[i:c566a30d36]NOTA IMPORTANTE. Como hemos avisado en otros temas del foro, en Paz y Justicia no tenemos las ponencias en soporte informático, sino que las escaneamos de los folletos que se se entregan a los sinodales. Eso crea un problema a la hora de transcribir aquí (no así en el formato word) las notas a pie de página.
En concreto, está ponencia está llena de abundantes y amplias (y muy interesantes) notas a pie de página. Las soluciones que hemos usado en otros momentos del foro no valen para esta ponencia, por el mucho número de notas que, como decimos, tiene la ponencia.
Por tanto, en este caso incluimos SÓLO el texto de la ponencia, SIN las notas. De hecho, el objetivo de que la ponencia esté aquí es sólo para animar la participación y el debate de los foreros.
Porque recuérdese que quien quiera tener tanto texto como notas (y repetimos que en esta muy buena ponencia, las notas son inmejorables) puede descargarse la ponencia completa en [b:c566a30d36]formato word[/b:c566a30d36])[/i:c566a30d36]
[b:c566a30d36][size=24:c566a30d36]CÓMO VIVIR la COMUNIÓN en la IGLESIA[/size:c566a30d36][/b:c566a30d36]
[size=18:c566a30d36][b:c566a30d36]PRESENTACIÓN[/b:c566a30d36][/size:c566a30d36]
«Lo que vale es la fe que actúa por el amor» (Ga1 5, 6). Esta afirmación paulina evoca de forma precisa el itinerario de nuestra Asamblea sinodal. La fe es apertura y recepción activa de la iniciativa amorosa de Dios; es también seguimiento de Jesucristo en su caminar hacia el Padre desde los últimos de la tierra.
Creer en Cristo y amar al hermano forman el mandamiento único de Dios: «Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros» (1Jn 3, 23). La fe y la caridad están intrínsecamente unidas. La dicotomía entre una y otra acarrea la ruina de ambas.
Los que han renacido del agua y del Espíritu Santo, están llamados a ser conscientes de que Jesús resucitado actúa en ellos y por ellos en la historia. La comunión con Cristo se proyecta en servicio pobre y humilde a la humanidad, desde el lugar del esclavo ; y la comunión en él con los hermanos se proyecta en servicio universal, en particular a los más pobres .
«El amor de Cristo nos apremia» (2Cor 5, 14) a vivir para él y con él al servicio de la salvación y liberación de la humanidad, a transformar la realidad injusta, a luchar contra todo aquello que obstaculiza la vocación y misión de los hombres, en particular de los pobres, en la historia. Dios convoca a nuestra Iglesia diocesana a dar testimonio de su amor en este mundo, al que ama con pasión para llevarlo a su plenitud.
Tomando como punto de partida las aportaciones de los grupos al Cuaderno 5, ¿Cómo dar testimonio del Evangelio sirviendo a las personas y a la sociedad?, la ponencia presenta, en una primera parte, las convicciones y constataciones que se desprenden de las respuestas a los diferentes cuestionarios. En un segundo momento, trata de iluminarlas desde la Revelación, el Magisterio y la experiencia de la Iglesia. La tercera parte presenta los criterios de fondo que deberían guiar la acción social y caritativa de nuestra diócesis. Por último se ofrecen unas propuestas para el estudio y trabajo de la Asamblea sinodal.
[size=18:c566a30d36]I. LA PRÁCTICA DE LA CARIDAD EN NUESTRA DIÓCESIS[/size:c566a30d36]
En las respuestas de los Grupos de Consulta se encuentran gran número de constataciones, convicciones e interpelaciones sobre la práctica de la caridad en nuestra Iglesia diocesana. Son una invitación a la acción de gracias, al discernimiento, a la conversión y al servicio renovado a los más vulnerables de nuestra sociedad desde la caridad de Cristo.
[b:c566a30d36]1. La comunidad eclesial y la opción preferencial por los pobres[/b:c566a30d36]
A través de las aportaciones de los grupos de consulta emerge una convicción de fondo: El servicio a los pobres y débiles, a los más vulnerables de nuestra sociedad es responsabilidad del conjunto de la comunidad cristiana y no sólo de un grupo de voluntarios o especialistas. Es, sin duda alguna, un signo de la acción del Espíritu Santo entre nosotros y que debemos acoger en la acción de gracias. Prolongando esta intuición, los grupos piden con insistencia:
+ que las comunidades parroquiales, en su acogida, sean la expresión de una 'Iglesia madre y hogar' de los desvalidos e indefensos. Juan Pablo II escribe: «Tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en 'su casa'» (NMI 50);
+ que la diócesis desarrolle una real pastoral del mundo del trabajo y con los inmigrantes;
+ que todos los cristianos se impliquen en la defensa de la vida y en la edificación de la paz;
+ que los ministros ordenados y los consagrados/as impulsen a las comunidades y grupos eclesiales en Madrid a vivir una auténtica opción preferencial por los pobres desde la fe y comunión con Cristo .
Los grupos, por otra parte, reclaman 'nueva imaginación de la caridad', pues falta ese compartir fraterno y solidario en la vida cotidiana. Esta aspiración y denuncia, que el Espíritu alumbra en el corazón de personas, grupos y comunidades, nuestro Sínodo está llamado a plasmarla en un programa de vida y acción.
[b:c566a30d36]2. Integrar el servicio a los pobres en el proceso evangelizador de la Iglesia[/b:c566a30d36]
Los grupos de consulta han insistido en la necesidad de integrar convenientemente la acción social y caritativa en el proceso evangelizador. El compromiso y servicio en favor de los más desvalidos enriquece a la Iglesia y abre cauces para reanudar el diálogo con el mundo de los alejados. «La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras» (NMI 50).
Las aportaciones constatan falta de articulación entre los procesos catequéticos, la celebración litúrgica y la acción socio-caritativa. Piden reflexión y discernimiento para orientar la conversión de los corazones, de las acciones e instituciones eclesiales. La acción caritativa y social de la Iglesia es parte constitutiva de la misión misma del Señor. En efecto, Jesús, a los discípulos enviados por Juan Bautista para preguntarle si era el Mesías o debían esperar a otro, les respondió: «Id y contad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, lo leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. jY dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo!» (Mt 11, 4-6).
[b:c566a30d36]3. Salir, ver, oír, compartir y actuar de forma coordinada[/b:c566a30d36]
Los grupos de consulta instan a los cristianos, a los grupos eclesiales y a las comunidades parroquiales a salir al encuentro de los pobres y de las nuevas situaciones de pobreza. Conscientes del reto lanzado por los pobres, los débiles, los trabajadores e inmigrante s a la sociedad y a la Iglesia, subrayan la necesidad de luchar contra la indiferencia y apatía ante el hermano marginado. La caridad divina obliga a tomar la delantera para ir al encuentro de los que se encuentran al borde del camino. Los grupos de consulta plantean así una cuestión decisiva en orden al discernimiento y fidelidad de nuestra Iglesia diocesana: ¿Cómo vivimos el dinamismo de la encarnación redentora? ¿Cómo salir con Cristo al encuentro de los que están lejos, perdidos y como muertos, para invitarlos al banquete del reino de Dios?
Las aportaciones de los grupos han indicado los siguientes caminos de conversión para la acción pastoral de la diócesis:
+ La comunidad cristiana no puede replegarse sobre ella. Está urgida a asomarse al mundo para detectar las nuevas formas de pobreza; y, por otra parte, debe abrir sus puertas para que los más pobres y frágiles dejen oír su voz y ocupen el lugar de preferencia que les corresponde en ella.
+ Es de capital importancia educar la mirada de los bautizados, para descubrir y contemplar el rostro de Jesús en el rostro dolorido de los pobres.
+ Para escuchar, discernir y acoger la voz de Cristo en las situaciones de pobreza, los cristianos están llamados a reunirse para releer esas situaciones a la luz de la palabra de Dios.
+ La acción de la Iglesia con los últimos, para estar de acuerdo con la manera de actuar de Jesús, debe arrancar de una verdadera comunión con sus situaciones de vida y legítimas aspiraciones. Si por la vista y el oído los necesitados alcanzan las entrañas compasivas de los cristianos y de las comunidades, sólo quien palpe sus condiciones de vida, podrá desplegar la acción oportuna.
+ La necesidad de coordinarse en la sociedad urbana, tan plural, compleja y cambiante, se presenta como una exigencia prioritaria para prestar un servicio de calidad a los pobres, para desarrollar una acción evangelizadora entre los inmigrantes y el mundo del trabajo, para promover una verdadera cultura de la vida y de la paz.
Para avanzar en esta dirección, se propugna la necesidad de cultivar la interioridad y una formación adecuada, camino permanente de conversión. La acción brotaba en Jesús de sus entrañas compasivas: «Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.» (Mc 6, 34) La compasión es el principio de la acción. El Maestro iluminó con la palabra, bendijo el pan y lo distribuyó; educó a sus discípulos en la compasión y los asoció a la acción de organizar y dar de comer a la hambrienta muchedumbre.
[b:c566a30d36]4. El significado de los pobres en la sociedad y en la Iglesia[/b:c566a30d36]
Las aportaciones de los grupos de consulta muestran una nueva sensibilidad en torno a los pobres. El Espíritu Santo está alumbrando en nuestra Iglesia diocesana una comprensión del pobre y del indefenso más ajustada al dato revelado. Se insiste en la necesidad de verlos como personas y actores de la historia, sin que se les reduzca a seres carentes de cosas o derechos, a simples víctimas del sistema y, mucho menos, a un problema. Las respuestas, y es motivo de acción de gracias al Señor, recalcan la necesidad de educamos para ver en el rostro dolorido del indigente un reflejo del misterio del Dios uno y trino, un hermano y compañero de camino, un verdadero socio con quien colaborar en el advenimiento del reino de Dios.
Esta luz, que despunta en la conciencia de los creyentes como una aurora, es todavía tenue y exige de todos un cultivo intenso. Se insiste en la necesidad de ir más allá de los análisis económicos y sociológicos para descubrir las dimensiones antropológicas de las diferentes pobrezas, una verdadera antropología del pobre. Las comunidades han de reflexionar sobre esta cuestión: ¿Qué son los pobres a la luz del mundo y a la luz de la compasión divina ? ¡Qué importante es renovarse sobre la comprensión del pobre e indefenso a la luz de la revelación! Los Padres de la Iglesia han insistido con verdadera pasión en la dignidad de los pobres . Es la condición para renovarse en una auténtica espiritualidad, esto es, en la fe, el amor y la esperanza vividas en la acción con personas y grupos humanos marcados por la fragilidad y la precariedad.
[b:c566a30d36]5. La importancia de evangelizar la generosidad del pueblo de Dios[/b:c566a30d36]
Los grupos de consulta constatan con gozo la existencia de una gran generosidad entre los cristianos, sobre todo ante las catástrofes naturales o provocadas por los hombres. Sin embargo, propugnan una seria revisión de la manera de encauzar esta generosidad, pues no siempre refleja los rasgos de la gracia o generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, «de rico que era, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8, 9).
Se pide: evitar una forma de limosna que sea humillante para los necesitados o genere nuevas dependencias; impulsar una acción caritativa y social que articule correctamente lo asistencial, la promoción humana, la lucha por la justicia y el desarrollo de la cultura de la solidaridad; presentar con claridad y vigor la raíz última de la opción preferencial por los pobres: la comunión con Cristo Jesús, el cual compartió en todo la condición de la carne pobre y débil, menos en el pecado. La espiritualidad cristiana debe desarrollar la impronta y el dinamismo del misterio de la encarnación en la conciencia de los creyentes, grupos y comunidades.
[b:c566a30d36]6. La caridad supone acoger y promover la diferencia[/b:c566a30d36]
Las aportaciones de los grupos de consulta denuncian la tentación de servir y evangelizar a los necesitados, trabajadores e inmigrantes sin respetar suficientemente sus diferencias culturales, su manera de situarse en el mundo. Esto se expresa, ante todo, al abordar la acogida dispensada a los inmigrantes o la pastoral en el mundo del trabajo.
El amor divino no absorbe a la persona ni destruye su cultura, sino que la hace crecer en libertad para entablar con ella una relación de alianza. Es preciso tomar conciencia de lo que significa que Dios haya elegido a los débiles, sencillos, indefensos e insignificantes a los ojos del mundo, para dar testimonio de su obra salvadora . La dignidad de todos ellos sufre menoscabo cuando no se les da espacio y oportunidad para aportar sus riquezas y diferencias al servicio de la edificación del bien común.
La sacramentalidad de la Iglesia quedaría empañada, si no visibilizase la voluntad divina: «Dios mismo distribuyó el cuerpo dando mayor honor a lo que era menos noble, para que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1Cor 12, 24-25). Los pobres son también portadores de las riquezas de la buena nueva del Evangelio.
[b:c566a30d36]7. El Evangelio de la vida y de la paz[/b:c566a30d36]
¿Cómo formar a nuestras comunidades para ser lugar y escuela de servicio a la vida y a la paz? Los grupos de consulta afirman con vigor: El compromiso por la vida y la paz es una exigencia interna de la fe en Jesucristo y del amor al mundo. Puesto que Jesucristo es nuestra vida y nuestra paz, sus discípulos estamos llamados a defender la vida y la paz de manera eficaz, por todos los medios a nuestro alcance. No hay verdadero progreso de la humanidad cuando no se defiende la vida desde su concepción hasta el desenlace natural de la misma; cuando personas, partidos o grupos propician la división, la revancha, los odios o la violencia de las armas.
Los cristianos y comunidades constatan la necesidad de formarse de modo adecuado para dar testimonio del evangelio de la vida y de la paz; para promover campañas de opinión pública y formar las conciencias de acuerdo con la comprensión del ser humano que propugna la doctrina de la Iglesia; para recordar a los cuerpos legislativos la obligación de defender los derechos de todos a la vida y a una vida digna. Es preciso pasar del lamento al diálogo y a la acción firme y organizada, tanto en los ámbitos sociales como en los políticos. El pueblo de Dios que peregrina en Madrid está llamado a una clara toma de postura para promover y desarrollar una cultura de la vida y de la reconciliación entre los pueblos de la tierra. En este punto, como en tantos otros, no bastan las buenas intenciones. Los cristianos, personalmente y como comunidad, estamos llamados a apostar sin paliativos por la vida y por la paz, a promover y reclamar las condiciones necesarias para que una y otra se desarrollen de forma digna, aun cuando no pueda eliminarse el sufrimiento inherente al proceso de la vida y de la convivencia pacífica entre las personas, familias y pueblos.
[b:c566a30d36]8. Los pobres y débiles invitan a renovarnos en la esperanza[/b:c566a30d36]
'El débil que no se siente vencido por la debilidad', pues confía en la fidelidad divina, renueva a los creyentes y comunidades, aun sin saberlo, en la esperanza y acción de gracias. La mirada de la fe descubre en ellos la visita de su Señor, la presencia operante del Evangelio de la gracia.
El coraje y el sufrimiento de tantos pobres, trabajadores e inmigrantes, por otra parte, son una invitación e interpelación constantes a trabajar en la recreación del tejido social y eclesial. La sociedad opulenta, en efecto, se muestra injusta cuando, para mantener su crecimiento, los explota y excluye de la mesa común.
Los pobres obligan a la comunidad eclesial a preguntarse sobre su fidelidad mientras camina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios . ¿Vivimos con alegría nuestra condición de pueblo pobre y humilde? ¿Acogemos la invitación proveniente de ellos para recrear el tejido social y evangélico de nuestras comunidades? Los grupos de consulta interrogan: ¿Cómo la Iglesia diocesana está siendo signo e instrumento de salvación y liberación en medio de la ciudad? ¿Cómo acoge y sirve la esperanza de los últimos en una sociedad globalizada, donde parece que los débiles y los pobres no tienen mucho que esperar? ¿Cómo conjugar la atención a las personas y la acción para transformar las estructuras de pecado y muerte?
[b:c566a30d36]9. El compartir fraterno entre las comunidades y las diócesis[/b:c566a30d36]
El misterio de comunión y misión que es la Iglesia reclama una real solidaridad entre las comunidades y las diócesis. Es preciso que exista un compartir fraterno de bienes y de personas en el seno de nuestra Iglesia diocesana. ¿Cómo vivir la caridad con los de fuera, sin un compartir fraterno entre nosotros?
La cooperación fraterna, con el envío de personas y de bienes, así como con la acogida de las riquezas espirituales, personales y materiales provenientes de otras Iglesias, es vista, ante todo, como una riqueza para nuestra identidad católica.
El repliegue sobre la propia parroquia o sobre la diócesis frena el dinamismo misionero. Por ello se pide cuidar de forma especial la dimensión misionera de la existencia cristiana. La misión está entre nosotros, pero también más allá de nuestras fronteras.
[b:c566a30d36]10. Una auténtica espiritualidad de la caridad[/b:c566a30d36]
Las respuestas a la consulta sinodal contienen este rumor de fondo: Para servir a los pobres, débiles, trabajadores e inmigrantes, al estilo de Jesús, la comunidad cristiana debe desarrollar una auténtica espiritualidad de la caridad o de la comunión. Bendecimos y damos gracias de nuevo al Señor, pues este susurro revela la acción del Espíritu Santo en su Iglesia.
La espiritualidad del amor exige de los cristianos, comunidades e instituciones socio-caritativas, conjugar la escucha del pobre con una acción eficaz, de calidad. El amor, en cuanto es participación de la vida divina, debe articular la escucha contemplativa con la acción fecunda y efectiva. Jesús, al ciego que imploraba su misericordia, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10, 51). Escucha y actúa ante la fe de aquel hombre.
Es preciso superar la tentación del activismo, pues impide caminar como discípulos de Jesús y de los pobres. Existe siempre el riesgo de querer imponer el servicio a los pobres, bien para hacerlos como nosotros, bien para buscar nuestra propia tranquilidad. La espiritualidad auténtica desarrolla el dinamismo de la caridad de Cristo, que condujo a pobres y ricos, esclavos y libres, fuertes y débiles, hombres y mujeres, sabios e ignorantes a la libertad y comunión de la alianza. Jesús enseñó el camino de la alegría: el servicio pobre y humilde.
Después de lavar los pies a sus discípulos y de invitarlos a seguirlo en el servicio, les dijo: «Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís».
[b:c566a30d36][size=18:c566a30d36]II. RELECTURA A LA LUZ DE LA PALABRA DE DIOS, DEL MAGISTERIO Y DE LA EXPERIENCIA DE LA IGLESIA[/size:c566a30d36][/b:c566a30d36]
El Espíritu Santo alumbra, como acabamos de ver, una nueva sensibilidad con relación a los pobres, a la defensa de la justicia, la paz y la vida, a la manera de caminar con los trabajadores e inmigrantes. La ponencia, en esta segunda parte, ofrece pistas y criterios a la luz de la caridad de Cristo para acoger, discernir y cultivar el don de Dios.
Vana es nuestra acción, si no nace de la caridad y la desarrolla. «Aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve» (ICor 13, 3). Es imprescindible discernir si caminamos desde el amor proveniente de Dios o desde otros centros de interés. Jesús alertó a sus discípulos para que no sirvieran a la manera de los grandes de este mundo, es decir desde el poder, la riqueza o el prestigio .
La solicitud y compasión divinas por el pueblo pobre y humillado, incluso rebelde y de dura cerviz, recorre las etapas de la historia de la salvación. Oseas presenta a Dios como un padre con entrañas maternas ante el pueblo proclive a la infidelidad . «La misericordia, dice san Juan de Ávila, es negocio de entrañas ».
La opción preferencial por los pobres, si es vivida en la fe, se presenta como reflejo y testimonio del estilo del amor de Dios, de su providencia y de su misericordia . El amor solícito del Padre por los desvalidos e indefensos se reveló plenamente en la vida y misión del Hijo venido en la pobreza y debilidad de la carne; el discípulo debe contemplar de tal modo su acción con los pobres que, mediante el influjo vital del Espíritu de santidad, sea el propio Cristo quien actúe a través de sus miembros y de su cuerpo, que es la Iglesia . Así se manifiesta la densidad teologal del servicio a los pobres: su perspectiva cristológica, pneumatológica y eclesiológica. En el juicio de la naciones, Jesús dice ser servido en los últimos: «a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 31ss). La fe apostólica, por su parte, afirma: «Si alguno que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (Un 3, 17).
La ponencia, en esta perspectiva, presenta algunos rasgos de la caridad divina tal como se reveló en la vida, acción, oración, misión y pascua de Cristo, Buen Pastor; luego, en un segundo momento, estudia cómo la Eucaristía debe articular "la caridad de las palabras y la caridad de las obras" de la comunidad eclesial.
[b:c566a30d36]1. Rasgos de la caridad a la luz del buen pastor[/b:c566a30d36]
Los profetas cantan el amor entrañable de Dios por el pueblo pobre y por los pobres del pueblo. Lo hacen con tonos, símbolos y matices ricos y complementarios. La tradición profética y los salmos presentan la acción divina como la del pastor que conduce al pueblo hacia fuentes de vida, libertad y felicidad. «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22).
Los evangelistas, en particular Juan, dan a conocer a Jesús como el pastor anunciado por los profetas. La muchedumbre, que andaba como ovejas sin pastor , lo confesó, en efecto, como el profeta y pastor de los tiempos últimos. Él es el único y verdadero pastor, el bueno . La comunidad apostólica tenía la firme y clara conciencia de ser el fruto de su acción y entrega.
La Iglesia desarrolla su vida, identidad y misión en la medida en que hace visible la caridad divina a través de la acción pastoral . El pueblo de Dios es «signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la palabra, en los sacramentos y en el servicio de la caridad» (PDV 57). En efecto, Cristo resucitado se hace presente en la historia a través de los miembros de su Cuerpo, pues a todos los capacita para la misión de evangelizar a los pobres . El Concilio Vaticano II enseña: «Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos (Lc 4, 18), para buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10); así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo» (LG 8).
[i:c566a30d36]1.1. La dinámica del misterio de la encarnación[/i:c566a30d36]
Desde que el viejo Adán le diera la espalda, Dios no ha cesado de salir en busca del hombre. En la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo en una carne semejante a la nuestra ; y lo ungió con el Espíritu Santo, para que diese a conocer su amor por los hijos perdidos, dispersos y frágiles.
La vida del Hijo sobre la tierra fue un caminar hacia los últimos para liberarlos de toda esclavitud y conducirlos a la casa paterna. Salió a los caminos para buscar lo perdido, para convocar a pobres y excluidos, a buenos y malos, al banquete del reino ; para salvar a la carne frágil, asumió su fragilidad; para salir al encuentro de los pobres y esclavos, se hizo pobre y esclavo por amor; para ensalzar a los humillados, se humilló haciéndose obediente hasta la muerte en cruz. La acción socio-caritativa de la Iglesia, por tanto, debe expresar con claridad el dinamismo del amor divino, del ágape que se abaja y despoja para dar a los últimos la posibilidad de caminar en la libertad del amor, la verdadera vocación del hombre .
La Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado en la historia, recibió el Espíritu para actualizar el camino del servicio pobre y humilde de su Cabeza, el dinamismo de su encarnación redentora. Si permaneciera replegada sobre ella misma, no sería fiel al Señor, dejaría de ser expresión sacramental de su caridad. El seguimiento de Jesucristo se verifica en la caridad con los pobres , en la solidaridad con los que sufren la opresión o la marginación. Nuestras comunidades deben interrogarse sobre la manera de acoger, acompañar, servir y caminar con los pobres y los débiles, con los trabajadores e inmigrantes, con los que trabajan por la vida y la paz.
[i:c566a30d36]1.2. Curar las heridas de las víctimas del camino[/i:c566a30d36]
En la parábola del buen samaritano , Jesús urge a hacerse prójimo de las víctimas del camino. Quien permanece indiferente ante ellas o les da la espalda, es reo de la justicia divina . Cerrar sus entrañas al indigente, aun cuando su conducta esté marcada por la ambigüedad, demuestra que uno se encuentra separado de la compasión divina.
Por medio del profeta Ezequiel, Dios denunciaba enérgicamente la conducta de los malos pastores y de los fuertes que no se habían compadecido de los débiles y desvalidos. «No habéis robustecido a las flacas, ni curado a las enfermas, ni habéis vendado a las heridas; no habéis reunido a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas, sino que las habéis tratado con crueldad y violencia» (Ez 34, 4). El evangelista Mateo resume así la actividad de Jesús: «Recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor» (Mt 9, 35-36). En efecto, ungido con Espíritu Santo y poder, Jesús «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38). Vocación y misión de la Iglesia es actualizar el paso de Cristo haciendo el bien. Para ello recibe Espíritu y poder. Proclamar la buena nueva del reino, liberar a los oprimidos, curar las enfermedades y dolencias, sanar las heridas del pecado, de la injusticia, de la mentira, del príncipe de este mundo, incluso de una falsa interpretación de la ley, forma parte constitutiva de la misión del pueblo de Dios. Los cristianos, personal y de forma organizada, deben participar en esta misión de acuerdo con la gracia recibida.
Jesús no se limitó a curar las heridas. Ungido por el Espíritu, como lo había predicho el profeta Isaías (cf Is 11, 1-9), hizo justicia a pobres y débiles, instauró la paz universal, llenó la tierra del verdadero conocimiento de Dios. «El pueblo mesiánico» se presenta, en la historia, por voluntad de Dios como el signo y el instrumento de la acción salvadora de su hijo en la historia de la humanidad (cf LG 9).
[i:c566a30d36]1.3. Llama a cada uno por su nombre[/i:c566a30d36]
Jesús conoce y llama a cada uno por su nombre. Es una forma de presentar su misión liberadora (cf Jn 10, 3-14-23). Conocer y llamar por el nombre, en la perspectiva bíblica,. equivale a reconocer y recrear al otro en su real identidad y dignidad. El indigente dista mucho de ser una cifra o un problema; es una persona única e irrepetible. La caridad divina quiebra el anonimato, recrea para la libertad y el discipulado . ¿Tiene la acción caritativo-social de nuestras comunidades esta orientación?
Pablo VI escribía: «Nos alegramos de que la Iglesia tome una conciencia cada vez más viva de la propia forma, esencialmente evangélica, de colaborar a la liberación de los hombres. Y ¿qué hace? Trata de suscitar cada vez más numerosos cristianos que se dediquen a la liberación de los demás. A esos cristianos' liberadores' les da una inspiración de fe, una motivación de amor fraterno, una doctrina social a la que el verdadero cristiano no sólo debe prestar atención sino que debe ponerla concretamente como base de su prudencia y de su experiencia para traducida concretamente en categorías de acción, de participación y de compromiso» (EN 38). Es preciso discernir hasta qué punto nuestra acción pastoral tiene este impulso liberador, si da a los fieles esa inspiración de fe, amor y esperanza, al tiempo
que les forma para un auténtico compromiso evangélico en todos los campos de la vida pública. Los grupos de consulta han pedido con insistencia formación y espiritualidad en este sentido.
[i:c566a30d36]1.4. El amor da vida en abundancia[/i:c566a30d36]
Jesús no se limitó a dar cosas o paliar las dolencias de los pobres. Con solemnidad afirmó: «Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). A la luz de esta afirmación debe verificarse también si la acción caritativo-social de la Iglesia diocesana avanza en la buena dirección. Todos sus miembros estamos llamados a defender y promover una vida digna para todos y abierta a la trascendencia.
Con la humildad, mansedumbre y tenacidad del Siervo , la Iglesia está urgida a cultivar los gérmenes de vida, presentes en el ser humano. De la vida biológica, por supuesto, pero también de la vida divina. De otra forma no estaría al servicio de la persona humana en su
totalidad, pues toda persona está convocada a la comunión con Dios. El Concilio Vaticano II afirma: «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina»(GS 22). Puesto que él vino a dar la vida, un cristiano permanece fiel a su vocación y misión en la medida que trabaja para desarrollar la vida del ser humano desde su concepción hasta el encuentro con el Padre.
Ahora bien, no existe vida digna sin libertad; y no existe libertad sin hacerse discípulo de la verdad. Jesús decía a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Es necesario afirmado con claridad, pues de otra forma ni se sirve ni se cultiva la vida verdadera. Y esto aun cuando pueda generar ciertos conflictos.
La acción caritativa y social de la Iglesia debe preservar y explicitar la originalidad que le viene de la caridad de Cristo. Si no contribuye a educar a la persona para la vida según Dios, no avanza de acuerdo con su identidad. La Iglesia no puede confundirse con una asociación o una ONG, limitando su acción a la defensa de unos valores determinados. Ella existe para engendrar y educar a la vida plena como una verdadera madre. «Viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo. A él se debe que todo el cuerpo, bien trabado y unido por medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor» (Ef 4, 14-16).
[i:c566a30d36]1.5. Convocar a los pobres para la fiesta[/i:c566a30d36]
La dinámica de la caridad exige reunir a todos en torno al único pastor. La pedagogía puede y debe ser muy variada, pero el horizonte ha de estar claro. La acción eclesial no se ajustaría a la misión recibida del Señor, si no se encaminase a formar un pueblo reconciliado con Dios y entre sus miembros. La llamada a la libertad y a la vida conlleva la congregación de todos en torno a la misma mesa. ¿Cómo existiría de otro modo la relación filial y fraterna?
La comunidad cristiana no sería 'casa de los pobres' si los dejase en el umbral de la puerta o en los despachos. Llegado el momento oportuno y, por supuesto, respetando la libertad de todos, es obligado invitarles a compartir el banquete de la alegría. La caridad impulsa a salir a los caminos para convocarlos a la fiesta. Es preciso articular correctamente la caridad de las palabras y las obras: es una tarea permanente para nuestras comunidades.
Aquí se encuentra un criterio decisivo para discernir nuestra manera de acoger, servir y caminar con los pobres, los trabajadores, los inmigrantes, los parados... No se les puede dejar a la puerta, es preciso que descubran y sientan la Iglesia como su propia familia. El hermano ni es ni puede ser considerado como extraño en la casa paterna.
[i:c566a30d36]1.6. Despojarse de la propia vida para dar vida en abundancia[/i:c566a30d36]
Cristo no se limitó a asumir la condición humana, dio la vida para congregar en la unidad a los hijos dispersos (cf Jn 11, 51-52); se despojó de su manto y se ciñó la toalla del servicio pobre y humilde (cf Jn 13, 1ss). En su pascua, Dios reconciliaba a los hombres consigo y entre sí (cg 2Cor 5, 18.21). Porque se despojó libremente de su vida en favor de todos, fue amado de Dios (cf Jn 10, 17-18) y engendró la nueva humanidad (cf Ef 2, 15). El camino de la pobreza y de la humillación se convirtió desde entonces en fuente de vida y libertad. La Iglesia no puede buscar poder, riqueza o prestigio con la excusa de servir a los últimos. Sólo desde el seguimiento de Jesucristo pobre, su servicio a los débiles y desvalidos adquiere su significado sacramental en el mundo . El Concilio Vaticano ha sido muy explicito en este sentido. "Como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres" (LG 8).
La caridad se expresa, ante todo, en la comunión con Cristo dando su vida en favor de todos. «El que dice que permanece en él, tiene que vivir como vivió él» (Un 2, 6). No hay auténtica espiritualidad de la caridad sin adentrarse en el dinamismo y entraña de la pascua del Hijo, sin comunión con los sufrimientos de Cristo para dar la vida al mund043. El Espíritu alienta este impulso en las personas y comunidades; pero exige la conversión de los corazones, así como ajustar la acción de las personas, comunidades e instituciones ec1esiales en esta dirección. La acción caritativa y social de la Iglesia no puede seguir los criterios de la eficacia según el mundo, menos aún entrar en competencia con otras organizaciones al servicio de los pobres .
[b:c566a30d36]2. La Eucaristía y el servicio de los pobres[/b:c566a30d36]
La Eucaristía, que estructura la acción litúrgica y el anuncio del Evangelio, debe estructurar también la acción caritativa y social de la comunidad ec1esial. La comunión es inseparable del servicio de la caridad, esto es, de la diaconía . Cuestión importante para la formación y espiritualidad de los fieles laicos, de los ministros ordenados y los miembros de la vida consagrada. En la Eucaristía, por otra parte, encontramos criterios de discernimiento para mejorar la calidad de la acogida y del compartir fraterno con los más vulnerables e indefensos de nuestra sociedad.
[i:c566a30d36]2.1. La mesa compartida[/i:c566a30d36]
La Eucaristía, banquete sagrado y festivo, anticipa el banquete del reino preparado por Dios para todos los pueblos de la tierra . La invitación al banquete es gratuita. «Venid por agua todos los sedientos; venid aunque no tengáis dinero; comprad trigo y comed de balde, vino y leche sin tener que pagar » (Is 55, 1). El sacramento del altar configura a la comunidad como signo e instrumento del amor gratuito y universal de Dios, como servidora de la esperanza de los indigentes. Así lo explicita una de las plegarias eucarísticas: «Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostramos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando» (Plegaria eucarística V lb). La Iglesia está llamada a ser lo que recibe : una mesa abierta y gratuita para los cansados, agobiados y deprimidos. «El compartir, dirá san Juan Crisóstomo, radica en la naturaleza misma del cristiano» .
,Como exigencia radical de su plegaria, la comunidad eucarística debe estar atenta a la voz de Cristo en las situaciones de pobreza : «que todos los miembros de la Iglesia sepamos discernir los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio; que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación» (Plegaria eucarística V / c).
[i:c566a30d36]2.2. La fraternidad en Cristo[/i:c566a30d36]
La Eucaristía, por otra parte, recrea continuamente a la Iglesia como cuerpo fraterno. «Si el pan es uno y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10, 17). La comunión eucarística aviva la gracia bautismal de ser uno en Cristo, de unas nuevas relaciones fraternas.
La fracción del pan conlleva la comunión de bienes entre hermanos. Es escuela de solidaridad y apertura universal. Dios da gratuitamente a todos el mismo y único pan. Nadie posee los bienes en exclusiva para él . Lo que es y tiene, lo recibe como don a compartir con los demás. «Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2, 44-45).
Pero la comunión fraterna no es sinónimo de uniformidad. En la espiritualidad de la comunión, el hermano diferente es vivenciado como auténtico regalo de Dios. En la casa paterna no hay huéspedes o forasteros, son todos hermanos. Esto supone educar a las comunidades en una apertura realmente católica, la propia de la caridad. Hay que acoger como hermanos a los que vienen de lejos, valorando su cultura y respetando las formas religiosas de expresar la fe común.
La Iglesia celebra en la Eucaristía su condición de pueblo nuevo. «Porque Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de la enemistad que los separaba... Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz» (Ef 2, 14-15). Así toma conciencia de su vocación y misión en la historia: En Cristo es «para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación»; pues fue él quien la instituyó «para ser comunión de vida, de caridad y de ver- . dad», «para que fuera para todos y cada uno el sacramento de la unidad salutífera» (LG 9).
Misión de la Iglesia es trabajar por la reconciliación fraterna de la humanidad. La paz exige que los fuertes se conviertan a los débiles, los ricos a los pobres, los sabios a los ignorantes. La sacramentalidad de la Iglesia resplandece ante el mundo cuando los pobres, débiles, ignorantes y pecadores ocupan un lugar central en su regazo materno.
[i:c566a30d36]2.3. La casa de los pobres[/i:c566a30d36]
Pablo denunció con energía las celebraciones eucarísticas de la comunidad de Corinto: los pobres eran menospreciados y, en consecuencia, la Iglesia y el mismo Señor. «Cuando os reunís en asamblea, ya no es para comer la cena del Señor, pues cada cual empieza comiendo su propia cena, y así resulta que, mientras uno pasa hambre, otro se emborracha... ¿En tan poco tenéis la Iglesia de Dios, que no os importa avergonzar a los que no tienen nada?.. Por eso, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente se hace culpable de profanar el cuerpo y la sangre del Señor» (1 Cor 11, 17-34). La defensa de los débiles en el seno de la comunidad forma parte del ministerio apostólico .
En una familia donde reina el amor, los más débiles reciben un trato de preferencia. La justicia divina, nacida de la ternura y de las entrañas compasivas, da más cariño al que más lo necesita. La comunión con Cristo lleva a los fuertes a sobrellevar las flaquezas de los débiles (cf Rom 15, 1-7). La defensa de los indefensos forma parte de la apremiante caridad de Cristo. Cuando ellos se sienten en ella como en su propia casa, la Iglesia se convierte en una palabra profética: denuncia la injusticia y anuncia la esperanza.
En las celebraciones eucarísticas debe resonar la voz de Cristo en las situaciones de pobreza; el ritmo mismo de la celebración debe adaptarse al caminar de los débiles. La comunidad, para ser lugar y escuela de comunión fraterna, está urgida a revestirse de los sentimientos de Cristo , tal como se manifiestan en el lavatorio de los pies y en el don de sí mismo en el cuerpo y sangre.
Para que los excluidos, por otra parte, sientan a la Iglesia como su casa -y no sólo como refugio o albergue- ella debe adoptar el estilo de vida de las bienaventuranzas. En las mansiones de los grandes según el mundo, los pobres y sencillos se sienten extraños y siervos. Esto debe tenerse muy en cuenta a la hora de acoger a los que piden cualquier tipo de ayuda.
[i:c566a30d36]2.4. Presidir la Eucaristía y el servicio de las mesas[/i:c566a30d36]
El ministerio apostólico preside la vida de la comunidad cristiana . Esta presidencia abarca todas las dimensiones del organismo vivo que es la Iglesia, incluida la atención a los pobres.
Los creyentes vendían sus bienes y los ponían a los pies de los apóstoles, que los distribuían de acuerdo con las necesidades de cada uno . Cuando la comunidad creció, los Doce encargaron el cuidado de las mesas a servidores (diáconos) llenos de fe y Espíritu Santo (cf Hch 6, 1-7); pero jamás dejaron ellos de preocuparse por los necesitados. Pedro pidió a Pablo solidaridad con los pobres de sus comunidades (cf Gal 2, 10) en señal de comunión; y el apóstol de las gentes lo tomó muy en serio como se manifiesta en la organización de una colecta en favor de la Iglesia madre (cf 2Cor 8-9). En el día de su ordenación, el Obispo se compromete a ser 'padre de los pobres'; y el Concilio Vaticano II instó a los presbíteros a tener una solicitud particular por los más frágiles de la sociedad . San Jerónimo escribe: «La gloria del obispo es ayudar a la necesidad de los pobres; y la ignominia de todo sacerdote es afanarse por sus propias riquezas» .
El ministerio de la presidencia exige cuidar de los últimos y defenderlos de quienes no los respetan en su dignidad. El culto y el servicio de Cristo en el ara del altar es inseparable del servicio y culto que se le tributa en los pobres . Presidir la marcha del pueblo sacerdotal, por tanto, exige trabajar para que ellos adquieran el lugar que les corresponde en la comunidad y en el anuncio del Evangelio. ¿Cómo ignorar que «pobres y lisiados, ciegos y cojos» fueron los primeros en responder a la invitación para participar en el banquete del Reino (cf Mat 21, 28-32)? ¿Cómo acallar que ha sido beneplácito del Padre revelar a su Hijo a los pequeños y sencillos cf Mat 11, 25-30; Lc 10, 21-22; 1Cor 1, 26-29.)? ¿Cómo olvidar que son ricos en la fe y herederos del Reino (cf Sant 2, 1-13)? Es importante que los que presiden la Eucaristía expresen con su estilo de vida y acción una clara preferencia por los pobres.
«El sacerdote es el hombre de la caridad, y está llamado a educar a los demás en la imitación de Cristo y en el mandamiento nuevo del amor fraterno» (PDV 49). A él le corresponde recordar a la comunidad cristiana que los pobres están llamados a ser sujetos y actores tanto en la Iglesia como en el mundo . La comunión con el cuerpo entregado de Cristo apremia a los discípulos a optar, personal y comunitariamente, por el servicio de los necesitados e indefensos de la sociedad, por los pecadores y los débiles en la fe.
[i:c566a30d36]2.5. Organizar la caridad en la Iglesia[/i:c566a30d36]
La atención al desvalido y necesitado acontece, cierto, las más de las veces a través del hermano que comparte con él la escalera, el trabajo, el autobús o la calle. La caridad desborda cualquier organización, pues Dios sigue cumpliendo su promesa: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36, 26).
Sin embargo, el compartir fraterno de los bienes materiales y espirituales, como la enseñanza apostólica, la liturgia o las oraciones, reclama un ordenamiento adecuado; y al que preside la marcha del pueblo de Dios le corresponde organizar, coordinar y presidir el ministerio de la caridad.
La comunidad eclesial, a lo largo de la historia, organizó la atención a los pobres de formas muy variadas; siempre en estrecha relación con la Eucaristía. El compartir fraterno de los bienes se inscribe en la entraña y estructura de la celebración. La fracción del pan debe inspirar y configurar la dimensión personal, institucional y estructural de la acción caritativa y social en la actual situación de la sociedad globalizada.
El misterio eucarístico alumbra sin cesar una 'nueva imaginación de la caridad', pues lleva en su entraña el compartir fraterno, el compromiso para hacer visible el reinado de Dios en la historia. Abierta hacia el mundo, la comunidad tiene la responsabilidad de dialogar con las personas e instituciones comprometidas en el advenimiento de un mundo más justo y fraterno. El pan y el vino, transubstanciados en el cuerpo y sangre de Cristo, son la expresión del mundo creado por él, en él y para él.
[i:c566a30d36]2.6. La tensión escatológica de la Eucaristía[/i:c566a30d36]
La Eucaristía no es sólo memorial del pasado, sino prenda también del futuro. Pablo escribía: «Siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva» (lCor 11, 26). Y Juan Pablo II comenta: «La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo; es, en cierto sentido, anticipo del Paraíso y 'prenda de la gloria futura'» (EDE 19).
Esta tensión escatológica no exime de trabajar para transformar el mundo, todo lo contrario. El pan eucarístico pone en los comensales una' semilla de viva esperanza', al tiempo que ‘estimula nuestro sentido de responsabilidad con respecto a la tierra’ (cg GS 38-39). «Anunciar la muerte del Señor 'hasta que venga', comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo' eucaristía'. Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana: j Ven, Señor Jesús!».
La celebración del misterio de la Eucaristía conlleva consecuencias personales, sociales, políticas y cósmicas encaminadas a sostener y desarrollar la esperanza de los pobres de la tierra. «Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia, de solidaridad en relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las numerosas contradicciones de un mundo ‘globalizado', donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor» (EDE 20).
[size=18:c566a30d36][b:c566a30d36]III. PERSPECTIVAS DE FUTURO[/b:c566a30d36][/size:c566a30d36]
Teniendo en cuenta las aportaciones de los grupos de consulta, la luz de la revelación y de la tradición viva de la Iglesia, la ponencia presenta, en esta tercera parte, algunas orientaciones y perspectivas de futuro, como marco en el que se inscriben las propuestas que presenta al trabajo de esta Asamblea sinodal.
[b:c566a30d36]1. La comunidad cristiana, sujeto de la acción caritativa y social[/b:c566a30d36]
La misión de evangelizar incumbe a la Iglesia entera por mandato divino . Cuantos forman parte de la comunidad cristiana están llamados, de forma personal y organizada, a proclamar la fe, a dar razón de la esperanza, a ser testigos de la caridad en medio de los últimos de la tierra.
La opción preferencial de la Iglesia por los pobres es una exigencia intrínseca a la fe cristiana; y no sólo un imperativo ético. La fe reconoce «en la persona de los pobres una presencia especial suya (de Cristo), que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos» (NMI 49). Por el hecho de ser 'sacramento universal de salvación' (cf GS 45), el pueblo de Dios tiene la misión de manifestar y realizar el misterio del amor de Dios al hombre, en particular a los más desfavorecidos. Nuestras comunidades, en la medida que dan testimonio del estilo del amor de Dios, de su providencia y compasión para con los pobres, siguen sembrando las semillas del reino de Dios en la historia y se implanta ella misma en el corazón del mundo de los alejados (CF NMI 49).
«Cuando la Iglesia anuncia el reino de Dios y lo construye, ella se implanta en el corazón del mundo como signo e instrumento de ese reino que está ya presente y que viene» (EN 59).
Por el hecho de que la comunidad cristiana es el sujeto último de la acción caritativa y social, nadie puede vivirla al margen de la comunión o alzarse como dueño de ella. Los ministros ordenados, los consagrados/as, los voluntarios/as y el personal técnico deben actuar de forma que fomenten la participación y responsabilidad de todos. Es necesario un trabajo paciente y disciplinado de la comunidad, para escuchar y servir al Señor en los últimos y excluidos.
Necesitamos una espiritualidad de la caridad, un verdadero impulso místico para ser testigos del amor apasionado de Cristo por los más desvalidos. Vivir en comunión con Jesús conlleva salir en busca de lo perdido, curar enfermos, instruir a los que andan como ovejas sin pastor, dar de comer a las muchedumbres hambrientas. De él seguimos recibiendo el pan para distribuido a los hambrientos de justicia, de dignidad y de Dios. ¿Dónde quedaría la afirmación de la Iglesia como misterio, comunión y misión, sin una acción comprometida en favor de los débiles y menospreciados de este mundo?
[b:c566a30d36]2. La acción caritativa y social en el proceso evangelizador[/b:c566a30d36]
Puesto que la comunidad, animada por el Espíritu Santo y presidida por sus legítimos pastores, es el sujeto de la evangelización, del culto y de la acción socio-caritativa, es necesario articular esas tres dimensiones constitutivas de la vida y acción de la Iglesia, en las que se expresa el único amor divino. La unidad de fe, amor y esperanza está llamada a manifestarse en la celebración litúrgica, en la enseñanza apostólica y en la opción preferencial por los pobres . La evangelización de ricos y pobres conlleva una comprensión y vivencia correctas de lo bienes del mundo y del servicio a los más pobres . «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16, 13).
La caridad de las palabras y de las obras forman un todo. La iniciación cristiana y la liturgia serían infieles a su finalidad, si no condujeran a los cristianos a servir al mundo, recapitulando todas las cosas en Cristo a partir de los últimos. La fe alcanza su plenitud en la vivencia de un amor fraterno y efectivo en lo concreto de la existencia . Llamado a ser fermento de vida, libertad, justicia y amor en medio de las naciones, el pueblo de Dios debe empeñarse en el advenimiento del reino de Dios, de los cielos nuevos y la tierra nueva. «El reino de Dios no es comida o bebida, sino justicia y paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom 14, 17). No se puede separar el servicio del anuncio y de la celebración.
Es urgente una formación de los cristianos en la doctrina social de la Iglesia . La caridad exige desarrollar una acción justa, solidaria y liberadora en favor de la paz y de la vida, de los pobres y excluidos . No basta sanar las heridas de los caídos en el camino, la fe reclama un compromiso decidido para transformar las estructuras generadoras de miseria, violencia y muerte. La caridad de Cristo apremia hoy a sus discípulos a ser fermento de vida en aquellos campos en que se juega el futuro de los pobres, de los obreros , de los inmigrantes, de la vida y de la paz. Estamos ante una exigencia radical de la propia identidad eclesial, pues la Iglesia es por naturaleza misionera (cf AG 2).
En una sociedad donde la participación es escasa, difícil y complicada, resulta imprescindible formar a los creyentes en la dimensión social y política de la caridad . Es un punto en el que debe insistir de forma especial la acción pastoral de nuestra diócesis. Estamos aún lejos de llevar a la práctica esta orientación del Concilio Vaticano II: «Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es particularmente necesaria para el pueblo, y sobre todo para la juventud, a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política. Quienes son, o pueden llegar a ser, capaces de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitada con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con integridad moral y prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos» (GS 75).
En una sociedad plural, secular, pragmática y democrática, como la nuestra, la acción socio-caritativa debe llevar, por encima de todo, la marca del amor gratuito y del servicio hecho con solvencia e inteligencia. Es condición para llegar al corazón de las personas alejadas e influir eficazmente en las estructuras opuestas a la vida, a la paz y a la comunión fraterna.
[b:c566a30d36]3. Al servicio del hombre renovado en Cristo[/b:c566a30d36]
Signo e instrumento de la nueva humanidad, nuestra Iglesia diocesana no puede eludir esta cuestión: ¿ Qué hombre estamos formando a través de nuestra acción pastoral? La generosidad de los creyentes debe ser orientada para que contribuya a «servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo contenido en el misterio de la encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia ella»(RH 38).
«El hombre en su plena verdad... es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión»; y este camino ha sido «trazado por Cristo mismo» en la encarnación redentora (RH 41). «Jesús es el camino principal de la Iglesia. Él mismo es nuestro camino 'hacia la casa del Padre' y es también el camino hacia cada hombre. En este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por nadie» (RH 39). Por tanto, preguntémonos: ¿Qué hombre estamos desarrollando con nuestra acción pastoral? ¿Qué tejido social propiciamos? ¿Cómo incidimos en la cultura y en la opinión pública para que el pobre, el trabajador y el inmigrante sean reconocidos en su dignidad? ¿Desarrollamos la cultura de la solidaridad y la comunión entre personas, grupos y pueblos? Que nadie olvide esta verdad de nuestra fe a la hora de dar testimonio de la caridad: El seguimiento de Cristo, hombre perfecto, perfecciona a la persona en su humanidad (cf GD 41; 22).
En este horizonte antropológico, nuestras comunidades deben trabajar para que los más pobres e indefensos pasen de condiciones menos humanas a condiciones de vida más humanas. «Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del minimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo.
Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de las injusticias de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres» (PP 21). Aquí tenemos una espléndida orientación para desarrollar una verdadera pastoral misionera.
Los necesitados tienen derecho a un servicio de calidad, a que se les acompañe en su vocación y misión. Por el hecho de que Cristo se identificó con ellos, el camino de los pobres, hambrientos, desnudos, prisioneros, forasteros..., se convierte en la senda por la que debe transitar nuestra Iglesia diocesana. Es una exigencia para que lleve a cabo su misión de evangelizar a los pobres tras las huellas del Verbo encarnado. También a ellos los llamó a convertirse y creer en la buena nueva del reino de Dios. En esta perspectiva, la Iglesia necesita de los pobres y los pobres necesitan de la Iglesia. Ellos y ella encuentran el camino de su plenitud en Cristo. Es urgente ahondar en la densidad teologal que lleva consigo la opción eclesial por los más vulnerables de la sociedad.
[b:c566a30d36]4. Casa y escuela de fraternidad[/b:c566a30d36]
En una sociedad marcada por la soledad y el anonimato, la fidelidad a Dios y a los desvalidos exige de las comunidades parroquiales una apuesta decidida para convertirse en casas y escuelas de comunión fraterna. En ellas debe hacerse visible la dimensión materna de la Iglesia como lugar de unidad, encuentro y compañía. Las personas mayores, los enfermos, los pobres, los trabajadores, los inmigrantes, los cansados y desvalidos han de encontrar en ellas un espacio donde compartir sus riquezas, heridas y diferencias.
Es necesario trabajar con ahínco para que los más vulnerables sean acogidos con cariño, comprensión y gratuidad. Nadie puede ser discriminado por razón de su condición social, cultural o religiosa. El amor no juzga ni excluye, se entrega para dar vida en abundancia. La acogida, si es auténtica, se prolongará en compañía fraterna, en un compartir juntos el camino del hombre recreado en Cristo Jesús. Evitemos dependencias o proselitismos.
Para mejorar la acogida dispensada a los inmigrantes, así como para desarrollar una auténtica pastoral en el mundo del trabajo, se impone conocer, respetar y promover sus riquezas humanas, culturales y religiosas. Tienen mucho que aportar y mucho que recibir. De esta forma, nuestras comunidades podrían llegar a ser como los laboratorios de una integración fraterna y cívica. Es necesaria una formación verdaderamente católica, si se quiere fomentar el diálogo cultural y religioso, una integración cívica respetuosa de la identidad de cada uno.
Conscientes de que el futuro de la Iglesia en Madrid depende en buena parte de la acogida dispensada a los inmigrantes, se plantea la urgencia de intensificar el sentido de la comunión, vivida como unidad en la diversidad. El Espíritu reparte dones diferentes para la edificación de todos (cf 1Cor 12, 4s).
[b:c566a30d36]5. Al servicio de la paz y de la vida[/b:c566a30d36]
La opción preferencial por los pobres, si nace de la fe, implica un trabajo apasionado por la paz y la vida. El servicio a los últimos es ya un trabajo por la paz, pues la injusticia genera violencia, mientras la justicia construye la paz. De la comunión con Cristo brota el compromiso por la justicia, la paz y la vida.
Porque Cristo es nuestra justicia y nuestra paz, el compromiso cristiano por la justicia y la paz es vivido en el espíritu de las bienaventuranzas; y no con una mentalidad justiciera y revanchista, fuente de nuevas violencias. Como testigos del evangelio de la paz, los cristianos reciben la misión de ser signos e instrumentos de reconciliación, unidad y diálogo en la verdad entre los grupos sociales y los pueblos, a fin de que cese la espiral de la violencia.
Dios es la fuente de la vida. De él recibe el hombre la vida como don y tarea. La Iglesia debe proclamar, a tiempo y destiempo, esta verdad a la humanidad entera, pues cuando ella se oscurece, los verdaderos perdedores son los más débiles. Una buena teología de la creación y de la redención exige de todos los miembros del pueblo de Dios el compromiso de trabajar para defender la vida, y una vida digna. El hombre ni es origen ni fin de la vida. Nadie puede disponer de ella a su antojo.
La defensa de la vida y de la paz es, en última instancia, una lucha contra los ídolos. Éstos, como lo recuerda la tradición bíblica, reclaman víctimas inocentes; llevan en sí el estigma de la muerte y la caducidad, aun cuando se presenten como expresión del progreso, de la libertad o de la fecundidad. Los ídolos, al provenir del error o de la mentira, esclavizan a sus seguidores. Sólo la verdad revelada es fuente de libertad, sólo ella es la roca sobre la que puede levantarse la casa de la comunión.
La participación en la caridad de Cristo, que vino a dar vida en abundancia, apremia a la Iglesia a ponerse de manera incondicional al servicio de la paz y de la vida, aun cuando no sea comprendida por los que ignoran o dan la espalda al Dios de la vida. El verdadero conocimiento de Dios ilumina y fecunda desde dentro los diferentes campos de las ciencias humanas, como la economía, la política o la biología, sin por ello debilitar su legitima autonomía. La totalidad del pueblo de Dios está llamado a secundar la acción del Espíritu Santo en favor de la paz y de la vida desde su concepción hasta su plenitud en Cristo.
[b:c566a30d36]6. La comunicación de bienes con las Iglesias hermanas[/b:c566a30d36]
La comunión es apertura a la totalidad del pueblo de Dios. La catolicidad se halla impresa en la entraña de la identidad sacramental de la Iglesia. El bautismo incorpora al único cuerpo de Cristo. La fe y la mesa eucarística hermanan a las comunidades dispersas, de forma que compartan alegrías y tristezas, consuelos y persecuciones, bienes espirituales y materiales.
Nuestra Iglesia diocesana ahonda su identidad y se enriquece por el hecho de abrirse a un compartir fraterno con otras Iglesias particulares. El dinamismo de la comunión trinitaria, tal se refleja en el misterio de la Iglesia, conlleva dar y recibir en un plano de igualdad fraterna. La cooperación entre las Iglesias es una exigencia intrínseca de la comunión y misión. De ahí que sea imprescindible evitar el tipo de relaciones que los ricos y fuertes desarrollan con relación a los pobres y débiles.
Este intercambio, expresión del ser uno en Cristo por la acción del Espíritu Santo, se convertirá en signo de credibilidad, en testimonio eficaz para que el mundo crea que Jesús fue enviado por el Padre para recrear el tejido filial y fraterno de la humanidad.

















