristo[/b:7488460a0e]
El Evangelio contempla al hombre como el ser que busca a Dios; y la tradición católica mantuvo frente a la Reforma protestante la importancia de esta verdad. Pero uno y otra enseñan asimismo que la novedad de la fe cristiana no estriba en esa búsqueda ni en otras experiencias humanas a partir de las cuales se ha formulado un cuerpo de doctrinas religiosas morales; tampoco lo tiene en figuras admirables por su grandeza moral o su sensibilidad religiosa, ni en filósofos profundos que se han puesto a especular sobre la vida moral y religiosa, o sobre Dios o lo divino; tampoco es una variante o producto de nuestra tradición cultural.
El Evangelio remite a un hecho que precede y funda nuestra fe: Dios ha salido y sale al encuentro de los hombres en Jesucristo presente por el Espíritu en su Iglesia; y nos anima a seguir a Cristo, a imitarle y compartir su vida de entrega a Dios y a los hermanos, y a formar así el Pueblo de Dios que camina en la historia y proclama ante el mundo su fe en él como el Hijo de Dios hecho hombre, Revelador de Dios y Salvador de los hombres.
Por lo que se refleja en algunas respuestas, los grupos sinodales han tomado conciencia de la novedad originaria de este hecho con sorpresa, gozo y agradecimiento. Es cierto que nunca lo habían olvidado completamente, pero es como si quedara en la penumbra de la vida y la conciencia, en los presupuestos nunca suficientemente explicitados. Pienso que el Sínodo ha sido -y está llamado a ser- un tiempo de gracia para contemplar con humildad y admiración este hecho, para celebrarlo con gozo y para dar testimonio del mismo ante los hombres. Por eso, debemos aprovechar el Sínodo para recordar la necesidad de meditar y confesar nuevamente el hecho de que el Hijo de Dios se ha encarnado en Jesús de Nazareth y en él se nos ha revelado y nos ha hablado, llamado, salvado y congregado; y que, por tanto, Dios nos habla no sólo por la creación del mundo visible, ni sólo a través de la conciencia moral de cada hombre, sino que ha hablado en la historia de diversas maneras al pueblo de Israel por medio de los profetas y "últimamente, en estos días, nos ha hablado por medio de su Hijo" (Heb 1, 1-2).
Nunca meditaremos suficientemente las palabras con que el evangelista Juan sintetiza el hecho de que el Hijo de Dios se ha hecho hombre: "Y la Palabra se hizo carne, puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14). El Unigénito o Palabra eterna de Dios, -que en el principio estaba con Dios y por el que fue hecho todo, y en la que estaba la vida y luz de los hombres-, se ha hecho hombre para revelarnos el misterio de Dios Padre y de su amor, y para revelar y realizar su designio de hacernos a los hombres hijos suyos en su Hijo por el Espíritu. Debido a su condición única de Unigénito eterno del Padre, Jesucristo es el salvador y no un mero intermediario de la salvación; es el Maestro y no uno de los maestros o figuras religiosas o morales de la historia; es el camino para ir a Dios Padre y no sólo un camino particular; es y da testimonio de la Verdad de Dios, la manifiesta, la hace presente y la ofrece; y es la Vida, la única vida plena y definitiva, la vida eterna (Jn 14,6).
El Sínodo tiene que ser ocasión para meditar también la confesión de Pedro a Jesús, que contiene la forma originaria y nuclear de la fe cristiana: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16); y la aclaración con que Jesús acoge esta confesión de Pedro: "Esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos" (Mt 16, 17). La fe cristiana no es, por tanto, un mero producto del ejercicio de nuestras facultades y actividad humana, ni de nuestro modo humano de conocer, sino que tiene su origen en la gracia de una Revelación divina que viene del Padre y para cuya acogida el Espíritu nos habilita internamente. La fe cristiana nos sitúa así en el orden de la gracia por la que participamos, a través del misterio de Cristo y de la Iglesia, en el conocimiento, vida y comunión del único Dios verdadero y de su trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
[b:7488460a0e]2. Como comunión de vida con Cristo Salvador[/b:7488460a0e]
El Evangelio muestra que la fe cristiana surge del encuentro con Jesucristo, que se presenta a los hombres como la buena noticia de la llegada del Reino de Dios, que promete una plenitud de vida y salvación y dar a la vida del hombre un sentido definitivo, y que pide una respuesta libre de confianza plena y entrega total a su entrega total a Dios y a los hombres. La respuesta a la que Dios nos llama en Cristo no se agota en un mero asentimiento intelectual a unas verdades abstractas, ni siquiera en el cumplimiento de unos mandatos. Cristo nos pide que respondamos a su persona con toda nuestra persona, a su entrega con nuestra entrega. Nos llama a adherimos a su
persona, a seguirle, imitarle y compartir su vida y destino. La fe en Jesucristo es, pues, una elección personal que afecta a toda nuestra existencia: es encuentro, es diálogo y relación, comunión de amor y de vida con Cristo.
La fe comienza con una llamada de Dios a través de Cristo. Los Evangelios testimonian que los discípulos que escuchaban la llamada de Jesucristo y decidían seguirle era porque ya en el primer encuentro descubrían en él, en su persona, en sus palabras y obras, algún atractivo que misteriosamente se correspondía con los deseos más profundos de su corazón, un tesoro por el que merecía la pena vender todo para conseguirlo. Cristo se les aparecía como la persona en la que podían confiar y a la que merecía la pena seguir. Pero tuvieron que recorrer un camino de discipulado hasta que el don del Espíritu de Cristo resucitado les desveló la identidad última de su persona, de su origen, de su misión y de su destino, y les dio fuerza para seguir e imitar a Cristo en su entrega y para ser sus testigos, incluso dando la vida por confesarle a él.
El que escucha la llamada de Jesucristo y le sigue es porque de alguna manera el Espíritu le hace sentirse necesitado de salvación y vislumbrar ya desde el principio que hay algo grande en Cristo que puede proporcionar la alegría de la salvación. Cuando escuchamos con sinceridad los deseos de nuestro corazón a la luz de la llamada de Cristo, nos descubrimos necesitados de un Salvador que nos habilite para salir del caos de nuestro apetito, nuestro narcisismo y nuestra soledad, que sane las heridas y culpas de nuestra alma, que nos libere de la vanidad y nos revele la verdad definitiva de nuestra vida; sentimos necesidad de una persona en la que confiar absolutamente y a la que merezca la pena entregamos totalmente. Llegamos a percatamos de que la salvación no puede venir de nuestros logros, ni de la fama, ni de la fortuna, ni de las medallas que nos pongan los hombres, sino sólo del reconocimiento de algún referente fehaciente llegado desde Dios, que dé paz a nuestros logros, nos facilite el acuerdo con la realidad y la vida, apacigüe el peso de nuestras responsabilidades, y abra un camino de esperanza, paz y comunión entre todos los hombres. Ese referente fehaciente es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que se ofrece como compañero y amigo: el único punto absoluto en este mundo en cambio y en búsqueda; la persona que se presenta como enviado de Dios para realizar su designio de entrar en comunión con los hombres, que entrega su vida al Padre por nosotros y que resucitado permanece en la historia y está presente en su Iglesia y se nos ofrece como compañero para superar nuestra soledad, revelamos la verdad definitiva de nuestra vida, y curar nuestras heridas más hondas. La persona, en definitiva, que merece que le entreguemos totalmente nuestro corazón y nuestra vida.
Creer y seguir a Jesucristo -como él quiere y se merece, y como nosotros necesitamos- significa confiar plenamente en él, dejarse guiar por él y tomarle por la medida última del modo de concebir y de relacionarnos con Dios, con los otros hombres, con el mundo y con nosotros mismos. Esto nos lleva a vivir nuestra vida como un dato a interpretar primero y a convertir luego en expresión, signo, palabra y testimonio de nuestra fe y unión vital con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación, el camino, la verdad y la vida. Creer y seguir a Jesucristo significa dar testimonio de él no sólo con nuestra lengua, sino con toda nuestra vida. Cuando vivimos nuestra entera existencia desde esta perspectiva y desde la unión vital con él, llegamos a conocer y amar cada vez más y de un modo más profundo a Jesucristo. Nos empieza a revelar que él enseña una sabiduría verdadera; y a medida que vivimos según esta sabiduría, nos descubre de un modo nuevo que Jesús es la Sabiduría, y la Salvación, y la Esperanza, y el Amor, y la Paz, y el Perdón, y la Verdad, y la Vida...
El camino espiritual de este Sínodo está llamado a desvelamos con nueva claridad el misterio de la persona de Cristo y a renovar nuestra fe en él. El es la Vida, alguien que da un sentido pleno a nuestra vida y nos comunica una vida que va más allá de nosotros mismos, la Vida eterna. El es la Verdad, alguien que nos revela la verdad de nuestra vida y nos abre a una verdad más grande que nosotros, la Verdad de Dios y de su designio salvífico sobre nosotros. El es la palabra última, la realidad última, el absoluto en la historia. No se puede ir más allá de él. El es la tierra firme y la tierra prometida en que podemos descansar. El, y no nosotros, es el centro y la medida de nuestras propias vidas. Podemos encontramos, ser y realizamos, pero sólo en él. El es nuestro Salvador.
La fe como seguimiento de Cristo abarca así la entera existencia humana. El seguimiento de Cristo no puede ser reducido a un supuesto ámbito espiritualista de la vida privada. Frente a la pretensión de la cultura dominante, estamos llamados a hacer valer que en la existencia del cristiano no puede haber dos vidas paralelas: la espiritual, entendida de modo privado, y la secular, que afectaría a los ámbitos más públicos: culturales, sociales y políticos. Cada uno de los fieles cristianos es como un sarmiento enraizado en la vida que es Cristo, y desde él y en relación con él en el marco de la Iglesia está llamado a dar frutos y proyectar la luz y amor de Cristo en todos los ámbitos de su existencia: familia, trabajo, relaciones sociales, política, cultura...; todos estos ámbitos de la vida secular son queridos por Dios como ocasiones providenciales para el ejercicio de la fe, la esperanza y el amor de Cristo y de su Espíritu.
[b:7488460a0e]3. Como incorporación y pertenencia a la Iglesia[/b:7488460a0e]
Los Evangelios y la Tradición muestran que creer en Cristo y seguirle conlleva incorporarse a su Iglesia y que ésta no ha surgido de la voluntad asociativa de los hombres, sino que procede del amor y designio eterno de Dios Padre, ha sido fundada en el tiempo por Cristo Redentor y es congregada en todo tiempo en el Espíritu. En efecto, la Iglesia no ha surgido porque algunos comenzaran a agruparse en tomo a la figura humana, moral y religiosa de Jesús, o a de algún pensador excepcional para ayudarse a cumplir mejor los deberes morales y religiosos. Es Dios mismo quien nos ha llamado y nos llama a través de Cristo (y su Espíritu) a seguirle, a incorporamos a él por el Bautismo y formar así su cuerpo, que es la Iglesia. La Iglesia es el lugar donde aprendemos a conocer amar, seguir e imitar a Jesús gracias a la acción de su Espíritu. De ella recibimos el contenido de la fe. Nuestra fe es la fe de la Iglesia. No es una enseñanza que los hombres han inventado, sino que Dios la ha revelado en Cristo y la Iglesia apostólica nos trasmite.
Los evangelios muestran que el anuncio de la llegada del Reino de Dios por parte de Jesús se traduce en una llamada o convocatoria, en constitución de un grupo de discípulos reunidos en tomo a Jesús como pequeño rebaño en tomo a su pastor (Lc 12, 32). Se trata sólo de un pequeño grupo de hombres, pero destinado a fermentar el mundo como la levadura en la harina (Mt 13, 20-21. 33) Y a ser como un gran árbol sobre el que anidarán todas las aves del cielo (Mt 13,31-32; Mc 4,30-32; Lc 13, 18-19). Jesús resucitado da a los Doce la misión de anunciar el evangelio del Reino a toda criatura (Mc 16, 15; Lc 24, 47): "Haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20). Y, a partir de Pentecostés, los apóstoles son movidos por el Espíritu Santo a salir fuera de Israel y predicar el Evangelio a todos los hombres. Todos los hombres están llamados a formar parte de este nuevo pueblo de Dios. En él ya no hay distinción entre griego y judío (Gál 3, 28), todos han sido reunidos por Jesús (Ef 2, 11-22). La salvación de los hombres implica su reunificación (Ef 1, 5. 10; Rm 8, 29). Jesús reúne y unifica a los que le aman y creen en él: pone a los creyentes como piedras vivas del único templo de Dios (1 Ped 2, 4 ss) y hace a todos los hombres hijos del mismo Padre (Rm 8, 14 ss; Ef 4, 4 ss).
En las respuestas de los grupos sinodales hay numerosas referencias -y confesiones gozosas y agradecidas- al hecho de que la Iglesia constituye el lugar donde Cristo está presente, nos llama, se nos revela y nos salva por su Espíritu. Dios nos sale al paso a través de Cristo no como un mero recuerdo del pasado o una mera doctrina, sino sobre todo como una persona presente y operante por el Espíritu en la Iglesia. Los fieles cristianos de nuestra Diócesis, unidos en tomo a nuestro Obispo y en comunión con el Papa, estamos llamados a dar testimonio en este concreto momento histórico de que Dios tiene un designio de comunión con todos los hombres y se nos ha entregado en Cristo para llevar a cabo ese designio, de que esa entrega es y causa la victoria definitiva de la vida, el amor y la verdad de Dios sobre la muerte, el egoísmo, la mentira, la finitud, la fragilidad y la corrupción que amenazan a la existencia del hombre en este mundo. Dar testimonio de que Dios llama a todos los hombres a participar por la fe y el bautismo en esa victoria y formar en él y en el Espíritu la familia de los hijos de Dios. Esa victoria ya consumada en Cristo comienza a realizarse por la fe y el bautismo en la vida de los creyentes, renovada a nivel personal y comunitario. Cristo ha prometido que las fuerzas del mal antes mencionadas no podrán destruir nunca la presencia de su victoria en la Iglesia que camina en la historia (Mt 16, 18; 28, 20; Jn 16, 13).
Y estamos llamados asimismo a reconocer que la Revelación de Dios en Jesucristo está testimoniada auténticamente en la Palabra de Dios y en la Tradición viva de la Iglesia. La Escritura ha de ser leída e interpretada en el mismo Espíritu con que fue escrita (DV 12). "El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado al magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10). La Iglesia, con su entera vida y su doctrina, se presenta ante los hombres como la columna de la verdad (1 Tim 3, 15).
[b:7488460a0e]4. Como conversión y nuevo nacimiento de Dios en Cristo y en el Espíritu[/b:7488460a0e]
Según el Evangelio, Jesús inicia su vida pública anunciando la llegada del Reino de Dios y llamando a la conversión, la vuelta al Dios vivo y verdadero. Pero ésta no se realiza sólo en un momento, sino que es tarea de toda la vida.
Pablo describe esta conversión como el paso de lo viejo a lo nuevo, del hombre viejo al hombre nuevo: 2 Cor 5, 17; Gá16, 15; Rm 6,6; Col 3, 9-10; Ef 4,22-24. Pablo ve al hombre creyente situado permanentemente entre lo viejo y lo nuevo y concibe la vida cristiana como un itinerario espiritual hacia la libertad de los hijos de Dios. El hombre viejo es el Adán pecador, el hombre que rechaza a Dios, que organiza su vida al margen del designio divino, y, a la postre, va hacia la perdición y la muerte. El hombre nuevo es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre que recorre obedientemente los caminos que el Padre le señala y que conducen a la salvación y a la vida. Cada uno de nosotros está injertado y se define por estos dos principios. Estamos situados entre lo viejo y lo nuevo, simultáneamente injertados en Adán, el hombre viejo, y en Cristo, el hombre nuevo.
Viejo es el ser del pecador en los diversos ámbitos de la existencia humana. Lo viejo se manifiesta en los actos concretos de pecado. Pero esos actos tienen raíces más profundas. La tradición habla de los siete pecados capitales. Conocemos que tendemos hacia Adán por nuestros actos de pecado, pero más aún por las raíces de esos actos y por la inclinación hacia el mal y el pecado que actúa en nosotros. Más allá aún de nuestra experiencia concreta, está el Adán pecador en quien nacemos injertados y a cuyo influjo estamos abiertos por la llaga de nuestra concupiscencia incluso después del Bautismo. Es el pecado original, la resistencia de la humanidad de los orígenes a la oferta divina de amistad que ha dejado una herida en todos los hombres. El dogma del pecado original nos enseña que los hombres -y las sociedades, desde la familia hasta el mundo entero- estamos tan profundamente expuestos al influjo del mal, que no podemos vencerlo con nuestras propias fuerzas. Nos enseña que, con independencia de lo que hayamos hecho, la experiencia del perdón y de la misericordia de Dios se sitúa en la base de la vida cristiana y la acompaña y envuelve en todo momento.
Esta doctrina del pecado original adquiere hoy una relevancia especial en el campo de la moral. Basándose en las descripciones empíricas del hombre, muchos autores deducen unas normas de comportamiento humano que no se refieren a lo que Jesucristo llamaba "el principio" (Mt 19, 8), es decir, a la voluntad originaria de Dios Creador sobre el hombre, sino a lo humano marcada por el pecado. Sólo en Jesucristo, el hombre perfecto, se nos revela la norma y medida de lo humano según la voluntad originaria de Dios Creador. Sólo en Jesucristo muerto, resucitado y dador de su Espíritu, y no en teorías exigentes o condescendientes con nuestros pecados, podemos encontrar el perdón y la misericordia que den paz a nuestras conciencias y salvación y esperanza a nuestras vidas.
Mientras todos los hombres nacen en pecado y, por tanto, con la semilla de la muerte entrañada (Rm 5, 12), en Jesús (y, en vistas a él, en María Inmaculada) nos encontramos con un hombre concebido virginalmente por obra del Espíritu Santo y sin pecado desde la raíz, un hombre confiadamente abierto a Dios Padre y a los demás, y sobre el que la muerte, consecuencia del pecado, no tiene ningún poder; un hombre que muere por su entrega a los hombres pecadores. Gracias a la acción del Espíritu, Jesús resucitado y sentado a la derecha del Padre llega a ser Hijo de Dios en poder (Rm 1,4), último Adán y Espíritu vivificante (1 Cor 15,45: "En efecto, así como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, Espíritu vivificante"). El Espíritu elimina en él la tensión entre la vida según la carne y su santidad interior como Hijo preexistente. Jesús resucitado y sentado a la derecha del Padre se hace Espíritu vivificante, da el Espíritu, extiende así su acción reveladora y salvífica a todos los tiempos y a todos los hombres: uniéndoles a él, les habilita para morir al pecado y nacer a la vida nueva de Dios.
Nos apropiamos de la nueva vida de Jesucristo resucitado e inauguramos la experiencia cristiana del Espíritu por la fe y por el bautismo, que es un nuevo nacimiento en Cristo. Pablo presenta el bautismo como una participación en el destino de muerte y resurrección de Cristo (Rm 6, 1-14). El bautizado, muerto y resucitado con Cristo por el Espíritu, recibe una vida nueva (Rm 6,3-11) escondida en Dios (Col 3, 3): viviendo por Dios en Cristo Jesús, es llamado a caminar según el Espíritu y a manifestar sus frutos en la vida (Gál 5, 16-25). La participación posterior en la Eucaristía es punto culminante de la configuración con Cristo, de la comunión con los hermanos, pregustación del banquete celestial y fuente de vida eterna (Jn 6,51-58).
En la actual situación cultural y social estamos llamados a tomar conciencia de que el rito del Bautismo inauguró nuestro ser bautismal, nuestra incorporación a Cristo, a su muerte y resurrección, pero no los concluyó. La justicia y santidad ontológicas que se nos comunican en el Bautismo no son sólo un tesoro a guardar celosamente, sino sobre todo un germen de vida cargado de promesas y potencialidades que estamos llamados a desarrollar y llevar responsablemente a su cumplimiento con la gracia del Espíritu. El germen bautismal puede quedarse a medio camino o fracasar cuando relajamos los vínculos personales y existenciales con Cristo y con su Iglesia, olvidamos la tarea de desarrollar el don recibido o lo vivimos "según una ética minimalista y una religiosidad superficial" (Novo millennio ineunte, 31). Ello no significa que el desarrollo personal de esa justicia y santidad bautismal sea una tarea extraordinaria encomendada sólo a algunos. Todos los bautizados hemos recibido la misma llamada y el mismo don a desarrollar y lo podemos hacer con nuestra vida ordinaria, si bien Dios reserva un camino singular para cada uno de nosotros (ibid.).
La vida en el Espíritu comunicada en el Bautismo es un don de Dios. Pero en ese ámbito nada se realiza sin la cooperación de la respuesta libre del hombre. Esa vida en el Espíritu supone un continuo pasar de los criterios pecaminosos del hombre viejo y de los valores provisionales y creaturales, en los que estamos alojados, a la libertad de la filiación divina, lo cual no deja de suscitar perplejidad y angustia desde el punto de vista de los criterios mundanos y no se realiza sin los dolores del parto de una nueva criatura. Vivir con la libertad de los hijos de Dios conlleva un ejercicio continuo de salir de nosotros mismos y entrar en la esfera de Dios, como Abraham, el arameo errante: "Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré" (Gn 12, 1). Además, el pecado está presente en los individuos y en las sociedades. En esta situación, el creyente y la comunidad eclesial construyen la comunión con Dios y con los hombres sólo cuando permiten que la omnipotencia redentora de Dios los libere del dominio del mal, purificándolos a fondo: "Sin efusión de sangre no hay remisión de los pecados" (Heb 9, 22). Hay que morir cada día con Cristo. Es necesario llevar "siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra vida mortal" (2 Cor 4, 10-11). El cristiano lucha, sufre y muere con Jesucristo, para vivir eternamente y sentarse como él, y en él, a la derecha del Padre.
La vida cristiana es, pues, una ascesis que se define por la relación a Jesucristo. Es, por tanto, una ascesis de la fe y del seguimiento, que exige una lucha continua para pasar del cierre a nuestro destino trascendente a la apertura al mismo, tal como se nos revela en Jesucristo; pasar de comprender y vivir la vida a partir de nosotros mismos o de cualquier otra realidad mundana a comprenderla y construida a partir de Jesucristo muerto, resucitado y dador del Espíritu. Es una ascesis de la cruz, que no pone el acento en las propias complacencias, sino en agradar a Dios como lo hizo Jesucristo en el Getsemaní y en el Gólgota. Y es una ascesis escatológica de la espera vigilante en la venida del Señor, para no caer, ante las fatigas y desilusiones de la vida, en la languidez de la fe, para estar siempre abiertos y disponibles a las nuevas llamadas de Dios y para tener siempre la mirada puesta en la venida del Señor, en el juicio y en la gloria.
[b:7488460a0e]5. Como principio de una vida nueva de amor y entrega a Dios y a los hermanos[/b:7488460a0e]
Pablo enseña que el núcleo configurador de la vida cristiana estriba en la fe que actúa por el amor: "En Cristo Jesús, ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por el amor" (Gál 5, 6). Y Juan explica que el amor consiste en que Dios entregó su Hijo por nosotros, que hemos conocido ese amor en que Cristo dio su vida por nosotros y que los cristianos tenemos que prolongar e imitar ese amor de entrega: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó y nos entregó a su Hijo" (1Jn 4, 10); Y también: "En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él (el Hijo) dio su vida por nosotros. También nosotros tenemos que dar la vida por los hermanos" (1 Jn 3, 16).
El amor que sintetiza el acontecimiento de Cristo y a través del cual se encarna y hace "visible" en la historia de los hombres, remite a la fuente propiamente teológica de ese acontecimiento. Por eso, Juan puede escribir que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Esta expresión resume la revelación y experiencia postpascual del Dios manifestado en Cristo y, más en el trasfondo, la entera experiencia religiosa de Israel que encuentra en él su cumplimiento: el Dios Creador e infinitamente trascendente que ha elegido a Israel como su Pueblo y ha establecido una alianza con él, en Cristo se ha hecho Dios con nosotros para todos los hombres y se nos ha entregado en él y en el Espíritu, y de este modo nos ha revelado su ser más íntimo: Dios es en sí mismo amor, misterio infinito de entrega, comunicación y acogida recíprocas. En una palabra, Dios es amor y a través de Cristo y del Espíritu operante en su Iglesia y en los corazones invita a los hombres a seguirle y participar en ese amor.
La figura y testimonio supremo en que se nos han manifestado ese Dios-amor y su entrega es el abajamiento de la cruz de Cristo (Flp 2, 6-11), anticipado simbólicamente en el servicio del lavatorio de los pies y perpetuado sacramentalmente en la Eucaristía: el Dios omnipotente se ha hecho humilde, el infinito se ha hecho pequeño, el santo fue hecho maldición y pecado para liberarnos de la maldición y del pecado (Gál 3, 13; 2 Cor 5,21). Sólo en este testimonio de Jesucristo puede el hombre descubrir lo que es verdaderamente el amor en plenitud: lo que es el amor de Dios y lo que es el amor al que está llamado su corazón.
La Iglesia y la vida cristiana toman forma y nacen de la fe y contemplación de éste amor (1 Jn 4, 16), de la apertura confiada y total al acontecimiento del amor de Dios manifestado y realizado en Cristo por medio del Espíritu. Es la comunidad de los que han sido atraídos por el Crucificado: los que miran al que "atravesaron" (Jn 19, 37; 8, 28; 12, 32), y se reúnen para celebrar su Pascua, contemplar el amor entre el Padre y el Hijo (Lc 23, 48) y el de ambos a los hombres, acoger el don de su Espíritu, y esperar la venida definitiva de Cristo, mientras caminan por la historia acogiendo y participando en ese amor de Cristo. Como el pueblo de Israel seguía a Dios por el desierto, los cristianos siguen a Jesucristo y forman un pueblo que camina en la historia y promueve y transmite su acontecimiento de amor en las situaciones y realidades más variadas y complejas de la historia. Como Jesús vive en forma humana y refleja el amor del Hijo y del Padre en la fuerza del Espíritu, la Iglesia, por la fuerza del mismo Espíritu, vive y refleja el amor de Cristo para hacerlo plenamente historia de los hombres.
El amor de Dios manifestado en Cristo no es sólo el origen y la fuente de la Iglesia, sino también su forma de vida. Por eso, el amor cristiano y eclesial tiene algunas características y exigencias que arrancan de esa forma interna cristológica y trinitaria, a la que siempre remite y celebra y de la que siempre vive, sin poder trasparentarla ni encarnarla nunca de un modo pleno.
El cristiano, tocado por el amor de Dios en Cristo, reconoce en todo hombre, principalmente en el pobre, solo y necesitado, el rostro de un hermano, más aún, el rostro del primogénito de los hermanos que se refleja en muchos hermanos: el rostro de Cristo. En el rostro del hermano necesitado que me interpela y reclama, y a través del cual descubro mi responsabilidad moral, se refleja para el cristiano la presencia religiosa del Absoluto, de Dios, más aún, del Hijo de Dios encarnado y en él del Padre, que me llaman y me vinculan con el otro y me hace su hermano.
La relación con el rostro del otro llega a su cumplimiento cuando el otro me reconoce también a mí como su hermano. Por eso, el amor cristiano es acogida de la comunión trinitaria y tiene una dinámica de expresión y creación de comunión eclesial. Lo enseña Cristo al dar el mandamiento nuevo: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). La reciprocidad de este amor tiene origen trinitario: la reciprocidad del Padre y del Hijo desvelada a la luz y por la fuerza del Espíritu. Esta reciprocidad implica el reconocimiento de la alteridad, la comunión y complementariedad. Este amor se manifiesta como una unidad profunda en la distinción y en la libertad.
El amor cristiano y eclesial tiene siempre una dimensión de entrega de la propia vida para poder ganarla. Es la ley del Crucificado resucitado. Sin esta profundidad y radicalidad de la entrega, el amor no alcanza plenamente su verdad. Es asimismo apertura y proyección hacia un tercero. Radicado en el amor de Cristo y de la Trinidad, es lo contrario a una cerrazón sectaria. A la vez que crea comunión y unidad internos, el amor eclesial impulsa a la misión, porque es apertura y desbordamiento.
Así como el amor de Dios Padre y de su Hijo se encarnó en Jesús por el Espíritu, así también el amor cristiano y eclesial tiene que encarnarse, hacerse historia, palabra y gesto en todas la dimensiones y ámbitos de la vida del hombre: la personal, la familiar, la social, la política, la institucional...
La forma interna del amor eclesial es un don gratuito que el cristiano en particular y la Iglesia en su conjunto tienen que cultivar y hacer fructificar. El amor eclesial tiene que llegar a ser lo que ya es por gracia: acontecimiento del amor de Dios en Cristo por el Espíritu. Para ello debe configurarse como transparencia del amor cristológico y trinitario: el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu se hace presente a través de la Iglesia, en la medida en que ésta sabe transparentarlo, y de este modo hace creíble el acontecimiento de la salvación e incide positivamente en su misión.
Pero el amor de los cristianos no sólo tiene que alimentarse siempre de nuevo. de la fuente cristológica y trinitaria del amor, sino que debe ser consciente de que nunca lo traduce y refleja de una manera plena y total. La conciencia de esta diferencia está manifestada históricamente en el hecho de que la Iglesia no sólo da testimonio transparentando el amor cristológico y trinitario, sino también celebrándolo y narrándolo continuamente y siempre de nuevo.
En definitiva, la Iglesia, que recibe el amor de Cristo y de la Trinidad, está llamada a proyectarse hacia el mundo, en la espera y en la llamada de la consumación escatológica; está llamada a representar el acontecimiento del que continuamente está naciendo, y a modelar su servicio de amor al mundo según el amor de Cristo.
















